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Portada de la novela El Heredero Oculto del CEO Despiadado

El Heredero Oculto del CEO Despiadado

Elena se alejó de Alexander Volkov tras una injusta traición, guardando el secreto de su embarazo. Un lustro después, el frío magnate vuelve decidido a destruir a la mujer que supuestamente lo engañó. Al adquirir su compañía, la somete bajo su mando como asistente personal. Él ignora que Elena es inocente y que el pequeño de cuatro años que ella oculta es su propio hijo. En un juego de odio y deseo, la verdad amenaza con derribar sus muros de hielo.
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Capítulo 2

El tiempo pareció detenerse en el Gran Salón. La música del cuarteto de cuerdas, el tintineo de las copas de champán, los murmullos de la alta sociedad de la ciudad... todo quedó silenciado bajo el peso abrumador de la presencia de Alexander Volkov.

Elena sentía que sus pies de repente estaban fundidos con el mármol del suelo. Quería retroceder, quería darse la vuelta y correr hacia las puertas de servicio, escapar hacia la noche fría y no detenerse hasta llegar a los brazos de Leo. Su instinto de supervivencia le gritaba que huyera, que se escondiera, pero su cuerpo se negaba a obedecer. Estaba atrapada en la red invisible que esos ojos grises y tormentosos tejían a su alrededor.

Con cada paso que Alexander daba, la multitud se apartaba instintivamente. Era como observar a un depredador alfa reclamando su territorio. Los hombres poderosos que hace unos minutos alardeaban de sus fortunas ahora bajaban la mirada con deferencia. Las mujeres suspiraban y cuchicheaban tras sus abanicos, hipnotizadas por la oscura y letal elegancia del magnate. Pero Alexander no miraba a nadie. Su atención era un rayo láser enfocado única y exclusivamente en Elena.

Cuando finalmente se detuvo a menos de un metro de ella, el impacto de su cercanía la golpeó como un muro de hielo.

El aroma a sándalo y bergamota que había inundado sus sentidos a la distancia ahora era una envoltura densa, asfixiante y dolorosamente familiar. Elena tuvo que alzar el mentón para sostenerle la mirada. A sus veintiséis años, había aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sola, a criar a un hijo con el sudor de su frente, pero frente a los casi un metro noventa de puro músculo y trajes a medida de Alexander, volvió a sentirse como la chica vulnerable de hace cinco años.

Él la observó en silencio durante lo que pareció una eternidad. Sus ojos plateados recorrieron su rostro, deteniéndose en las sutiles ojeras que el maquillaje no lograba ocultar del todo, en la palidez de sus mejillas, en sus labios ligeramente temblorosos. Luego, su mirada descendió con una lentitud insultante, evaluando el sencillo vestido azul medianoche que ella misma había remendado, los zapatos de tacón desgastados y la ausencia total de joyas en su cuello y muñecas.

En el pasado, Alexander la había cubierto de diamantes y sedas francesas. Ahora, la examinaba con la fría curiosidad de quien inspecciona un objeto roto que alguna vez le perteneció.

-Elena -pronunció él.

Su nombre, dicho con esa voz profunda, áspera y cargada de un oscuro magnetismo, hizo que un escalofrío violento le recorriera la espina dorsal. Era la primera vez en mil ochocientos veinticinco días que escuchaba esa voz dirigida hacia ella. Había soñado con ese tono en sus pesadillas y había llorado recordándolo en sus madrugadas más solitarias.

-Señor Volkov -logró articular ella, y se odió a sí misma por el ligero temblor que delató su voz. Se obligó a enderezar los hombros y alzó la barbilla, aferrando su tableta electrónica contra su pecho como si fuera un escudo-. Qué... qué sorpresa verlo por aquí.

Una sonrisa amarga y carente de toda humanidad curvó la comisura de los labios de Alexander. Sus ojos se oscurecieron, transformándose del color de la plata líquida al de un cielo a punto de desatar un huracán.

-¿Sorpresa? -Su tono era suave, casi un susurro, pero cortaba el aire como una cuchilla de afeitar. Dio medio paso más hacia ella, invadiendo su espacio personal. El calor que emanaba su cuerpo contrastaba con la frialdad de su mirada-. Los años no te han quitado la costumbre de mentir, por lo que veo.

El insulto fue directo y preciso, diseñado para dar en el blanco de su herida más profunda. Elena sintió que el aire se le atascaba en la garganta. La acusación de traición por la que él la había echado a la calle sin un centavo seguía viva, palpitando entre los dos como un monstruo invisible.

-No estoy mintiendo -replicó Elena, forzando un tono profesional y bajando la voz para que los curiosos invitados que los observaban de reojo no pudieran escuchar el drama-. Realmente no esperaba verlo. Estoy trabajando, señor Volkov. Este es mi evento. Le pediría, por favor, que me permita continuar con mis obligaciones.

Alexander soltó una carcajada seca, carente de gracia, que hizo eco por encima de los murmullos del salón. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón con una tranquilidad aterradora.

-Trabajando -repitió él, saboreando la palabra como si fuera un veneno exquisito-. Para Nova Eventos, si mi memoria y los informes de mis asistentes no me fallan. Una agencia mediocre, al borde de la bancarrota, que depende de las migajas de las fundaciones benéficas para pagar el alquiler de su cuchitril en las afueras de la ciudad.

Elena apretó los labios hasta que se volvieron blancos. ¿Cómo sabía tanto sobre su empresa? El pánico comenzó a filtrarse a través de sus defensas.

-Es un trabajo honesto -se defendió, sintiendo el escozor de las lágrimas amenazando en sus ojos, pero se negó rotundamente a derramar una sola frente a él-. Y estamos logrando que esta gala sea un éxito. Así que, si me disculpa...

Intentó dar un paso hacia la izquierda para esquivarlo, pero Alexander movió su ancho cuerpo, bloqueándole el paso con la rapidez de un depredador acorralando a su presa. La proximidad era tanta que Elena podía ver la tensión en la mandíbula de él y el pulso rítmico en su cuello.

-No te he dado permiso para retirarte, Elena -susurró él, inclinándose hacia delante. Su aliento cálido rozó la oreja de la joven, enviando una descarga eléctrica dolorosa por cada nervio de su cuerpo-. Y te equivocas en algo fundamental. No estás trabajando para Nova Eventos esta noche.

Ella frunció el ceño, confundida y repentinamente mareada por la mezcla de miedo y esa innegable y maldita atracción que su cuerpo aún sentía por él.

-¿De qué está hablando?

Alexander se enderezó, mirándola con una suficiencia que rozaba la crueldad.

-Había un rumor de que un comprador misterioso iba a hacer su aparición esta noche. Supongo que tu incompetente jefa te lo mencionó. -Hizo un leve gesto con la mano hacia Clara, que observaba la escena desde la distancia, temblando como una hoja-. Pues bien, ese comprador soy yo. Acabo de adquirir el control mayoritario del banco que financia esta fundación. Y no solo eso... ayer por la tarde, mis abogados cerraron la compra de Nova Eventos. La deuda de tu pequeña agencia era ridículamente fácil de comprar.

El corazón de Elena dejó de latir por un segundo completo. Sus pulmones se paralizaron. El suelo pareció inclinarse bajo sus pies.

-No... -susurró, con la voz ahogada-. No puede ser.

-Claro que puede ser -respondió él, y por primera vez, hubo un destello de furia cruda y vengativa rompiendo su máscara de hielo-. Creíste que podías traicionarme, venderme a mis enemigos, robarme y luego simplemente desaparecer de la faz de la tierra para vivir una vida tranquila y patética. Pero yo nunca olvido, Elena. Y nunca perdono.

Elena quiso gritarle que nunca lo traicionó, que lo único que hizo fue amarlo con locura, que la verdadera traición fue que él no le creyera. Quiso gritarle que, gracias a él, había tenido que dar a luz en un hospital público y asustada. Quiso escupirle a la cara que tenían un hijo juntos. Pero el rostro de Leo apareció en su mente, y el terror la amordazó. Si este hombre, este monstruo frío y rencoroso en el que se había convertido Alexander, descubría la existencia de su hijo, se lo quitaría en un abrir y cerrar de ojos. Él tenía el dinero, el poder y ahora, el control absoluto de su medio de vida.

-¿Qué es lo que quiere de mí? -preguntó ella, rindiéndose, con la voz rota y los ojos fijos en la corbata de seda negra de él.

Alexander levantó la mano y, con un roce que quemó la piel de Elena como hierro al rojo vivo, le apartó un mechón de cabello suelto del rostro. El gesto fue íntimo, escalofriantemente posesivo.

-Quiero lo que es mío -murmuró Alexander, su voz ronca y cargada de una amenaza oscura-. A partir de mañana a las ocho en punto de la mañana, eres mi asistente personal. Estarás en la sede de Volkov Industries. Estarás a mi entera disposición, día y noche. Y te aseguro, Elena, que cada centavo que me costaste hace cinco años, lo vas a pagar con sudor y lágrimas.

Retiró la mano, se abotonó el saco del traje con lentitud calculada y, sin añadir una palabra más, se dio la media vuelta, dejándola temblando, sola y completamente destruida en medio del Gran Salón.

El eco del pasado no solo la había alcanzado; acababa de encerrarla en una jaula sin salida.

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