
El Peso De La Traición
Capítulo 3
La abuela de Ricardo se tambaleó hacia atrás, su rostro una máscara de furia y desconcierto, golpeó el suelo con su bastón con una fuerza que hizo eco en el salón silencioso.
"¡Ese bastardo! ¡Ese hijo indigno!" gritó, su cuerpo temblando de rabia. "¡Abandonar a su familia, a su ciudad, por esa mujerzuela!"
La condena de la matriarca abrió las compuertas, y el resto de la familia estalló en un coro de indignación y miedo.
"¡Siempre lo supimos! ¡Esa Isabel no es más que una arpía manipuladora!" gritó una tía.
"¡Le ha sorbido el seso a Ricardo! ¡Lo ha convertido en un cobarde!" añadió un primo.
Las acusaciones volaban, pero no me ofrecían ningún consuelo, solo eran el sonido de la gente buscando un chivo expiatorio que no fuera el hombre que habían idolatrado durante tanto tiempo.
Afuera, el estruendo de la batalla se intensificó, el sonido de acero contra acero y los gritos de agonía se acercaban peligrosamente.
La abuela, a pesar de su conmoción, recuperó la compostura, su instinto de líder tomando el control.
"¡Basta de lamentos!" ordenó, su voz firme y autoritaria. "¡Guardias, refuercen las puertas! ¡Criados, lleven a los niños y a las mujeres al pasadizo secreto del sótano! ¡Ahora!"
La gente se movió con una urgencia desesperada, el pánico ahora canalizado en acción.
En medio del caos, la abuela se volvió hacia mí, su mirada ya no era de desprecio, sino de desesperación.
"Sofía," dijo, su voz era casi un ruego. "Tú eras detective, conoces las rutas de escape, conoces a la gente de Ricardo. Por favor, tienes que ir a buscarlo, tienes que convencerlo de que vuelva."
Negué con la cabeza lentamente, una sensación de amarga ironía recorriéndome.
"No servirá de nada, abuela," respondí con calma. "Ricardo está completamente obsesionado con Isabel, para él, ahora mismo, el mundo entero podría arder mientras ella esté a salvo, no le importaría."
Mi lógica fría pareció apagar la última chispa de esperanza en sus ojos.
El silencio volvió a caer entre nosotras, pesado y lleno de la verdad no dicha.
Fue Camila quien rompió el silencio, su joven rostro pálido pero decidido.
"Yo iré," dijo, dando un paso al frente. "Él es mi hermano, quizás a mí me escuche."
Luego se volvió hacia mí, y su voz se suavizó con preocupación.
"Además, Sofía, tú no puedes ir, estás embarazada, no puedes arriesgarte así."
La mención de mi embarazo colgó en el aire, un secreto que solo unos pocos conocían y que ahora se revelaba en el peor momento posible.
La abuela me miró, sus ojos se abrieron con una nueva comprensión, una mezcla de sorpresa y quizás, por primera vez, una pizca de genuina preocupación por mí.
Pero no había tiempo para procesarlo.
"Está decidido," dijo la abuela, mirando a Camila. "Ve, hija mía, y que Dios te acompañe, trae a tu hermano de vuelta a casa, a su deber."
Camila asintió con firmeza, me lanzó una última mirada de apoyo y salió corriendo del salón, desapareciendo en la oscuridad y el caos de la noche, una joven valiente en una misión casi imposible.
Mientras la veíamos partir, un sentimiento de fatalidad se apoderó de mí.
Conocía a Ricardo mejor que nadie.
Sabía que el corazón de Camila se rompería esa noche.
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