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Portada de la novela El Pacto Ancestral Trae Desdicha

El Pacto Ancestral Trae Desdicha

Sebastián baja de la montaña hacia la lujosa hacienda Mendoza para cumplir un antiguo compromiso de sangre. Sin embargo, su prometida Sofía lo desprecia y lo ridiculiza frente a su amante Carlos. La situación se torna trágica cuando ella rompe un amuleto de obsidiana sagrado, ignorando su valor místico. Este acto de soberbia libera una oscura maldición. Con calma gélida, Sebastián sentencia que su humillación ha condenado a toda la familia a una ruina inevitable.
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Capítulo 2

El aire de la hacienda Mendoza olía a agave cocido, a tierra mojada por la lluvia reciente y al perfume caro de gente que no conocía la necesidad, una mezcla que a Sebastián Ramírez le resultaba extraña, casi ofensiva. Había bajado de la Sierra Madre Occidental, dejando atrás el olor a pino y a ozono, para cumplir un pacto que su abuelo había sellado con el abuelo de Sofía Mendoza. Un pacto de sangre y destino, no de dinero.

Don Ricardo Mendoza, el patriarca, lo había recibido en la entrada con un respeto que Sebastián no sentía en el resto de la familia. Lo guio hasta el patio principal, donde una fiesta bullía con risas y música suave. Y allí la vio. Sofía, su prometida por acuerdo, no estaba sola, estaba prácticamente colgada del cuello de otro hombre, un tipo con una sonrisa arrogante y un traje que probablemente costaba más que la casa de Sebastián en la sierra.

Sebastián se detuvo, sintiendo una punzada fría en el estómago. Sabía que Sofía no lo quería, se lo habían dejado claro en las pocas cartas que intercambiaron, pero la descarada falta de respeto en público era algo que no esperaba.

Ella lo vio. Su sonrisa se borró por un instante y fue reemplazada por una mueca de fastidio. Se separó del hombre y caminó hacia él con la gracia de una depredadora.

"Vaya, vaya, así que el vidente de la montaña decidió bajar a la civilización."

Su voz era burlona, y sus amigos cercanos soltaron risitas.

"Sofía."

Dijo Sebastián, su voz tranquila, contrastando con la tormenta que empezaba a formarse en su interior.

"¿Qué haces aquí, Sebastián? ¿No te dije que no vinieras? Esto es una reunión de amigos, no un circo de fenómenos."

El hombre con el que estaba se acercó, pasando un brazo por la cintura de Sofía.

"¿Este es el charlatán del que me hablaste, amor?"

Preguntó el tipo, mirando a Sebastián de arriba abajo con desprecio.

Sebastián lo ignoró y fijó su mirada en Sofía. En su cuello colgaba un pequeño amuleto de obsidiana, una piedra que su propio abuelo había tallado y bendecido. El amuleto que había asegurado la fortuna de los Mendoza durante dos generaciones.

"Vine a cumplir el pacto, Sofía. El que hicieron nuestros abuelos."

Ella soltó una carcajada, una risa falsa y estridente que hizo que más gente se volteara a ver.

"¿El pacto? ¿Hablas en serio? Por favor, estamos en el siglo veintiuno. Esa superstición de viejos ya no significa nada. Mi abuelo está senil si todavía cree en esas tonterías."

"Esa 'tontería' es la razón por la que estás parada en esta hacienda y no vendiendo chicles en una esquina," replicó Sebastián, su voz aún baja pero con un filo que no estaba antes. "Tu fortuna no nació de la nada."

La cara de Sofía se contrajo de ira.

"¿Cómo te atreves? Mi familia construyó este imperio con trabajo duro, no con tus trucos de brujo de pueblo."

"¿Ah sí? ¿Y tu abuelo Ricardo qué opina de eso?"

Sebastián intentó apelar a la única figura de autoridad que ella podría respetar.

"Mi abuelo ya no toma las decisiones. Yo sí," dijo ella, su voz subiendo de tono. "Y he decidido que este ridículo compromiso se acaba. De hecho, te cité aquí para eso, para decirte en tu cara que quiero la anulación. Ahora mismo."

"No puedes anularlo tú sola. El pacto fue entre familias," insistió Sebastián, aunque la paciencia se le agotaba.

"Claro que puedo," siseó ella.

Luego, para rematar la humillación, se giró hacia el otro hombre, Carlos Torres, y lo besó. No fue un beso corto, fue un beso largo, apasionado y deliberadamente provocador, justo frente a Sebastián, frente a todos sus amigos que ahora murmuraban y se reían abiertamente.

Sebastián sintió la sangre subirle a la cabeza. Miró el amuleto de obsidiana en el cuello de Sofía. Vio en su mente a su abuelo, un hombre sabio y poderoso, entregándole el amuleto a un joven y desesperado Ricardo Mendoza, prometiéndole prosperidad a cambio de la unión de sus líneas de sangre. Recordó los años de sequía que su propia gente había soportado para mantener el poder del amuleto concentrado en la fortuna de los Mendoza. Todo por un pacto. Un pacto que esta niña mimada estaba pisoteando con tacones de diseñador.

El beso terminó y Sofía lo miró con triunfante desprecio.

"¿Ves? No significas nada para mí. Ahora lárgate de mi casa."

Sebastián respiró hondo, la calma regresando a él, pero era una calma aterradora, la calma del ojo de un huracán.

"No entiendes lo que estás haciendo, Sofía," dijo lentamente. "Ese amuleto en tu cuello no es solo una joya. Es el corazón de tu fortuna. Si rompes el pacto, si me humillas de esta manera, el amuleto se romperá. Y con él, todo lo que tu familia ha construido se derrumbará."

Su advertencia flotó en el aire, cargada de una gravedad que silenció las risas por un momento. Pero solo por un momento.

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