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Portada de la novela EL MILLONARIO Y LA NOVIA EQUIVOCADA

EL MILLONARIO Y LA NOVIA EQUIVOCADA

Traicionada por su propia familia, Esmeralda sufrió el robo de su identidad y de sus hijos antes de ser abandonada a su suerte. Tras sobrevivir al engaño de su madre y hermana, regresa decidida a ejecutar una fría venganza contra quienes usurparon su lugar. En este camino de justicia, se vincula con un poderoso millonario también burlado por las mentiras. Juntos enfrentarán un amor peligroso mientras la verdad amenaza con destruir a todos los culpables.
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Capítulo 2

El primer rayo de sol se filtró tímidamente entre las cortinas gruesas de la habitación, marcando el inicio de un día que Esmeralda jamás podría olvidar.

Abrió los ojos lentamente, su mente luchando por salir del letargo. El dolor punzante en las sienes la golpeó primero, como si mil agujas le perforaran la cabeza. El techo desconocido, con sus molduras elegantes y su lámpara de cristal, no tenía sentido. El aroma masculino, una mezcla de sándalo, tabaco y algo que no pudo identificar, llenaba el aire.

Parpadeó, intentando despejar la niebla en su mente, hasta que lo vio.

Un hombre dormía a su lado.

Estaba parcialmente cubierto por la sábana blanca que delineaba su cuerpo perfecto. Su piel dorada contrastaba con el lienzo inmaculado de las sábanas, y el tatuaje oscuro que había visto en la noche anterior se extendía desde su hombro hasta la parte baja de su espalda. Su rostro era la definición de perfección: mandíbula marcada, labios bien definidos y pestañas oscuras que rozaban sus pómulos.

Pero no fue su belleza lo que le provocó un escalofrío. Fue la pregunta que rugía en su cabeza.

¿Qué hice?

El pánico se apoderó de ella.

Se sentó de golpe, cubriéndose el pecho con la sábana, aunque ya no había nadie que la mirara. Su cuerpo dolía de formas que no entendía del todo. Las imágenes de la noche anterior regresaron en flashes confusos: luces, música, el sabor metálico de una bebida extraña, el calor de unos brazos desconocidos, el roce de unos labios que no debería haber sentido.

Se llevó las manos temblorosas a la cabeza.

No. No. No.

Saltó de la cama, buscando desesperadamente su vestido. Lo encontró arrugado en el suelo, una mancha de vergüenza en la alfombra de lujo. Se vistió con torpeza, sin preocuparse por la cremallera mal subida ni por su cabello enredado. Solo quería salir de allí.

Miró al hombre por última vez antes de abrir la puerta.

Dormía plácidamente, ajeno al caos que se desataba dentro de ella.

Aunque no sabía su nombre, su imagen quedaría grabada en su mente para siempre.

Corrió por el pasillo alfombrado del hotel, sus tacones resonando en el silencio de la mañana. Bajó las escaleras porque esperar el ascensor parecía una eternidad, y cuando finalmente salió a la calle, el aire fresco le golpeó el rostro con la fuerza de la realidad.

Su cuerpo temblaba, ya no por el frío, sino por el miedo y la vergüenza.

Cuando llegó a casa, su madre la esperaba en la cocina, el ceño fruncido y una taza de café humeante entre las manos.

Karen estaba allí también, sentada con la misma sonrisa cínica de siempre.

Gloria fue la primera en hablar, su voz afilada como una navaja.

-¿Dónde estabas? -preguntó con calma venenosa, pero sus ojos brillaban con furia.

Esmeralda abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. ¿Cómo podía explicar algo que ni siquiera ella entendía?

Karen intervino antes de que pudiera decir nada.

-Se fue con un hombre -dijo, fingiendo preocupación-. La vi salir del hotel a media noche.

Gloria se levantó de golpe, la silla rechinando contra el suelo.

-¿¡Con un hombre!? -su voz retumbó por toda la casa-. ¿Es eso lo que eres? ¿Una cualquiera?

Esmeralda sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

-No... yo... -intentó explicar, pero su madre no la dejó.

-¡Nos has avergonzado! -gritó, acercándose a ella-. ¿Después de todo lo que hemos hecho por ti? Eres igual que tu padre, un error.

Las palabras la golpearon más fuerte que cualquier bofetada.

-Ella me drogo -señaló a su hermana quien fingía inocencia -yo no haría algo como eso.

Gloria fijo sus ojos en su hija menor.

-Está mintiendo, te invite a mi fiesta y así es como me pagas, eres una maldita ingrata, soy tu hermana -respondió con cinismo -jamás te haría algo tan horrible.

-Suficiente -grito la mujer -Deberías estar avergonzada, lárgate de mi vista, no tolero verte Esmeralda, has dejado en vergüenza a esta familia.

Esmeralda no dijo nada más. Subió corriendo las escaleras y se encerró en su habitación, cerrando la puerta con fuerza.

Se deslizó hasta el suelo, abrazando sus rodillas, y por primera vez en mucho tiempo, lloró con desesperación, jamás imagino que su hermana la odiara tanto.

...

Mientras tanto, en el hotel, Aslan despertó con el suave resplandor del sol colándose por las cortinas.

Abrió los ojos, parpadeando contra la luz, y por un momento pensó que había soñado.

Pero el aroma dulce y floral en el aire le dijo lo contrario.

Se incorporó en la cama, mirando a su alrededor.

Vacía.

Frunció el ceño.

Se levantó, paseando por la habitación en busca de alguna señal. La sábana aún arrugada, la huella de su presencia en la almohada, y un perfume que aún flotaba, mezclado con el suyo.

Ella se había ido.

Sin una palabra. Sin dejar rastro.

Él no estaba acostumbrado a eso, normalmente las mujeres se quedaban y esperaban algo más de él, amor, cariño, en algunas ocasiones dinero.

Con el ceño fruncido, Aslan se duchó rápidamente, su mente repitiendo la misma pregunta: ¿Quién diablos era ella?

No era como las otras mujeres. Había algo diferente. Algo que se le había metido bajo la piel.

Y él odiaba eso.

Se vistió con rapidez, su traje oscuro reflejando su estado de ánimo. Bajó al lobby del hotel, preguntó en recepción, revisó las cámaras de seguridad.

Nada.

Había desaparecido.

Pero Aslan Wang no era un hombre que aceptara el fracaso.

La encontraría.

Sin importar cuánto tiempo le tomará, esa pequeña escurridiza volvería a ser suya una vez más.

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