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Portada de la novela El Imperio del CEO y la Esposa Oculta

El Imperio del CEO y la Esposa Oculta

Bajo un contrato gélido, Victoria ocultó su identidad como la genio digital 'V' mientras soportaba el desdén de su esposo, el magnate Nathaniel Cross. Obsesionado con hallar a la mujer que salvó su imperio, él solicita el divorcio sin saber que su salvadora es la asistente que tanto desprecia. Tras la ruptura, Victoria resurge con poder y determinación. Ahora, Nathaniel deberá enfrentar la verdad y luchar por recuperar a la única mujer que siempre lo tuvo todo.
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Capítulo 2

Victoria tensó los dedos sobre su regazo, ocultando sus manos bajo la mesa. Conocía perfectamente esa brecha. De hecho, la había detectado hacía una semana desde su propio ordenador remoto, pero no era su trabajo arreglarla. En el Grupo Cross, ella era una simple asistente. Si abría la boca para sugerir una solución técnica de ese calibre, levantaría demasiadas sospechas que no podía permitirse.

-¿Y no hay nadie en todo tu equipo que pueda arreglarlo? -preguntó, manteniendo un tono de curiosidad casual y desinteresada.

Nathaniel apuró el resto de su whisky de un trago y dejó el pesado vaso de cristal sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

-Solo hay una persona en este maldito mundo que tiene el nivel intelectual y técnico necesario para reescribir ese código base en tiempo récord sin destruir el ecosistema.

Victoria contuvo la respiración. Sabía exactamente qué nombre iba a salir de los elegantes labios de su esposo.

-"V" -dijo Nathaniel.

Al pronunciar esa simple letra, la frialdad corporativa de su voz desapareció por completo, siendo reemplazada por una mezcla de frustración rabiosa y una admiración casi reverencial-. El mejor hacker independiente del que se tiene registro. O la mejor, nadie lo sabe realmente. Llevo meses intentando rastrear su IP para contratar sus servicios de forma permanente. Le he ofrecido cifras en blanco que marearían a cualquier tiburón de Wall Street. Le he ofrecido un puesto en la mesa directiva.

-¿Y qué dice este genio tuyo? -inquirió Victoria, sintiendo una chispa de diversión amarga encenderse en su estómago.

-Nada. Absolutamente nada. Trabaja cuando quiere, para quien quiere y bajo sus propias reglas lunáticas. Es arrogante, impredecible, altanero y brillante. Un dolor de cabeza absoluto, pero es el único que puede salvarme de la junta directiva el lunes. Le envié un mensaje encriptado nivel militar hace tres horas suplicando ayuda con la brecha. Estoy esperando su respuesta como un idiota desesperado.

Victoria miró a su esposo en silencio. Allí estaba él, el inalcanzable Nathaniel Cross. El hombre de hielo que ni siquiera podía recordar la fecha en que le había puesto un anillo en el dedo, elogiando con una pasión ardiente a una sombra digital. Una sombra que, irónicamente, era la misma mujer a la que acababa de ignorar en su propia casa.

Si Nathaniel supiera que el genio arrogante por el que estaba dispuesto a pagar cientos de millones era la misma esposa insípida que le había cocinado el lomo que se enfriaba en la mesa, probablemente le daría un infarto fulminante.

-Supongo que estarás muy ocupado, entonces -dijo Victoria, poniéndose de pie con lentitud. El ruido de la silla arrastrándose por el suelo de madera rompió la extraña atmósfera que se había creado.

-Estaré encerrado en mi estudio. No me esperes despierta. Ah, por cierto -Nathaniel metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un pequeño sobre blanco, dejándolo sobre la mesa de caoba sin mirarla a los ojos-. Tu abuelo. El hospital me llamó a primera hora. El director médico necesita firmar unas autorizaciones legales para iniciar la nueva fase del tratamiento experimental. Me encargué de realizar las transferencias de pago esta misma tarde, pero requieren tu firma en los consentimientos mañana a primera hora.

Victoria sintió un pinchazo agudo de culpa en el pecho. Su abuelo. La única razón de su encierro. La única luz en su vida. Nathaniel podía ser un marido ausente, un jefe tirano y un hombre frío como el acero, pero nunca, ni una sola vez, había faltado a su palabra respecto al contrato. El dinero para el hospital privado siempre fluía a tiempo, asegurando que el anciano tuviera la mejor atención del país.

-Gracias, Nathaniel. De verdad.

Él no respondió verbalmente. Simplemente le dedicó un asentimiento cortés, casi robótico, y salió del comedor a paso rápido, dejándola sola una vez más con los restos fantasmales de una celebración que nunca existió.

Victoria se quedó inmóvil en el centro de la gran sala hasta que escuchó el pesado portazo del estudio cerrarse en el piso superior. Luego, con movimientos metódicos y mecánicos, recogió los platos intactos y los llevó a la amplia cocina de diseño. Vació el lomo de res en el triturador de basura industrial, viendo cómo desaparecía sin sentir absolutamente nada. El sonido del motor triturando la carne se mezcló a la perfección con el vacío de su propio pecho.

Apagó las luces del piso inferior y subió las escaleras hacia su propia habitación, ubicada en el ala opuesta y separada de la de Nathaniel por un pasillo interminable.

Una vez dentro, pasó el cerrojo de seguridad.

El ambiente de sumisión, torpeza y apatía que la rodeaba veinticuatro horas al día pareció desvanecerse en el aire en el instante exacto en que la cerradura hizo clic. Su postura cambió; sus hombros se enderezaron con autoridad, y sus ojos, antes apagados tras las ridículas gafas de lectura sin aumento, brillaron con una intensidad aguda y calculadora.

Se acercó al fondo de su amplio vestidor, apartó una hilera de abrigos gruesos de invierno y presionó un panel de madera suelto en la pared. Un compartimento secreto insonorizado se abrió suavemente, revelando un ordenador portátil negro, ultraplano, mate y sin ninguna marca visible.

Lo sacó con cuidado y se sentó con las piernas cruzadas en el centro de la cama. Al abrirlo, la pantalla se iluminó de inmediato, pidiendo una secuencia de contraseñas de treinta y dos caracteres alfanuméricos que sus hábiles dedos teclearon a una velocidad vertiginosa en menos de tres segundos.

La pantalla de inicio no tenía iconos comunes ni fondos de pantalla agradables. Solo una terminal de comandos negra donde desfilaban interminables líneas de código verde.

Victoria activó su VPN de triple salto y abrió la bandeja de entrada de su servidor encriptado oculto en la dark web. Había decenas de correos de corporaciones globales, pero uno resaltaba en la parte superior, marcado con prioridad extrema y proveniente de una IP enmascarada que ella reconocía perfectamente, pues ella misma había diseñado el cortafuegos de ese servidor.

El remitente era el CEO del Grupo Cross.

El asunto parpadeaba en la pantalla: Urgente. Brecha crítica en el mainframe. Pon tu precio, el que sea.

Una sonrisa lenta, ligeramente perversa e indomable, se dibujó en los labios de Victoria, transformando por completo su rostro. Sus dedos se posaron sobre el teclado mecánico, acariciando las teclas como si fueran las cuerdas de un instrumento mortal.

Abajo, en el estudio, su arrogante y poderoso marido debía estar revisando su reloj cada cinco segundos, desesperado, sudando frío y rezando a un Dios en el que no creía por la salvación de la brillante e inalcanzable "V".

-Feliz aniversario, cariño -murmuró Victoria en la oscuridad de su habitación, y comenzó a teclear su respuesta.

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