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El Precio de Predecir

La vida de Ana quedó marcada cuando su hermano Leo, tras una década mudo, vaticinó la muerte de su progenitor. Años más tarde, al anunciar su boda con Carlos, el joven lanza otro oscuro presagio y aparece muerto. Ana no cree en el suicidio; tras un extraño accidente de su novio, viaja a la iglesia de San Miguel. Allí intentará descifrar las visiones de Leo y desentrañar una peligrosa red de secretos que conecta las profecías con la realidad.
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Capítulo 2

Mi hermano Leo, que tenía diez años, nunca había dicho una sola palabra.

No era mudo, los doctores lo habían revisado mil veces y decían que sus cuerdas vocales estaban perfectas.

Simplemente no hablaba.

Mi mamá, Laura, siempre devota y un poco supersticiosa, decía que Leo era un niño especial, un alma vieja que guardaba las palabras para algo verdaderamente importante, una especie de profecía familiar que solo él conocía.

Mi papá, Ricardo, un hombre práctico y adicto al trabajo, simplemente suspiraba y decía que el niño hablaría cuando estuviera listo.

Yo, Ana, con diecisiete años, solo veía a mi hermano pequeño como una presencia silenciosa y extraña en la casa.

Esa mañana de martes, todo era normal, el ruido de la licuadora en la cocina, el olor a café recién hecho y mi papá, ya con el portafolio en la mano, listo para irse a la constructora donde era ingeniero.

"Ya me voy, mi amor", le dijo a mi mamá, dándole un beso rápido.

"Nos vemos en la noche, hijos".

Estaba a punto de cruzar la puerta cuando Leo, sentado en la mesa y con la vista fija en su plato de cereal, habló por primera vez en su vida.

"Papá no va a ir a la chamba".

Su voz era clara, un poco rasposa por la falta de uso, pero firme.

El silencio en la cocina fue total, se sentía pesado, denso.

Mi mamá soltó la licuadora.

Mi papá se quedó paralizado con la mano en la perilla de la puerta.

Todos lo miramos.

Leo no levantó la vista, siguió moviendo la cuchara en su plato como si nada hubiera pasado.

Mi papá se dio la vuelta lentamente.

"¿Qué dijiste, mijo?".

Leo no respondió, volvió a su mundo de silencio.

Mi papá se quedó ahí parado un rato, mirando a la nada, luego miró a mi mamá con una expresión que nunca le había visto, una mezcla de confusión y algo parecido al miedo.

"¿Sabes qué? Tienes razón, campeón", dijo mi papá, forzando una sonrisa. "Hoy no voy a la oficina, me voy a quedar en casa a descansar".

Fue la cosa más extraña que había hecho en su vida, mi papá nunca faltaba al trabajo, ni siquiera cuando estaba enfermo.

Se quitó el saco, lo colgó en el respaldo de una silla y se sentó a la mesa, como si de repente se hubiera olvidado de todas sus responsabilidades.

Pasó el resto de la mañana en casa, intentando arreglar una gotera en el techo del patio trasero, algo que llevaba meses posponiendo.

Yo lo observaba desde la ventana de mi cuarto, sentía una inquietud que no podía explicar.

Al mediodía, escuché un grito ahogado de mi mamá, seguido de un golpe seco y terrible.

Corrí hacia el patio.

Mi papá estaba tirado en el suelo de cemento, en una posición antinatural, con la escalera de aluminio volcada a su lado.

Un charco de sangre comenzaba a extenderse desde su cabeza.

Estaba muerto.

La policía llegó, los paramédicos ya se habían ido.

Los oficiales hicieron preguntas, caminaron por la casa, tomaron notas.

Mi mamá, destrozada, les contó entre sollozos que mi papá había estado actuando raro últimamente, que a veces se levantaba sonámbulo por las noches.

"Ayer lo encontré en el pasillo, con los ojos abiertos pero no me veía", les dijo. "Quizás... quizás se subió a la escalera dormido".

Era una explicación, una forma de darle sentido a lo que no lo tenía.

Los policías parecían aceptarla, un trágico accidente doméstico.

Luego, uno de los oficiales se acercó a Leo, que estaba sentado en el sofá, mirando un punto fijo en la pared.

"Hola, campeón. ¿Tú viste lo que pasó?".

Leo no se movió, no parpadeó, siguió en silencio, como si el oficial no existiera.

El policía intentó de nuevo, con voz más suave.

Leo siguió ignorándolo.

El oficial se encogió de hombros y se fue, anotando algo en su libreta.

Nadie le dio importancia a las primeras palabras de mi hermano, nadie más que yo.

Esa noche, mientras mi mamá dormía sedada y la casa estaba sumergida en un silencio de tumba, me acerqué a la cama de Leo.

Él estaba despierto, con los ojos abiertos en la oscuridad.

No dije nada, solo lo miré, y supe, con una certeza que me helaba los huesos, que su silencio se había roto una vez.

Y que volvería a romperse.

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