
El Precio de la Traición: Un Nuevo Comienzo
Capítulo 2
El zumbido de mi teléfono vibró sobre la pulida madera de la mesa de conferencias, una disonancia en la silenciosa sala donde yo presentaba los resultados trimestrales. Era un mensaje de Mónica, mi mejor amiga, algo inusual durante mis horas de trabajo. Ignoré la primera notificación, pero insistió, una, dos, tres veces. Una punzada de inquietud me recorrió. Con una disculpa formal a mi equipo, tomé el teléfono.
"Tienes que ver esto, Ximena. Lo siento mucho."
Debajo del texto, había un video. Le di play.
La pantalla se llenó con la imagen de un patio trasero desordenado, y en el centro, mi corazón se detuvo. Era el agave azul de mi abuelo, "Sol de mi Abuelo", la planta que había ganado tres premios nacionales, el legado vivo de mi familia. Pero no estaba en su maceta de terracota finamente elaborada, sino arrancado y metido en un balde de plástico barato.
Sus magníficas hojas, que yo cuidaba con devoción, estaban brutalmente cortadas, algunas colgando sin vida, goteando la savia que era el alma de nuestro tequila familiar. La tierra alrededor de sus raíces estaba revuelta y seca. Y para añadir la máxima humillación, un perro callejero, flaco y sarnoso, se acercó, levantó una pata y orinó sobre la planta herida.
Mi respiración se atoró en mi garganta.
Entonces, la cámara giró y apareció Sofía, la nueva becaria de mi prometido, Ricardo. Sostenía el teléfono, sonriendo a la cámara con una suficiencia que me revolvió el estómago.
"¡Ricardo es el mejor!" exclamó con una voz chillona y falsa. "¡Mi agave 'Pequeño Sol' será la envidia de todos con la esencia de esta planta campeona! ¡Pronto haré el mejor tequila casero!"
'Pequeño Sol'. Se atrevía a darle un apodo ridículo a la creación de su patético experimento, un apodo que se burlaba del nombre sagrado del agave de mi abuelo.
Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro y luego volvía con una furia helada. Mis manos temblaban, no de debilidad, sino de una rabia pura y contenida. Sin decir una palabra más a mi equipo, que me miraba con preocupación, salí de la sala de juntas y marqué el número de Ricardo.
Contestó al tercer tono, su voz sonaba despreocupada, casi aburrida.
"Ximena, cariño. Estoy en medio de algo, ¿qué pasa?"
"¿Qué le hiciste a mi agave?" mi voz salió plana, sin emoción, pero cargada con el peso de una tormenta a punto de estallar.
Hubo una pausa. Pude oír la voz de Sofía de fondo, riendo.
"Ah, eso," respondió Ricardo, con una ligereza que fue como una bofetada. "Sofía lo necesitaba para un proyecto de la universidad, algo sobre destilación. Se lo presté."
"¿Se lo prestaste?" repetí, incrédula.
"Sí, mujer, no exageres. Solo es una planta, Ximena," dijo, y pude imaginarlo encogiéndose de hombros. "Además, acabo de verla. Se ve que le está yendo bien, ¡hasta huele fuerte!"
Ese olor. El olor de la savia derramada, el olor de la herida abierta, el olor a orina de perro. La bilis me subió por la garganta.
"Ricardo," dije, y mi voz era ahora un susurro mortal. "Tienes cinco minutos para traerla de vuelta. Intacta."
"Oye, no me hables en ese tono. No es para tanto..."
Colgué.
No esperé ni un segundo. Marqué otro número, el de mi jefe de seguridad, un hombre que entendía de acciones, no de excusas.
"Raúl," dije, mi voz firme como el acero. "Te acabo de enviar una ubicación y dos fotos. Quiero que dos personas y una planta desaparezcan de ese lugar en menos de cinco minutos. Sin dejar rastro. Los daños que sufran son irrelevantes."
"Entendido, señora Ximena."
Dos minutos después, mientras yo miraba el reloj de mi muñeca con una calma aterradora, mi teléfono sonó. Era Raúl.
"Misión cumplida. La becaria y su agave están en sacos. Ambos con daños irreparables. El paquete principal, su agave, está en camino a la hacienda. Lo están tratando nuestros expertos."
"Perfecto," respondí.
Colgué y llamé a mi asistente personal.
"Cancela todos los acuerdos comerciales, presentes y futuros, con el Grupo R&S, la empresa de la familia de Ricardo. Todos. Sin excepción. Y filtra a nuestros socios que la razón es una traición personal y profesional inaceptable por parte de Ricardo."
"De inmediato, señorita."
Si se atreven a tocar lo mío, que no esperen piedad. La guerra acababa de empezar.
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