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Portada de la novela El Heredero Oculto de los Santoro

El Heredero Oculto de los Santoro

Camila huyó tras una traición familiar, protegiendo un embarazo oculto. Años después, regresa para ayudar a su abuela y a su hijo Mateo, un niño brillante. Alejandro Santoro, obligado a casarse en un mes para asegurar su herencia, pacta con ella un matrimonio de conveniencia. Ignoran que ella es la mujer que él rastreó sin descanso y que Mateo es su hijo. Entre engaños y deudas, la verdad de su pasado compartido surge para transformar sus vidas para siempre.
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Capítulo 1

El aire de la discoteca era denso, impregnado de humo, luces de neón que cortaban la penumbra y un ritmo de bajos que Camila sentía golpear directamente en su caja torácica. Pero lo que más la asfixiaba no era el ambiente, sino las sonrisas falsas de sus tíos y la mirada calculadora de su primo Mauricio, quien no dejaba de llenarle la copa.

-Tómate otro trago, prima. Hay que brindar. Gracias a los contactos que haremos hoy, el negocio de la familia por fin va a salir a flote -insistió Mauricio, acercándole un vaso de cristal con un líquido translúcido.

Camila, con apenas dieciocho años y una ingenuidad que pronto le costaría cara, le sonrió con timidez.

-Ya me siento un poco mareada, Mau. De verdad, creo que es mejor que me vaya a casa. La abuela se quedó sola y...

-La abuela está bien, no la uses de excusa -interrumpió su tía Elena, apareciendo de la nada y apretándole el hombro con una fuerza excesiva-. Hoy tienes que ser una buena sobrina. Nos lo debes, después de todo lo que hemos gastado en ti desde que tus padres murieron.

Ese chantaje emocional, el mismo que habían usado durante años, la hizo ceder. Camila aceptó el vaso y le dio un trago largo. El sabor era extrañamente amargo al final, pero no dijo nada.

No pasaron ni diez minutos antes de que el mundo empezara a distorsionarse.

Las luces de neón se convirtieron en ráfagas borrosas. El ruido de la música se amortiguó, como si estuviera bajo el agua, y sus piernas comenzaron a sentirse de plomo. Un frío repentino y un sudor pastoso le recorrieron la nuca.

-Mau... me siento mal. Mucho... muy mal -alcanzó a balbucear, aferrándose al borde de la mesa alta.

-Tranquila, primita. Te voy a llevar a un lugar donde puedas descansar -escuchó la voz de Mauricio, pero sonaba lejana, distorsionada, casi malévola.

Lo siguiente que Camila registró fueron destellos inconexos. El frío de la noche al salir del local, el sonido de las puertas de un automóvil cerrándose y, finalmente, el eco de unos pasos en el pasillo alfombrado de un hotel de un lujo descomunal. No podía mover los brazos; su mente gritaba que corriera, pero sus músculos no respondían a ninguna orden. Estaba atrapada en su propio cuerpo.

-Aquí está lo prometido. Con esto la deuda queda saldada, ¿verdad? -la voz de su tío resonó en la penumbra de una habitación enorme.

-Fuera -respondió otra voz.

Era un barítono profundo, gélido y cargado de una autoridad absoluta que hizo que incluso la neblina de la droga en el cerebro de Camila se agitara con una punzada de pánico instintivo.

Escuchó el clic de la puerta cerrándose. Se había quedado sola. Con él.

La habitación estaba en completa oscuridad, salvo por la luz de la luna que se filtraba a través de un inmenso ventanal, proyectando la silueta de un hombre alto, de hombros imponentes, que se desabrochaba lentamente los botones de la camisa.

Camila intentó retroceder en la enorme cama donde la habían dejado caer, pero solo logró emitir un gemido ahogado. Las lágrimas, calientes y silenciosas, comenzaron a resbalar por sus mejillas.

El hombre se acercó. Camila no podía ver su rostro, solo la sombra de sus facciones afiladas y el brillo de unos ojos que, en la penumbra, parecían de un gris metálico y tormentoso. El aroma que lo envolvía -sándalo, tabaco caro y una fragancia masculina sumamente imponente- se grabó a fuego en la memoria de la joven.

Cuando él se inclinó sobre ella, Camila esperó brutalidad, pero lo que encontró fue una desconcertante mezcla de posesividad y una extraña urgencia. El calor de su piel contrastaba con la frialdad que emanaba de su presencia.

-No llores -le susurró él al oído, con esa voz grave que le erizó la piel-. Fuiste tú quien aceptó venir aquí. Ahora eres mía.

Camila quiso gritar que no, que la habían engañado, pero la droga finalmente la sumergió en una inconsciencia parcial, convirtiendo el resto de la noche en un torbellino de sensaciones táctiles, suspiros ahogados y el dolor de una inocencia arrebatada en la oscuridad.

Horas después, antes del amanecer.

El efecto de la sustancia comenzó a disiparse, dejando a Camila con una migraña cegadora y el cuerpo dolorido. Abrió los ojos lentamente. La habitación seguía en penumbras, iluminada apenas por las luces de los rascacielos de la Ciudad de México a través del ventanal.

A su lado, el hombre dormía profundamente de espaldas, mostrando una musculatura imponente y una cicatriz sutil que le cruzaba el omóplato izquierdo.

El pánico se apoderó de Camila. Con el corazón martilleándole en los oídos, se deslizó fuera de la cama con el mayor cuidado posible. Recogió su vestido rasgado del suelo, sus zapatos y, temblando incontrolablemente, se encerró en el baño de mármol.

Se vistió como pudo, conteniendo los sollozos. Sabía que si salía por la puerta principal de la suite, los guardias del hotel o su propia familia podrían detenerla. Desesperada, miró la pequeña ventana de ventilación del baño que daba hacia una terraza interna del edificio. Con esfuerzo, trepó por el lavabo y, empujada por el más puro instinto de supervivencia, logró escabullirse hacia la libertad de la madrugada, jurando que jamás volvería a mirar atrás.

No imaginaba que, en ese mismo instante, su vida ya había cambiado para siempre. Tampoco sabía que en su vientre ya se gestaba el heredero de la dinastía Santoro.

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