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Portada de la novela El Heredero Prohibido del Alpha CEO

El Heredero Prohibido del Alpha CEO

Tras la tragedia familiar y la pérdida de su fortuna, Jeane Malhore se ve obligada a trabajar para el frío magnate Asher Redd. El implacable CEO le ofrece un trato oscuro: un matrimonio de conveniencia de un año para garantizar su descendencia a cambio de estabilidad financiera. Aunque Jeane acepta darle un heredero bajo sus términos, intentando blindar su corazón, la intensidad de Asher y un deseo incontrolable pondrán en riesgo su plan de escapar al finalizar el pacto.
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Capítulo 2

POV DE JEANE

La tinta de mi firma aún estaba fresca sobre el papel cuando el silencio sepulcral del despacho fue interrumpido por el vibrar histérico de mi teléfono en el bolsillo de mi chaqueta. Miré a Asher. Él ni siquiera parpadeó; se limitó a observar mi reacción con la curiosidad de un científico diseccionando a un insecto.

Saqué el móvil. Era la Clínica San Judas. Mi corazón dio un vuelco.

-¿Dígame? -mi voz salió más aguda de lo que pretendía.

-¿Señorita Malhore? Habla el jefe de seguridad. Lamentamos informarle que los servicios médicos de su hermano, Leo Malhore, han sido suspendidos por falta de pago acumulado. Estamos procediendo con su traslado a la red de salud pública en este momento.

-¿Qué? ¡No! -El pánico me subió por la garganta como ácido-. No pueden moverlo. Leo está conectado a un respirador asistido la mitad del día, su condición es crítica. ¡Les dije que conseguiría el dinero hoy mismo!

-Lo sentimos, señorita. Las órdenes vienen de la nueva administración. El traslado ya empezó.

Colgaron. El mundo se desdibujó frente a mis ojos. Mi hermano, lo único que me quedaba en este mundo, estaba siendo tratado como mercancía defectuosa por culpa de mi cuenta bancaria en cero.

Miré a Asher. Él estaba allí, impecable, ajustándose los gemelos de oro de sus mangas con una calma exasperante.

-Fuiste tú -susurré. El aire en la habitación parecía haberse agotado-. Tú diste la orden.

Asher levantó una ceja, ladeando la cabeza con una elegancia depredadora.

-La Clínica San Judas era una propiedad insolvente, Jeane. La compré hace exactamente veinte minutos, justo antes de que entraras por esa puerta. Ahora es una subsidiaria de Redd Health.

-¡Es un hospital, no un tablero de ajedrez! -grité, golpeando su escritorio de obsidiana con ambas manos-. ¡Leo puede morir si lo mueven! Detenlo, Asher. Por favor. Ya firmé tu maldito contrato, ¡detenlo!

Él se levantó lentamente. No había rastro de compasión en sus ojos grises; solo una determinación gélida que me hizo sentir pequeña, insignificante. Rodeó el escritorio y se detuvo a centímetros de mí. Su presencia era como una pared de concreto; me obligaba a mirar hacia arriba, a reconocer su dominio.

-Tu firma en el papel es solo el inicio, Jeane. Pero aún no has entregado el contrato físicamente a mi abogado. No eres "mi propiedad" hasta que yo lo decida.

-¡Ya acepté! ¡Haré lo que quieras! -Las lágrimas de frustración empezaron a escocer en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer-. Solo salva a mi hermano.

Asher sacó su propio teléfono, un dispositivo elegante que parecía un arma en sus manos. Marcó un número rápido sin dejar de mirarme a los ojos.

-Soy Redd. Cancelen el traslado del paciente Malhore. Habitación VIP, cuidados intensivos permanentes y el mejor equipo de neurología del país. A partir de ahora, su supervivencia es la prioridad absoluta de la clínica. Si él tiene un solo rasguño, cerraré ese lugar con todos ustedes adentro.

Colgó sin esperar respuesta. El silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de una tensión eléctrica que me hacía zumbar los oídos.

-Ya está hecho -dijo, guardando el móvil-. Tu hermano está a salvo. A cambio, tu vida me pertenece. Cada suspiro, cada pensamiento y cada centímetro de esa piel que ahora mismo está temblando frente a mí.

Tragué saliva. La realidad de lo que acababa de hacer me golpeó como un mazo. Había salvado a Leo, pero a cambio, me había convertido en la concubina legal de un sociópata.

-Hay una cosa más -dije, tratando de recuperar un gramo de mi dignidad. Tomé el contrato de la mesa y saqué una pluma de mi bolso-. Voy a añadir una cláusula adicional. Un anexo de comportamiento.

Asher soltó un bufido de risa que me enfureció.

-¿Un anexo? Eres valiente, Malhore. Te lo concedo. ¿Qué dice tu pequeña cláusula?

-"Queda estrictamente prohibido cualquier vínculo emocional" -leí mientras escribía rápido en el margen del papel-. "No habrá besos, no habrá afecto, no habrá intimidad más allá de lo estrictamente necesario para la concepción del heredero. El sexo será una transacción, nada más. Tú no me amas, yo te odio, y así se quedará hasta el último día".

Terminé de escribir y lo miré con desafío. Pensé que se enojaría. Pensé que rompería el contrato. Pero Asher hizo algo mucho peor.

Se acercó tanto que pude sentir el calor de su aliento en mi oreja. Su mano subió por mi brazo, dejando un rastro de fuego a su paso, hasta que sus dedos se enredaron con fuerza en mi cabello, tirando ligeramente de mi cabeza hacia atrás para que lo mirara.

-¿Prohibido enamorarse? -su voz era un ronroneo peligroso-. Jeane, cariño... para enamorarse se necesita un corazón. Yo no tengo uno, y el tuyo está demasiado ocupado odiándome como para sentir otra cosa.

Tomó el papel de mis manos. Mis ojos se abrieron de par en par cuando vi que, con una parsimonia insultante, rompió la esquina donde yo había escrito la cláusula y la dejó caer al suelo como basura.

-No habrá reglas en mi cama, Jeane -sentenció. Sus ojos descendieron a mis labios, y por un segundo, creí que me besaría ahí mismo, con la furia de un incendio-. El contrato dice que eres mi esposa. Y yo no acepto esposas a medias. Si quiero besarte hasta que olvides tu propio nombre, lo haré. Si quiero que me supliques que no me detenga, lo harás.

-Jamás te suplicaré nada -siseé, aunque mi corazón latía desbocado contra mis costillas.

-Todas dicen eso al principio -él sonrió, y fue la imagen más aterradora y hermosa que había visto nunca-. Recoge tus cosas. Te vas de tu casa hoy mismo. Mi chofer te llevará a la mansión Redd en una hora.

-¿Hoy? ¡Tengo que ver a mi hermano! ¡Tengo que empacar mi vida!

-Tu vieja vida terminó en el momento en que estampaste tu apellido junto al mío -Asher caminó hacia la puerta de su despacho y la abrió de par en par, dándome la señal de salida-. De Leo se encargan mis médicos. De tus maletas se encarga mi personal. Tú solo tienes que encargarte de una cosa: prepararte para nuestra noche de bodas. Porque no pienso perder ni un solo segundo para reclamar lo que he comprado.

Salí del despacho con las piernas temblando. Mientras caminaba por el pasillo de cristal, sentí su mirada clavada en mi espalda, como la de un cazador que finalmente tiene a su presa en la red.

Había salvado a mi hermano, sí. Pero al entrar en el ascensor y ver mi reflejo en el espejo, ya no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Ya no era Jeane Malhore. Era el trofeo de Asher Redd. Y lo peor de todo no era el miedo a lo que él pudiera hacerme... sino el terror de descubrir que, bajo el odio, mi cuerpo había reaccionado a su toque como si hubiera estado esperando a su dueño toda la vida.

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