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Portada de la novela El lamento de amor

El lamento de amor

Después de tres años de indiferencia y un matrimonio vacío, Kaitlin abandona a Alan tras ser ignorada en su peor momento de salud. Al recuperar su estatus como heredera de un imperio joyero, se convierte en una diseñadora de fama global. Convertida en madre de gemelos, su nueva vida despierta el interés de otros hombres y el tardío remordimiento de su exesposo. Aunque Alan suplica una oportunidad y conocer a sus hijos, Kaitlin ya no es la mujer sumisa de antes.
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Capítulo 3

"Kaitlin, por favor, escucha. No es lo que piensas… Es que nosotros...", pronunció Lilliana mientras agarraba su celular, con una mezcla de tristeza fingida y desafío en la mirada.

La rabia de Kaitlin se desbordó y le dio una fuerte bofetada.

"¡Fuera de aquí! ¡¿De qué estás tan orgullosa?! ¿De destruir mi matrimonio? ¡¿Cómo puedes ser tan desvergonzada?!".

La fuerza de su bofetada hizo que el aparato cayera al suelo, rompiéndose en pedazos.

Lilliana retrocedió a trompicones, y su mano golpeó adrede la pierna herida de Kaitlin al caer contra la cama del hospital.

El dolor de su pierna era tan intensa, nublándole la vista con lágrimas y, cuando alargó el brazo para apartar a la otra mujer, una mano fuerte le sujetó la muñeca.

"Kaitlin, ¿te volviste loca?". La voz fría y severa de Alan cortó el caos.

Kaitlin levantó la vista y lo vio, aún vestido con el sombrío traje negro de la foto que había visto antes, con el cansancio y la ira grabados en el rostro.

Seguía siendo el mismo hombre alto y apuesto, pero a Kaitlin le parecía ahora por completo repulsivo.

"¿Soy yo la que se volvió loca?", siseó ella, enfatizando cada palabra. "Tu amante se ha estado burlando de mí en mi cara, ¿cómo podría yo no reaccionar? ¡Me das asco, Alan!".

La cara del varón se ensombreció de furia al encontrarse con la mirada furibunda y llena de lágrimas de Kaitlin.

Había estado despierto toda la noche ocupándose de los secuestradores, sin un momento de descanso, solo para llegar al hospital y encontrarse a su esposa gritándole otra vez por Lilliana.

Su asistente le informó de que estaba malherida, pero allí estaba ella, aparentemente más vigorosa que él.

"Kaitlin, ¿intentas poner a prueba mi paciencia?". Apretó con firmeza su delicada mandíbula, y espetó con tono gélido: "Discúlpate con Lilliana, ¡ya!".

El dolor agudo en la mandíbula hizo que Kaitlin se estremeciera, pero el dolor en su corazón fue más insoportable.

De ninguna manera se disculparía con esa perra.

"¿Por qué exactamente?". Su voz sonaba ronca mientras protestaba. "¿Porque interrumpí tu luto por tu amada mientras yo estaba a punto de morir? ¿O porque abofeteé a tu amante cuando se burló de mí? Alan, aunque tu corazón no me pertenece, ¿no puedes al menos mostrarme el respeto que se le debe a una esposa?".

Las venas palpitaban en la frente de Alan, y su apretón se hizo más fuerte, con sus nudillos blanqueándose.

"¡Ya basta! ¡¿Cómo te atreves a mencionarla?!". El grito de Alan resonó mientras empujaba a Kaitlin contra la cama, como un dragón furioso. "¡Recuerda tu lugar! Haz lo que te ordeno, ¡ahora!".

Su espalda se golpeó contra el cabecero, encendiendo sus heridas no curadas con un dolor insoportable.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y le dificultaba respirar.

¿Cuál era en realidad su lugar?

¿Solo su esposa simbólica, un peón para sus deseos, o una sustituta de Ashley?

Ninguno de esos papeles tenía verdadera importancia.

Alan se fijó en sus ojos rojos y se dio cuenta de que seguía sufriendo a causa de las heridas, así que aflojó el agarre, a punto de hablar, pero Lilliana lo agarró del brazo de repente.

"¡Alan, Kaitlin sigue herida! Y debe de estar asustada después del secuestro. Por favor, no seas tan duro con ella. Si pegarme la hace sentir mejor, puedo soportarlo. Lo peor que podría pasar es que tuviera que cancelar mis próximas entrevistas y colaboraciones".

Lo miró con expresión de sincera comprensión. "Habla con ella".

Alan, controlando su enfado, retiró con cuidado la mano y habló en voz baja: "Tú también necesitas descansar. Vete a casa a dormir, yo resolveré esto. Y no te preocupes por el trabajo que puedas perder, te encontraré oportunidades aún mejores".

Lilliana asintió, lanzó una mirada cautelosa a Kaitlin y salió de la habitación con una leve sonrisa de satisfacción.

Las diferentes actitudes de Alan hacia ella y Lilliana dejaron a Kaitlin más fría y, a pesar de tener el cuerpo lleno de heridas, Alan parecía ajeno a ellas.

Sin embargo, con solo unas palabras de Lilliana, su ira se disolvía.

Era ridículo.

Tras tres años de matrimonio, comprendió por fin cuál era su posición ante Alan.

"Kaitlin, ya que estás herida, no quiero discutir", dijo el varón con frialdad, dejándola caer de nuevo sobre la cama. "No se lo cuentes a la abuela. Cuando te den el alta, tú...".

Kaitlin intervino sin emoción: "Cuando me den el alta, nos divorciaremos".

Se quitó el preciado anillo de boda y lo arrojó a sus pies. "En estos tres años, ya he devuelto tu amabilidad por salvarme".

Alan se paralizó y se quedó mirando el anillo con expresión atónita e incrédula, y al cabo de un momento, se acercó, le apretó la muñeca con fuerza y le preguntó: "¡¿Qué dijiste?!"

"¿Cuándo empezaste a tener problemas de oído?", replicó la muchacha, dejando que él tirara de ella más cerca. "Me cansé de ser una sustituta. Nuestro matrimonio se terminó".

Los ojos de Alan se oscurecieron, y sus rasgos se nublaron de rabia.

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