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Portada de la novela El Heredero Oculto del CEO Despiadado

El Heredero Oculto del CEO Despiadado

Elena se alejó de Alexander Volkov tras una injusta traición, guardando el secreto de su embarazo. Un lustro después, el frío magnate vuelve decidido a destruir a la mujer que supuestamente lo engañó. Al adquirir su compañía, la somete bajo su mando como asistente personal. Él ignora que Elena es inocente y que el pequeño de cuatro años que ella oculta es su propio hijo. En un juego de odio y deseo, la verdad amenaza con derribar sus muros de hielo.
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Capítulo 1

El inmenso candelabro de cristal de Bohemia colgaba del techo del Gran Salón como una constelación cautiva, derramando una luz dorada y opulenta sobre la élite de la ciudad. Abajo, en la pista de mármol, un mar de seda, diamantes y esmóquines a medida se movía al ritmo de un cuarteto de cuerdas que tocaba una suave melodía clásica. Era el evento de caridad más importante del año, una de esas noches donde las fortunas cambiaban de manos con un simple choque de copas de champán.

Para Elena, sin embargo, aquella deslumbrante exhibición de riqueza no era más que un campo minado.

Se ajustó discretamente el escote de su vestido azul medianoche. Era una prenda sencilla, comprada en una tienda de rebajas y ajustada por ella misma la noche anterior en la máquina de coser de su pequeño apartamento. Desentonaba sutilmente con los diseños de alta costura que la rodeaban, pero cumplía su función: hacerla pasar desapercibida mientras supervisaba que el evento fluyera sin contratiempos.

Como coordinadora de Nova Eventos, una modesta agencia que apenas lograba mantenerse a flote, esta gala representaba la salvación. Su jefa, Clara, había puesto todas sus esperanzas en que el éxito de esta noche les asegurara el contrato anual con la fundación. Y Elena no podía permitirse fallar. Si Nova Eventos quebraba, ella perdería su empleo. Y si perdía su empleo...

Cerró los ojos un instante y tomó una respiración profunda y temblorosa. Al hacerlo, la imagen de un niño de cuatro años con rizos oscuros y una sonrisa traviesa cruzó por su mente. Leo. Su pequeño milagro. El centro absoluto de su universo. Antes de salir de casa, él le había rodeado el cuello con sus bracitos regordetes, dejando un beso húmedo en su mejilla mientras le prometía portarse bien con la niñera.

-Todo sea por ti, mi amor -susurró Elena para sí misma, abriendo los ojos y forzando una sonrisa profesional de regreso a sus labios. Todo el cansancio, todas las horas extra, todas las humillaciones de lidiar con clientes arrogantes valían la pena si eso significaba que a Leo nunca le faltaría un plato de comida caliente o un techo seguro.

Se obligó a concentrarse en el presente. Revisó su tableta electrónica, verificando por enésima vez la lista de invitados VIP. Todo estaba en orden. Los meseros circulaban con bandejas de canapés, las luces tenían la intensidad perfecta y el discursos del alcalde estaba programado para dentro de veinte minutos. Parecía que la noche sería un éxito rotundo.

Y, sin embargo, una extraña opresión comenzaba a formarse en la boca de su estómago.

Al principio, intentó ignorarlo, atribuyéndolo al estrés acumulado de las últimas semanas. Pero la sensación no desapareció; de hecho, se intensificó. Era un hormigueo frío en la nuca, una pesadez en el aire que la rodeaba, como si la presión atmosférica del enorme salón hubiera cambiado de golpe. Era el instinto primario y desgarrador de la presa que advierte la presencia del depredador antes de siquiera escucharlo acercarse.

Elena frunció el ceño y se frotó los brazos desnudos, repentinamente helados a pesar de la calefacción del hotel.

De pronto, la suave melodía del cuarteto de cuerdas pareció desvanecerse en un segundo plano. Un murmullo bajo y persistente comenzó a ondular a través de la multitud, extendiéndose como pólvora desde las enormes puertas dobles de caoba hasta el centro del salón. Las conversaciones animadas se apagaron. Las copas dejaron de tintinear. Era como si el aire mismo hubiera sido succionado de la habitación.

Elena levantó la vista de su tableta. Notó cómo los rostros de los magnates más influyentes de la ciudad cambiaban. Los hombres enderezaban la postura, sus expresiones teñidas de un respeto repentino, casi temeroso. Las mujeres se giraban, con los ojos brillando de una mezcla de curiosidad, codicia y admiración.

-¿Qué está pasando? -le susurró Clara, su jefa, apareciendo de repente a su lado, pálida y con los ojos muy abiertos-. ¿Es él? Me dijeron que el comprador misterioso que acaba de adquirir el banco principal de la ciudad haría una aparición esta noche, pero no creí que fuera cierto.

-¿Comprador misterioso? -preguntó Elena, su voz sonando extrañamente lejana en sus propios oídos. El hormigueo en su nuca se transformó en una alarma estridente.

-Sí. El rumor dice que es despiadado. Que viene de Europa a devorar el mercado local. Destruye empresas por diversión y no deja prisioneros.

Clara siguió hablando, pero Elena dejó de escucharla. Un olor muy particular acababa de alcanzarla, transportado por la sutil corriente de aire del salón. Era una fragancia inconfundible, una mezcla embriagadora y costosa de sándalo oscuro, bergamota y algo frío, como el hielo a punto de quebrarse.

El corazón de Elena dio un vuelco violento y doloroso contra sus costillas. Sus pulmones se negaron a tomar aire. No, pensó, sintiendo que el suelo de mármol desaparecía bajo sus pies con tacones. No. Es imposible. Él está a miles de kilómetros de aquí. Él me borró de su vida.

Pero la sensación de estar siendo observada se volvió abrumadora. Era una mirada física, ardiente y pesada, clavándose como dagas directamente entre sus omóplatos. Podía sentirla abriéndose paso a través de la multitud, ignorando a los cientos de millonarios presentes, para fijarse única y exclusivamente en ella.

Obligada por una fuerza magnética que nunca había podido resistir, Elena giró lentamente sobre sus talones.

La multitud parecía haberse partido en dos, abriendo un pasillo imaginario en medio del salón. Y al final de ese pasillo, de pie junto a las columnas de mármol, estaba él.

Alexander Volkov.

El aliento abandonó los pulmones de Elena en un jadeo inaudible. El mundo a su alrededor perdió color y sonido, reduciéndose únicamente a la imponente figura del hombre que le había destrozado el alma cinco años atrás.

Estaba exactamente igual, y al mismo tiempo, aterradoramente diferente. Llevaba un traje negro hecho a medida que se ajustaba a la perfección a sus anchos hombros y su complexión atlética. Su cabello oscuro, impecablemente peinado, tenía el mismo brillo de ónix que ella recordaba haber enredado entre sus dedos en las noches de pasión que ahora parecían pertenecer a otra vida. Sus facciones seguían siendo de una belleza aristocrática y brutal: una mandíbula fuerte y cuadrada, pómulos afilados y una nariz recta.

Pero fueron sus ojos los que paralizaron el corazón de Elena. Esos fríos, calculadores y penetrantes ojos de un gris tan claro que casi parecían plata.

Hace cinco años, esos ojos la habían mirado con furia, desprecio y asco absoluto mientras ella lloraba de rodillas, rogándole que le creyera, jurándole que no había vendido sus secretos comerciales, que era inocente. Él no la había escuchado. La había desechado como a basura y la había arrojado a la calle bajo la lluvia, sin saber que, en su vientre, Elena ya llevaba la consecuencia más grande de su amor.

Ahora, esos mismos ojos grises estaban fijos en ella. No había sorpresa en su mirada. No había el más mínimo rastro de asombro por encontrarla allí.

Elena sintió que el pánico le subía por la garganta con sabor a bilis. La forma en que Alexander la miraba no era la de un hombre que se encuentra por casualidad con un fantasma del pasado. Era la mirada de un cazador paciente que finalmente ha arrinconado a su presa después de años de cacería. Había una promesa oscura y letal brillando en esas pupilas plateadas.

La comisura de los labios de Alexander se curvó en una sonrisa microscópica, desprovista de cualquier rastro de calidez. Era una sonrisa que prometía destrucción.

Antes de que Elena pudiera reaccionar, antes de que su cerebro le enviara a sus piernas la orden de correr y huir lo más lejos posible de ese salón, Alexander dio un paso al frente.

Con pasos lentos, medidos y cargados de una autoridad absoluta que obligaba a los demás invitados a apartarse instintivamente de su camino, el CEO más temido de la ciudad comenzó a caminar directamente hacia ella.

El eco del pasado había regresado, y venía a cobrar su deuda.

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