Portada de la novela El Dragón Reencarnado

El Dragón Reencarnado

7.8 / 10.0
En El Dragón Reencarnado, una guerrera y sus aliados recorren un mundo en caos para revivir a un ser místico. Esta fantasy novel de acción y aventura explora el destino de la humanidad. Lee esta fiction fantasy romance books y descubre si lograrán restaurar el orden en esta web novel.
Resumen de El Dragón Reencarnado
Una talentosa guerrera y su grupo de jóvenes compañeros emprenden una travesía épica a través de tierras en ruinas. En un mundo consumido por el desorden, su meta fundamental es restaurar al mítico Dragón mediante su reencarnación. Al recuperar a esta criatura de facultades asombrosas, buscan la única esperanza para revertir la destrucción global. Esta historia de acción narra cómo el futuro del reino pende de un renacer legendario.
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El Dragón Reencarnado Capítulo 1

El Garfio parte 1

Un viento frío sopló en la noche a través del campo cubierto de nieve donde los hombres se habían estado matando unos a otros durante los últimos tres días. El aire era cortante, si bien no tan gélido como Lan habría esperado en esa época del año. Con todo, la temperatura era lo bastante baja como para que el peto de acero transmitiera el frío a través de la chaqueta y para que el aliento se condensara en vaho delante del rostro del hombre cuando el viento no lo arrastraba. La negrura del cielo empezaba a menguar y el brillo de los millares de estrellas, cual grueso polvo de diamantes esparcido en el firmamento, se iba apagando lentamente. La gruesa hoz de luna estaba baja y apenas daba luz para distinguir las siluetas de los hombres que vigilaban el campamento instalado en la arboleda de robles y cedros desperdigados. No se habían encendido lumbres porque el fuego habría delatado su posición a los Aiel. Lan había combatido contra ellos mucho antes de que esta guerra empezara, en las Marcas Shienarianas; una cuestión de deber para con los amigos. Si ya era difícil enfrentarse a ellos a la luz del día, hacerlo de noche era tanto como jugarse la vida a cara o cruz. Claro que a veces te encontraban aunque no hubiese lumbres.

Apoyando la mano enguantada sobre la espada envainada, se arrebujó en la capa y siguió haciendo la ronda de los centinelas a través de la capa de nieve que le llegaba a la pantorrilla. La suya era una espada antigua hecha con el Poder Único antes del Desmembramiento del Mundo, durante la Guerra de la Sombra, cuando la mano del Oscuro tocó el mundo durante un tiempo. De esa era sólo perduraban leyendas, salvo, quizá, lo que supieran las Aes Sedai; aun así, la hoja de acero era algo real y concreto. No se rompía ni hacía falta afilarla nunca. La empuñadura se había reemplazado incontables veces a lo largo de los siglos, pero ni siquiera la herrumbre afectaba el lustre de la hoja. Antaño había sido la espada de los reyes malkieri. El siguiente centinela que encontró, un tipo bajo y fornido que se cubría con una larga y oscura capa, estaba recostado en el tronco de un roble de gruesas ramas, con la cabeza caída sobre el pecho. Lan tocó al centinela en el hombro y el hombre se irguió bruscamente, a punto de dejar caer el arco corto de cuerno que tenía en las manos enguantadas.

La capucha le resbaló hacia atrás y dejó a la vista el yelmo cónico de acero un instante, antes de que el hombre volviera a calarse la capucha con rapidez. A la pálida luz de la luna, Lan no distinguía las facciones del hombre detrás de las barras verticales de la visera, pero sabía quién era. El yelmo de Lan era abierto, al estilo de la desaparecida Malkier, con una pequeña visera en forma de luna creciente que se proyectaba sobre la frente.

—No estaba dormido, milord —se apresuró a decir el tipo—. Sólo descansaba un momento. —El domani de piel cobriza parecía abochornado, y con razón. Ésta no era su primera batalla; ni siquiera era su primera guerra.

—Un Aiel te habría despertado al degollarte o al hincarte una lanza en el corazón, Basram —dijo Lan en voz queda. Los hombres prestaban más atención a un tono tranquilo que al grito más alto, siempre y cuando la calma fuera acompañada de firmeza y seguridad—. Quizá sería mejor no tener tan cerca la tentación del árbol. — Se abstuvo de añadir que, aun en el caso de que los Aiel no lo mataran, el hombre corría el riesgo de congelarse si permanecía parado en un sitio mucho tiempo. Basram ya lo sabía. Los inviernos en Arad Doman era casi tan fríos como en las Tierras Fronterizas.

Farfullando una disculpa, el domani se llevó la mano al yelmo en un respetuoso saludo, se apartó tres pasos del árbol y, bien derecho y despabilado, escudriñó la oscuridad. También movió los pies ligeramente para evitar que los dedos se le congelaran. Corría el rumor de que había Aes Sedai más cerca del río y que ofrecían la Curación de heridas y enfermedades que desaparecían como por ensalmo; pero, sin esa posibilidad, la amputación era la forma habitual de evitar que un hombre perdiera un pie por la gangrena y podía ser que incluso las piernas.

En cualquier caso, lo mejor era evitar verse involucrado con Aes Sedai a menos que fuera absolutamente necesario. Al cabo de los años era posible encontrarse con la sorpresa de que una de ellas lo había amarrado de alguna forma por si acaso necesitaba de uno. Las Aes Sedai pensaban a largo plazo y rara vez parecía importarles a quién utilizaban y cómo lo utilizaban en la consecución de sus fines. Ésa era una de las razones por las que Lan las evitaba.

¿Cuánto duraría el estado de alerta de Basram? Lan deseó saber la respuesta, pero no tenía sentido llamar más la atención al domani. Todos los hombres que tenía a su mando estaban exhaustos. A buen seguro que todos los hombres de la Gran Coalición, como pomposamente se la llamaba —así como Gran Alianza y una docena más de nombres, algunos poco halagadores e incluso ofensivos—, a buen seguro que todos estaban al borde de la extenuación. Además de agotadora, una batalla era una brega que hacía sudar, hubiera nieve o no. Los músculos se agarrotaban por la tensión aun cuando hubiese ratos en los que tomarse un respiro, y en los últimos días apenas se habían dado ocasiones de hacer un alto durante mucho tiempo.

El campamento albergaba sus buenos trescientos hombres, de los que una cuarta parte estaba de guardia en todo momento; teniendo enfrente a los Aiel, Lan quería tantos pares de ojos vigilando como fuera posible. Sin embargo, antes de que Lan hubiera recorrido otros doscientos pasos había tenido que despertar a tres centinelas más, uno de ellos dormido de pie sin estar apoyado en nada. Jaim tenía levantada la cabeza y los ojos abiertos. Ése era un truco que algunos soldados habían aprendido, sobre todo soldados veteranos como Jaim. Cortando las protestas del hombre de barba gris de que no podía estar dormido hallándose de pie y firme, Lan le prometió que sus amigos se enterarían si volvía a pillarlo dormido.

Jaim se quedó boquiabierto un momento; después tragó saliva con esfuerzo.

—No volverá a ocurrir, milord. ¡Que la Luz me abrase si me duermo!

Parecía hablar completamente en serio. Algunos hombres tenían miedo de que sus amigos los dejaran sin sentido de una paliza por ponerlos en peligro mientras descansaban; pero, habida cuenta de las compañías que Jaim frecuentaba, lo más probable es que temiera la humillación por haberse dejado sorprender dormido, no por estarlo.

Mientras Lan continuaba adelante soltó una risita queda. Rara vez reía, además de ser una estupidez reírse de eso, pero más valía reír que preocuparse por lo que no podía cambiar, como por ejemplo encontrar dormitando a los hombres que estaban de guardia; o inquietarse por la muerte. Lo que no se podía remediar, se tenía que sobrellevar.

Se paró en seco.

—Bukama, ¿por qué me sigues a hurtadillas? —inquirió en voz alta.

A su espalda sonó un gruñido de sorpresa. Sin duda Bukama creía que se movía en silencio y, a decir verdad, muy pocas personas habrían oído el débil crujido de las botas del hombre en la nieve, pero tendría que haber sabido que él sí lo percibiría. Al fin y a la postre, Bukama había sido uno de sus maestros, y una de sus primeras lecciones había sido estar atento a lo que lo rodeaba en todo momento, incluso mientras dormía. Una lección nada fácil de aprender para un chiquillo, pero sólo los muertos podían permitirse el lujo de no estar alerta. Y en La Llaga, más allá de las Tierras Fronterizas, los que estaban ajenos a su entorno no tardaban en engrosar las filas de los muertos.

—Te he estado guardando la espalda —anunció ásperamente Bukama al tiempo que apretaba el paso para reunirse con él—. Considerando lo poco pendiente que estás, uno de esos Amigos Siniestros, uno de esos Aiel velados, podría acercarse furtivamente y cortarte el gaznate. ¿Es que has olvidado todo lo que te he enseñado?

—De carácter rudo y franco, Bukama era casi tan alto como él y más que la mayoría de los hombres. Llevaba un casco malkieri sin crestón a pesar de tener derecho a lucirlo. Estaba más interesado en sus obligaciones que en sus derechos, pero aunque eso fuera lo correcto Lan habría deseado que no desdeñara estos últimos tan plenamente.

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Tabla de contenidos de El Dragón Reencarnado

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