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Portada de la novela El plan de divorcio de 100 puntos

El plan de divorcio de 100 puntos

Durante tres años, resté puntos a mi matrimonio en un diario negro cada vez que Bruno me despreciaba. Al llegar a cero, decidí marcharme. El golpe final ocurrió en el hospital: herida y embarazada de ocho semanas, Bruno, cirujano estrella, ignoró mi emergencia para priorizar a Adriana, su primer amor. Sin saber que la paciente era su esposa, el hombre que amaba condenó a su propio hijo por no desviar recursos de su exnovia. Es el fin.
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Capítulo 2

A la mañana siguiente, Caroline no fue al hospital, sino que se encontró con una abogada. La oficina estaba en el piso treinta de un rascacielos de cristal con vistas a toda la ciudad. Le pareció apropiado: por fin estaba adquiriendo una nueva perspectiva.

Le entregó a la mujer un expediente que contenía su acuerdo prenupcial y un resumen de sus bienes. "Quiero solicitar el divorcio", afirmó con voz tranquila. "Necesito que prepare los papeles ahora, y así estén listos para firmar en cuanto me decida".

La abogada, una mujer muy astuta de apellido Davis, la miró con simpatía profesional. "Por supuesto, señora Santos. Podemos tener todo redactado y listo, solo a la espera de su señal".

Al salir de la oficina, Caroline sintió una ligereza extraña, no de felicidad, sino de liberación. Se detuvo en una pequeña cafetería y compró una sopa de pollo con fideos y un té caliente, el que le gustaba a Blake cuando estaba enfermo. Era pura costumbre, el eco de un deber que había cumplido durante años.

Cuando llegó al hospital, se detuvo frente a la habitación de su esposo. A través del panel de cristal de la puerta, vio a Aria sentada junto a la cama del hombre. Intentaba darle de comer sopa, pero sus movimientos eran torpes. De hecho, derramó una cucharada sobre la bata y luego otra sobre las sábanas blancas.

"¡Lo siento mucho, Blake!", exclamó Aria, limpiando el desastre con una servilleta. "Soy tan torpe...".

"Tranquila", respondió él con voz ronca pero suave. Luego le secó una lágrima de la mejilla, diciendo: "Solo es sopa".

"Pero te lastimaste por mi culpa", sollozó ella, temblando. "El médico dijo que haber inhalado tanto humo fue muy grave. Pudo haberte dañado los pulmones, las manos... tu carrera...".

"Shh", la tranquilizó él. "Valió la pena. Mientras tú estés a salvo".

Aria lo miró con los ojos muy abiertos y brillantes de adoración. "Siempre quisiste ser neurocirujano. Renunciaste a tu sueño de ser pintor por convertirte en médico".

Con una mirada más suave, él respondió: "No renuncié a él. Me convertí en cirujano por ti".

Aria lo miró confundida. "¿Qué quieres decir con eso?".

"¿Recuerdas ese día en el colegio?", le preguntó Blake en voz baja. "Te caíste de las gradas y te golpeaste la cabeza. Estuviste inconsciente casi un minuto. Nunca había tenido tanto miedo en mi vida. Ese fue el día en que decidí que quería ser médico. El mejor médico. Para poder estar siempre ahí y salvarte si me necesitabas".

Al escuchar eso, Caroline soltó la sopa que tenía en las manos, pero no lo notó, ya que las palabras que acababa de escuchar resonaron en su cabeza como un rugido ensordecedor. Toda su carrera y su ambición era por esa mujer.

Aria jadeó y se llevó la mano a la boca. "Blake... No tenía ni idea". Luego se arrojó a sus brazos y enterró el rostro en su pecho. "Blake".

Él vaciló solo un segundo, con la mirada fija en la puerta, como si intuyera algo. Sin embargo, después la abrazó con fuerza. Eran la imagen perfecta y dolorosa de amor y devoción.

Caroline sintió un dolor agudo y sofocante en el pecho, y, de repente, se le empezó a nublar la visión. Conmocionada, se dio la vuelta y se alejó con pasos silenciosos y entumecidos. Dejó la sopa y el té en el suelo, frente a la puerta.

Abajo, en el vestíbulo del hospital, se topó con uno de los colegas de su esposo, el doctor Evans. Este se acercó con prisa y una pila de archivos en las manos. "¡Caroline! Justo venía a ver a Blake. ¿Cómo está?".

"Está bien", respondió ella con voz apagada.

"Bien. Oye, tengo una cirugía de emergencia. ¿Puedes darle esto?". Le puso una carpeta de manila en las manos. "Son los documentos de su renuncia al consejo de investigación. Tiene que firmarlos".

"¿Renuncia?", preguntó la chica, confundida. A Blake le encantaba su puesto en ese consejo.

"Sí, va a dejarlo para financiar una nueva clínica privada. ¡Qué locura! Sacrificar su propia investigación... pero dice que es por alguien importante". Al instante, el bíper del hombre sonó y dijo: "¡Tengo que irme!".

Salió corriendo y desapareció por el pasillo, dejando a Caroline sola en el bullicioso vestíbulo, agarrando la carpeta. Cuando la abrió, le temblaban las manos. Adentro estaba la carta oficial de renuncia de su esposo, y junto a ella la propuesta comercial para la nueva clínica.

Era un centro de salud mental y bienestar de última generación. La principal beneficiaria y directora que figuraba en la propuesta era Aria Whitfield. Se quedó en shock: Aria no solo era el pasado de su esposo, sino también su futuro. Toda su vida giraba en torno a Aria. Se había convertido en médico por ella y ahora estaba renunciando a su prestigioso puesto de investigador para construir un santuario con esa mujer.

Caroline solo era un nombre en un certificado de matrimonio, algo provisional. No era más que un fantasma.

Recordó el día en que él fue homenajeado por una técnica quirúrgica innovadora. Se había sentido tan orgullosa; su corazón rebosaba de amor por ese hombre tan brillante y dedicado. Pero ahora se daba cuenta, con una claridad repugnante, de que incluso ese momento le pertenecía a Aria. Cada logro solo era un paso más en su camino de vuelta a su primer amor. Era hora de dejar atrás el pasado y encontrar su propio camino.

Salió del hospital y se adentró en la brillante y despiadada luz del sol. Determinada, sacó su celular y marcó un número al que no había llamado en años. Bridget Kelly, su mejor amiga de la escuela de arquitectura, la que siempre le había dicho que estaba destinada a algo más que ser la señora Santos.

La chica contestó al segundo timbrazo. "¿Caroline? ¿Eres tú?".

"Sí", respondió ella con voz sorprendentemente firme. "¿Recuerdas ese estudio de arquitectura que siempre soñamos con abrir?".

Hubo una pausa y luego se oyó la voz de su amiga, llena de emoción. "¿Estás hablando en serio?".

"Sí", dijo Caroline con una leve sonrisa. Hacía tiempo que no sonreía. "Voy a dejar a Blake. Estoy lista para empezar".

"¡Por fin, gracias a Dios!", gritó Bridget. "¡Empezaré a buscar un local! ¿Algo en Boston, cerca de tu casa, para que te resulte más cómodo?".

La otra miró el horizonte y los imponentes edificios que una vez había soñado diseñar. "No, Boston no. Quiero un lugar nuevo, lejos de aquí".

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