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Portada de la novela El Pacto Ancestral Trae Desdicha

El Pacto Ancestral Trae Desdicha

Sebastián baja de la montaña hacia la lujosa hacienda Mendoza para cumplir un antiguo compromiso de sangre. Sin embargo, su prometida Sofía lo desprecia y lo ridiculiza frente a su amante Carlos. La situación se torna trágica cuando ella rompe un amuleto de obsidiana sagrado, ignorando su valor místico. Este acto de soberbia libera una oscura maldición. Con calma gélida, Sebastián sentencia que su humillación ha condenado a toda la familia a una ruina inevitable.
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Capítulo 3

Sofía lo miró como si estuviera loco, luego soltó otra carcajada, esta vez más fuerte.

"¿Ahora me amenazas? ¿Qué sigue? ¿Me vas a echar una maldición? ¿Quieres dinero? ¿Es eso? ¿Cuánto quieres para desaparecer de mi vida y llevarte tus cuentos de brujas contigo?"

Carlos Torres se unió a la burla.

"Déjalo, Sofía. Es solo un muerto de hambre tratando de sacar provecho. Dale unos pesos para que se compre algo de comer y que se vaya."

La humillación era completa. Pero Sebastián ya no sentía rabia, solo una fría y clara certeza. El destino estaba en movimiento, y él era solo el mensajero.

"No quiero tu dinero," dijo Sebastián, su voz resonando con una autoridad que no venía de la riqueza. "Solo te doy una última advertencia. Recházame, anula el pacto, y antes de que el sol se ponga mañana, Tequila Mendoza será historia. Perderás hasta el último centavo. Tu nombre será sinónimo de quiebra."

La precisión de la profecía la dejó callada por un segundo, sus ojos buscaron alguna señal de duda en los de él, pero no encontraron ninguna. La ira regresó con más fuerza.

"¡Estás loco! ¡Completamente loco!" gritó, su cara roja. "¿Quién te crees que eres? ¡No eres nadie! Un don nadie que vivía de la caridad de mi abuelo. ¡No has hecho nada en tu vida!"

Sebastián casi sonrió. Le pareció irónico que ella le reprochara no haber hecho nada, cuando su existencia entera, y la de sus ancestros, se había dedicado a canalizar la fortuna hacia ella. Mientras ella hablaba, Sebastián notó algo. Una finísima línea, casi invisible, había aparecido en la superficie del amuleto de obsidiana. Una grieta. La primera.

"De acuerdo," dijo Sebastián, sorprendiéndola. "Anularemos el matrimonio."

Un suspiro de alivio escapó de los labios de Sofía.

"Pero hay una condición," continuó él. "El pacto fue hecho con el jefe de la familia Mendoza. Tu abuelo. Él debe estar presente y dar su consentimiento verbal para romperlo. Yo no tengo la autoridad para disolverlo solo, como tú tampoco la tienes."

Sofía frunció el ceño, impaciente.

"¿Qué importa mi abuelo? ¡Te estoy diciendo que se acabó! ¡Firma los papeles y ya!"

Sacó de su bolso un sobre y de él unos documentos. Era un acuerdo de anulación preparado por abogados.

"No entiendes," insistió Sebastián con calma. "No es una cuestión legal, es una cuestión de honor y de poder. Sin la palabra de Don Ricardo, el pacto sigue en pie, aunque lo firmemos mil veces. Y las consecuencias de tu traición seguirán su curso."

Ella lo miró con exasperación.

"¡Bien! ¡Como quieras!"

Sebastián sacó su viejo teléfono celular, un modelo que provocó más risas disimuladas entre los invitados. Buscó el número de Don Ricardo y lo marcó, poniendo el altavoz para que todos escucharan.

El teléfono sonó dos veces antes de que la voz grave y cansada del anciano respondiera.

"¿Sebastián, hijo? ¿Todo bien?"

"Don Ricardo," saludó Sebastián con respeto. "Lo lamento, pero debo informarle algo. Estoy aquí con su nieta."

Hizo una pausa, mirando directamente a Sofía.

"Ella desea anular el pacto. Y me temo que con su decisión, el futuro de la casa Mendoza, tal como la conoce, está a punto de terminar."

Antes de que Don Ricardo pudiera responder, Sofía, furiosa, le arrebató el teléfono de la mano.

"¡Abuelo, deja de escuchar a este charlatán! ¡Estoy terminando con esta farsa ahora mismo!"

Y sin esperar respuesta, colgó la llamada.

"¡Ya está! ¡No más estupideces!"

Tiró el teléfono de Sebastián al suelo y le puso los papeles y una pluma en el pecho.

"Firma. Ahora."

Para su sorpresa, Sebastián recogió su teléfono, lo guardó, tomó la pluma y, sin dudarlo un segundo, firmó en la línea punteada. Su caligrafía era firme y clara. Se sintió liberado.

Se lo devolvió. Sofía lo miró, desconcertada por su falta de resistencia. Parecía casi decepcionada. Su calma la enfurecía.

Tomó los papeles y firmó con trazos rápidos y enojados.

"Listo," dijo, casi escupiendo la palabra. "Se acabó."

Sebastián asintió. Por dentro, una sonrisa se dibujaba en su mente. Sintió la cuenta regresiva comenzar. El imperio Mendoza tenía las horas contadas.

Cuando se dio la vuelta para irse, se detuvo y miró a Carlos Torres, que seguía con su brazo posesivo alrededor de Sofía.

"Y tú," dijo Sebastián, su voz baja de nuevo. "Aléjate de ella. Eres una mala influencia. Tu propia suerte ya es bastante mala, no necesitas arrastrarla contigo al abismo."

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