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Portada de la novela El Novio Indeseado

El Novio Indeseado

Helena Windsor, la distinguida sucesora de un vasto imperio, enfrenta un destino amargo tras ser obligada a un compromiso matrimonial. Su familia la vincula a Gabriel Devereux, un poderoso magnate cuya soberbia iguala su influencia. Sin miedo, Helena le asegura con frialdad que su unión será un calvario. Pese al desprecio, Gabriel muestra una curiosidad desafiante, mientras ella mantiene su elegancia y lo ignora con absoluta determinación.
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Capítulo 2

El hotel Savoy estaba resplandeciente esa noche. Cada detalle, desde las luces cálidas hasta las columnas cubiertas de flores frescas, gritaba "lujo británico de vieja escuela". Era el escenario perfecto para anunciar el compromiso del año... si es que los protagonistas no se odiaran en silencio.

Helena bajó de la limusina con la gracia de una reina. Debian de anunciar su compromiso al mundo y demostrar cuan enamorados estaban.

Gabriel apareció justo a tiempo, con un traje negro perfectamente entallado y el mismo desaliño encantador de siempre.

-Puedes fingir que te importa -le reprocho Helena a su esposo.

Helena sonrió en todo momento, aunque por dentro deseaba golpear a su prometido.

-No puedo fingir algo que no siento, estoy aquí, eso debería de ser suficiente.

La prensa estaba ahí. Los flashes explotaban como fuegos artificiales. Era el evento social del mes.

Y entonces, Gabriel lo hizo.

Sacó una pequeña cajita de terciopelo azul y, frente a todo el mundo.

No se arrodilló. No pensó que fuera necesario, a fin de cuentas, todo era una farsa.

Helena tragó saliva.

Abrió la caja.

Silencio.

Dentro había un anillo.

Un anillo muy sencillo. Una fina banda de oro con una piedra redonda apenas perceptible. ¿Era eso... circonita? ¿O una lágrima de ángel sin presupuesto?

El murmullo entre los periodistas fue inmediato. Los rumores eran que Helena Windsor, heredera del imperio Windsor, recibiría una joya de 10 quilates, quizás una reliquia de la corona o un diamante rosa de los que aparecen en subastas millonarias.

Pero no. Ahí estaba ella. Frente a decenas de cámaras. Con un anillo que parecía salido de una tienda vintage de segunda mano.

-¿Te gusta? -preguntó Gabriel, con esa sonrisa burlona en los labios.

Helena tenía ganas de tomar por el cuello a su arrogante prometido y darle una lección.

-Es tan pequeño y sin gracia.

-Menos, es más, dicen por ahí.

Las cámaras captaron la escena desde todos los ángulos. El video se volvió viral en cuestión de horas. El titular más compartido decía:

"El diamante invisible: ¿Gabriel Devereux juega al anticapitalismo con Helena Windsor?"

Lo peor para Helena no era el anillo. Ni siquiera Gabriel.

Era que el mundo entero comenzaba a notar algo raro... debían de mantener las apariencias.

Gabriel no quería casarse con ella, al menos tenía la responsabilidad de fingir que era real, que estaban enamorados, aunque no fuera de esa manera.

Su abuelo no tomaría una decisión tan apresurada solo por casualidad y ella no era estúpida, debía de investigar que había detrás de ese compromiso tan apresurado.

Helena se obligaba a sonreír.

Por dentro solo quería arrancarse el anillo y arrojárselo a la cara de Gabriel.

Cuando finalmente logró soltarse de la multitud de curiosos, periodistas y fotógrafos, caminó con paso firme hacia el baño privado del salón.

-¡Ese imbécil lo hizo para burlarse de mí! -escupió furiosa, mirándose al espejo. Sus manos temblaban mientras sostenía la pequeña joya en su dedo-. Solo mira esta baratija... mañana estaré en boca de todos.

Amanda entró poco después. Cerró la puerta y cruzó los brazos, observando a su hermana como si fuera un espectáculo.

-Bueno... es minimalista, ¿no? -intentó bromear, inclinándose para mirar más de cerca el anillo que brillaba apenas bajo la luz del tocador. En verdad, más parecía una burla que la unión de dos imperios.

Helena giró la mano con rabia, como si el objeto la quemara.

-Esto no es minimalismo. Es una provocación. Se atrevió a humillarme en público y ni siquiera tuvo la decencia de arrodillarse.

Amanda suspiró y apoyó la espalda en la pared, cruzando las piernas con calma.

-No lo tomes a mal, hermana. Solo es un contrato, ¿recuerdas? No es como si él te amara ni tú a él. Es un negocio.

Helena cerró los ojos y respiró profundamente, intentando que la ira no la consumiera por completo.

-Lo sé -murmuró con voz contenida-. Sé que es un contrato. Pero lo que me enoja es que lo hace para molestarme. No es ingenuidad, Amanda, es intencional.

Amanda sonrió con esa picardía juvenil que siempre la caracterizaba.

-Quizá, pero tampoco exageres. A los hombres se les da fatal esto de los detalles. Seguro fue a la primera joyería barata y dijo "esa, la que brilla poquito" sabes que los chicos son un poco... tontos.

Por primera vez esa noche, Helena dejó escapar una sonrisa breve.

-En eso tienes razón. Nunca dejes que un hombre escoja nada importante. Ni anillos, ni vestidos... ni matrimonios.

Las dos rieron suavemente.

-Esto no se quedará así.

🌹🌹🌹🌹

Mientras tanto, en el salón principal, Gabriel estaba en su salsa. Rodeado de empresarios.

Algunos lo felicitaban con cierta incomodidad, otros murmuraban a espaldas, preguntándose si aquello era real o una alianza.

Cuando Helena volvió al salón caminó hasta él con paso firme y se colocó a su lado.

-Querido -dijo Helena-Tenemos que hablar.

Él bebió un sorbo más de whisky y se inclinó apenas hacia su oído.

-Dame un segundo mi amor, estoy algo ocupado.

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