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Portada de la novela El idilio de la mariposa

El idilio de la mariposa

Hellen Harper, de treinta y dos años, acepta un encuentro íntimo pagado para salvar a su madre enferma. En esa noche oculta conoce a Hadriel Drews, un joven millonario de veintitrés años que celebra su graduación bajo una máscara de oro. Aunque el destino los separa tras su apasionada cita, pronto vuelven a cruzarse a cara descubierta. Ahora, ambos deben encarar sus pasados y los prejuicios sociales para proteger el amor que nació en el anonimato.
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Capítulo 2

El primero y el segundo, miraron al tercero; el cual no había emitido palabra alguna en la conversación.

El tercero asintió con su cabeza, para confirmar que podían proseguir con el diálogo. Se había mantenido en silencio y expectante ante la negociación que tenían sus amigos con aquella señora de cara cubierta por la máscara. Era el que mejor conocía al cuarto, que era el más poderoso, misterioso y el de más difícil carácter y al que le harían el obsequio de una las mariposas del distinguido y exitoso burdel. Sin embargo, no había tenido más opción que colaborar con ellos. Por lo general usaba gafas que adornaban su dócil rostro, pero en esta oportunidad se había puesto lentes de contacto. Parecía incómodo en el sitio, como si no quisiera estar ahí, y como si no estuviera de acuerdo en lo que estaban por hacer, y era así, ya que había manifestado su oposición respecto a este de regalo tan degradante, pues sabía que aquel no era partidario de este tipo de asuntos de trata de blancas. Era neutro, por eso no había mencionado ni una sola palabra de su boca; dejaría que ellos se encargaran y se limitaría a hacer lo que debía. Sin embargo, debido a infortunas circunstancias, estaba obligado a ayudarlos. Era por eso que tuvo que confesar los gustos y preferencias del cuarto. Aunque, esto implicara, que lo estaba traicionando, pero era en contra de su voluntad, porque por su propia mano, jamás le hubiera sido desleal al verdadero líder de los que allí estaban. Era como un golpe de Estado, para derrocar al futuro emperador que gobernaría a todos. Estaba seguro de que lograría su cometido. Aunque debiera esperar algunos años más, conseguiría alzarse en el trono.

—Nuestro amigo tiene gustos muy peculiares y estrictos —dijo el primer joven, dando un paso al frente; acercándose al escritorio de la Madame. Era el que estaba al mando, cuando no estaba el más rico y poderoso de los cuatro—. Es serio, aburrido, seco, directo y su sentido del humor es nulo, nunca lo visto expresar un gesto de alegría, porque perdió su sonrisa al nacer. —Río a sonoras carcajadas. La ruina del otro, era su satisfacción y su placer—. Es estricto y calculador. Así que, queremos a una mujer de entre treinta o treinta y seis años de edad, graduada de alguna carrera universitaria, para que pueda mantener una conversación de interés.

—Eso no es problema. Algunas de mis mariposas están en ese intervalo de esa edad. Pero la lista se reduce, si tiene algún título profesional —dijo la Madame, con seriedad; sus opciones se volvían más pequeñas, de manera considerable, más de la mitad, puesto que la mayoría no tenían ningún título profesional o las que lo tenían, ya no eran puras.

—Virgen —comentó el segundo, con semblante astuto y lleno de arrogancia. Una mujer casta, después de los treinta, no era imposible de ver o de encontrar, pero sí, muy difícil de hallar y más en estos tiempos modernos, pues si una chica expresaba que ería llegar pura y entregarse al hombre que amaban; las mismas mujeres las tachaban de tontas y anticuadas.

La Madame se acomodó en su silla de escritorio; no recordaba que alguna de sus mariposas fuera casta, después de los treinta. La expresión fina y segura, se apagó por un breve instante. Sin embargo, no mostraría que no tenía una disponible en el momento, porque podría conseguirla. La suerte siempre estaba de su lado y le ayudaba a obtener lo que quería. O eso era lo que esperaba, ya que era una apuesta en la que podía perder mucho más que solo dinero, puesto que su reputación también estaba en juego y no podía arriesgarse a manchar su buen nombre, ya consolidado en este mundo exclusivo y perverso del que gozaba un excelente puesto en la cadena jerárquica.

—Esos requisitos aumentarán el precio normal, hasta cinco o diez veces más —dijo la Madame, sin inmutarse ante la situación. No había llegado hasta donde estaba, por dejarse superar por los problemas—. Una virgen de treinta años. Es mucho tiempo manteniéndose inmaculada, ¿no lo creen? Y más en esta época, que está llena de libertinaje, rebeldía y pasión adolescente.

—Claro que lo sabemos —dijo el primero, con expresión perspicaz y engreída. Hizo una seña con su mano, y el tercero, quien sostenía el maletín, lo puso sobre la mesa y lo abrió; mostrando, tal como la Madame lo había deducido, paquetes de dineros, ordenados y con sellos relucientes. Las oscuras pupilas de la despreciable mujer, se dilataron al ver tal obra maestra, que estaba en ese pequeño, pero asombroso portafolios. Apretó las piernas, por el hormigueo y el ardor, que le provocaba verlos. Sus mejillas se acolaron y su respiración se aceleró. Se excitó, tan solo mirando los paquetes de billetes. Respiró con lentitud, como si estuviera catando una copa de vino. La exquisita fragancia se coló por sus fosas nasales e inundó cada rincón de su madura anatomía—. El dinero no es inconveniente para nosotros. Lo que más deseamos es darle el mejor obsequio de graduación a nuestro amigo. Será una inversión a largo plazo —comentó con hipocresía.

—Esto es un adelanto —dijo el segundo, con orgullo y tranquilidad, como si solo estuvieran entregando un dulce a una niña, para que ella lo intercambiara por un objeto de mayor valor —. Cien millones de dólares, que podrán ser suyos de manera inmediata, si nos asegura que nos brindará lo que buscamos. Por supuesto, queremos el servicio completo.

El sentido común y la razón de la Madame, le decía que debía negarse, ya que ninguna de sus damas cumplía con esos requisitos. Pero, su avaricia y su alma codiciosa, le susurraban al oído: sí; como la armoniosa melodía de una sirena, que encantaba a los marineros, para devorarlos sin piedad. Una virgen de treinta. ¿No era mejor una casta de dieciocho o diecinueve? ¿Por qué una madura de treinta que no hubiera tenido relaciones en tantos años? En verdad, había gente rara el mundo que tenía unos gustos muy peculiares y raros. Aunque, eso no era nada comparado con lo que había tenido que atestiguar. Solo que era bastante difícil de conseguir y menos en estos tiempos tan libertinos en que las mujeres eran más atrevidas y lanzadas, tanto o más que los hombres.

—Así es, nada más nos importa que sea una noche inolvidable, para nuestro estimado amigo. ¿Tenemos su palabra? Esperamos su respuesta, Madame —dijo el primero, viendo como la mujer que, a pesar de ser mayor, a través del antifaz se podía notar la belleza, que todavía ostentaba. Aún conservaba atributos envidiables y una belleza considerable. La larga cabellera castaña y los ojos marrones, seguían desprendiendo el fuego del deseo.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó la Madame, siendo tentada por esa fortuna, que estaba tan cerca y a la vez tan lejos, porque todavía no eran de ella—. Claro que tenemos un trato. Su amigo pasará la mejor noche de su vida. Tengan eso por seguro. Yo mismo me encargaré de preparar la más increíble velada, que hasta los mismos reyes le tendrán envidia. Es una promesa, y yo siempre las cumplo.

—Eso, mi hermosa —dijo el segundo, con voz halagadora y expresión de victoria—. Se oye muy prometedor. Firme aquí, por favor. Entenderá que necesitamos garantías en un negocio de tal magnitud. —Le entregó el documento—. Solo colocando su nombre, esto será suyo, y no es nada comparado, con el resto del pago.

La Madame, con una extensa en incontrolable sonrisa en sus labios pintados de rojos, firmó el contrato sin leerlo, pues como si una niebla tensa se hubiera puesto frente a sus ojos, fue cegada por su avidez. La enorme posibilidad de tener en su poder esos millones, que nada más podrían ser suyos, solo si plasmaba su nombre en simple papel, con una costosa pluma, por supuesto. Nada de baratijas.

—Eso es todo por ahora, Madame —dijo el primero, cubierto por un aura oscura y malvada. Era el segundo al mando, y eso le molestaba; envidiaba y le tenía celos al más rico de ellos, y haría lo que fuera necesario, para usurpar el trono, la corona y el imperio de su “amigo”. Pero, la destrucción de grandes reinos y la caída de soberanos, no se daba de la noche a la mañana; todo debía hacerse con prudencia y con cautela, hasta el momento oportuno en el que se cortaba la cabeza del monarca, para que no correr riesgo. Eso, además de asegurarse de que no tuviera descendientes que pudieran alzarse con autoridad, para reclamar el poder—. Tenemos un trato. —Se dio media vuelta y cruzó miradas con sus dos amigos. Razonó por un breve momento lo que iban a hacer; ya que estaban en el afamado y clandestino burdel de los millonarios, podrían obtener un gustoso servicio—. Un asunto más —comentó con sagacidad—. Pediremos alguna de sus mariposas, para nosotros dos.

El primero moldeó una perversa sonrisa. Ahora, que su plan había dado inicio, podía distraerse un poco con las sucias rameras, que se autollamaban, de forma elegante, que eran damas de compañías. “Damas”. Sí, claro, como no; ellas tenían lo de señoras, que lo que él tenía de santo: nada. No eran más que promiscuas que se revolcaban con cualquiera por unos miserables dólares, a los que él tenía de sobra en su cuenta bancaria, tanto para repartir a todas las escorts del mundo.

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