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El Precio de la venganza: Embarazada del CEO

Emma Hoffmann es una restauradora berlinesa de salud delicada cuya vida cambia drásticamente por una deuda familiar. Para saldarla, debe aceptar el trato de Noah Becker, un frío CEO obsesionado con vengar su pasado: ella gestará a su heredero. Atrapada en una mansión hostil y soportando el desprecio de Noah y su prometida, Emma descubre que la frialdad del contrato se desmorona ante una conexión imprevista que desafía toda lógica y cálculo.
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Capítulo 3

El trayecto en el U-Bahn de regreso a su apartamento fue una tortura. A esa hora, los vagones del metro de Berlín estaban atestados de cuerpos húmedos por la lluvia, abrigos empapados y conversaciones estridentes. Emma se encogió en un rincón junto a las puertas, detestando la proximidad forzada y el roce accidental de los extraños contra sus hombros. Siempre había preferido el aislamiento, el espacio personal inquebrantable, y aquella multitud la asfixiaba casi tanto como la propuesta de Noah Becker.

Con manos temblorosas, rebuscó en su bolso hasta encontrar sus auriculares de diadema. No eran unos auriculares cualquiera; había ahorrado durante meses para permitirse un equipo con cancelación de ruido activa de la más alta fidelidad técnica. Al encenderlos, el zumbido de los motores, las voces y la opresión del vagón desaparecieron, reemplazados por un silencio sepulcral, seguido de una melodía instrumental suave con agudos nítidos y bajos profundos. Cerró los ojos, intentando que la música lavara la suciedad que sentía impregnada en su piel desde que salió de la Torre Becker, pero la imagen de los fríos ojos grises de Noah seguía grabada en el interior de sus párpados.

Al llegar a su pequeño piso en el barrio de Kreuzberg, el silencio la recibió como una bofetada. El apartamento estaba impregnado del aroma a lavanda que su tía Heidi solía rociar en las cortinas. Todo allí le recordaba a ella: el pequeño sillón de lectura, las tazas de porcelana desportilladas, los lienzos a medio terminar apoyados contra la pared, teñidos de sus característicos tonos lila y rosa.

Emma arrojó la pesada carpeta negra sobre la diminuta mesa de la cocina como si quemara.

Necesitaba recuperar el control. Su mente era un torbellino de pánico y dilemas morales, así que recurrió a la única rutina que le proporcionaba una ilusión de orden en medio del caos: su estricto régimen alimenticio. Encendió la estufa y, con movimientos mecánicos, comenzó a preparar su cena. Hirvió una porción exacta de granos integrales y cocinó brócoli al vapor. Desde que la salud de Heidi había empeorado, Emma había eliminado por completo los azúcares refinados y los alimentos ultraprocesados de su vida, aferrándose a esa disciplina basada en la fibra y la nutrición limpia como un ancla para no volverse loca.

Se sentó a la mesa con su tazón humeante, pero al dar el primer bocado de arroz integral, un nudo en la garganta le impidió tragar.

La carpeta negra seguía allí, burlándose de ella.

Respiró hondo, apartó su cena intacta y abrió el documento. Las páginas, impresas en un papel grueso y opulento, detallaban el desmantelamiento legal de su futuro.

*Cláusula 4: De la concepción y la gestación.* El contrato estipulaba que la concepción se llevaría a cabo de manera "natural" en los días óptimos de su ciclo, bajo la supervisión médica exclusiva de los especialistas del señor Becker. No habría intimidad emocional, solo un acto mecánico con un propósito definido.

*Cláusula 12: De la residencia.* A partir de la confirmación del embarazo, la gestante deberá trasladarse a la residencia principal del señor Becker, sometiéndose a una dieta, horarios y restricciones de movilidad dictados por el equipo de seguridad y salud de la familia.

*Cláusula 25: De la cesión total.* Inmediatamente después del parto, la gestante renunciará a cualquier derecho legal, moral o físico sobre el menor. Se le prohíbe cualquier intento de contacto futuro. La penalización por incumplimiento implicaba la ruina financiera y penal absoluta.

Emma dejó caer la cabeza entre las manos, enredando los dedos en su cabello castaño. Era un suicidio emocional. Se imaginó llevando a un bebé durante nueve meses, sintiendo sus patadas, escuchando su corazón, solo para entregarlo a los brazos fríos de un hombre de hielo que lo veía como un simple "activo" corporativo. El dolor fantasma de esa pérdida futura le atravesó el pecho con tanta fuerza que soltó un sollozo ahogado.

El sonido de su teléfono vibrando sobre la mesa la sobresaltó. En la pantalla brillaba el número del Hospital Charité.

El corazón de Emma se detuvo. Deslizó el dedo por la pantalla con pánico.

-¿Diga? -su voz apenas fue un hilo.

-¿Señorita Hoffmann? Habla la enfermera de turno en la planta cuatro -dijo una voz compasiva, pero apresurada-. Su tía ha tenido una crisis respiratoria grave hace unos minutos. Hemos logrado estabilizarla, pero el doctor Müller me ha pedido que le informe que sus pulmones están cediendo más rápido de lo previsto. Si no es trasladada a la clínica en Suiza para el procedimiento experimental a más tardar el viernes por la noche... me temo que no pasará del fin de semana.

La habitación entera dio vueltas.

-Estaré... estaré allí a primera hora -susurró Emma, y la llamada se cortó.

No había tiempo para el orgullo. No había tiempo para la moralidad ni para proteger su propio corazón. El ultimátum no era del arrogante CEO en su torre de cristal; el ultimátum era de la muerte misma, que venía a reclamar a la única persona que la había amado en este mundo.

Miró el contrato. La frialdad de los términos ya no le parecía una amenaza, sino un peaje sangriento que debía pagar. Agarró un bolígrafo de tinta negra, destapándolo con ferocidad. Buscó la última página, donde una línea de puntos esperaba su nombre bajo la palabra *Gestante/Cedente*.

Su mano tembló tanto que la punta del bolígrafo rasgó levemente el papel. Trató de visualizar la sonrisa de Heidi, el sonido de su risa, para darse el valor necesario. Y trazó su firma. Letra a letra. Sellando un pacto con el diablo que la llevaría directo al infierno.

A las once y cincuenta de la mañana del día siguiente, el mismo sedán negro la dejó en las puertas de la Torre Becker. Esta vez, la lluvia había cesado, pero un cielo gris y opresivo cubría Berlín. Emma llevaba el contrato firmado dentro de su bolso, junto con una pequeña maleta de mano. Había leído la letra pequeña: las pruebas médicas comenzaban el mismo día de la firma.

Subió al último piso sin necesidad de escolta. La recepcionista del inmenso vestíbulo de mármol asintió con la cabeza al verla, como si ya estuviera esperando a la víctima del sacrificio, y le indicó que pasara directamente.

Cuando Emma empujó las gruesas puertas de roble, encontró a Noah Becker exactamente en la misma posición que el día anterior, de pie frente al ventanal, observando la ciudad. Llevaba un traje azul marino impecable que acentuaba la frialdad de sus ojos cuando se giró para mirarla.

No mostró sorpresa. Ni triunfo. Solo la fría satisfacción de una ecuación matemática resuelta a su favor.

Emma caminó hasta el escritorio. Sus movimientos eran rígidos, su expresión una máscara de apatía forzada que había construido durante toda la noche. Sacó la carpeta negra y la dejó caer sobre la superficie de cristal con un golpe sordo.

-Está firmado -dijo Emma. Su voz sonó ronca, vacía-. Quiero que el hospital de Suiza reciba la transferencia en la próxima hora, señor Becker. Y quiero el comprobante en mi correo antes de salir de esta habitación rumbo a su clínica.

Noah bajó la mirada hacia la carpeta, abriéndola con lentitud exasperante para verificar la firma en la última página.

-Mis abogados ya tienen la orden. La transferencia se liberará en el momento en que nuestro médico confirme que estás en óptimas condiciones para iniciar el ciclo esta misma semana.

Emma sintió que se ahogaba bajo la intensidad de la mirada de Noah. Era un hombre hermoso, sí, de una masculinidad arrolladora, pero estaba tan vacío por dentro que daba escalofríos.

-Hagamos esto de una vez -dijo ella, alzando la barbilla en un intento de conservar algo de dignidad-. Pero que quede algo claro, señor Becker. Me está comprando. Está comprando mi cuerpo y el fruto que salga de él, porque tiene el dinero para hacerlo. Pero jamás, escúcheme bien, jamás será el dueño de mi voluntad. Terminaré este contrato, salvaré a mi tía, y cuando le entregue a su hijo, borraré su existencia de mi memoria.

Noah dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Emma tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aroma a sándalo y lluvia que desprendía el CEO la envolvió, enviando advertencia irracional a todos los nervios de su cuerpo.

-Eso es exactamente lo que espero, Emma -murmuró Noah, su voz baja y rasposa vibrando en el espacio entre ambos-. Sin apegos. Sin dramas. Una transacción impecable.

Se miraron en silencio, declarando una guerra silenciosa que ninguno de los dos estaba preparado para librar. Noah presionó un botón en su escritorio.

-Klaus la acompañará al ala médica -indicó, volviendo a su postura gélida-. Bienvenida a Industrias Becker, señorita Hoffmann. Su tiempo ya no le pertenece.

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