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Portada de la novela El Heredero Oculto de los Santoro

El Heredero Oculto de los Santoro

Camila huyó tras una traición familiar, protegiendo un embarazo oculto. Años después, regresa para ayudar a su abuela y a su hijo Mateo, un niño brillante. Alejandro Santoro, obligado a casarse en un mes para asegurar su herencia, pacta con ella un matrimonio de conveniencia. Ignoran que ella es la mujer que él rastreó sin descanso y que Mateo es su hijo. Entre engaños y deudas, la verdad de su pasado compartido surge para transformar sus vidas para siempre.
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Capítulo 2

El crujido del suelo de linóleo desgastado era el único sonido que competía con el pitido rítmico y apagado del monitor cardíaco. Camila Mendoza permanecía de pie junto a la cama de hospital, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, como si intentara contener el dolor físico que le provocaba ver a la única persona que la había amado de verdad reducida a una silueta frágil entre sábanas blancas.

Su abuela, Doña Leonor, dormía bajo el efecto de los sedantes. Su rostro, surcado por las arrugas de una vida de sacrificios, se veía alarmantemente pálido.

-No te vas a ir, abuelita -susurró Camila, acercándose para besar su frente fría-. No me dejes sola. No ahora que por fin regresé.

Cinco años. Habían tenido que pasar cinco largos años de exilio voluntario en un pequeño pueblo de la costa, donde Camila se había ocultado bajo un nombre falso, lavando ropa ajena y limpiando casas con las manos sangrantes para sacar adelante a su bebé. Había huido de la Ciudad de México con una maleta de cartón, el alma rota y el terror de que su familia la encontrara para volver a venderla. Pero el destino, con su ironía habitual, la había traído de vuelta al mismo asfalto del que escapó. La insuficiencia cardíaca de Leonor no podía tratarse en una clínica de provincia; necesitaba tecnología de punta, cirujanos expertos y, sobre todo, una cantidad de dinero ridícula.

La pantalla de su celular se encendió en su bolsillo. Camila lo sacó rápidamente, temiendo que fuera una notificación de cobro del hospital. En su lugar, vio una fotografía que le envió la vecina que se estaba quedando a cargo de su hijo por unas horas.

En la imagen aparecía Mateo, su pequeño de cuatro años. Estaba sentado frente a una computadora de escritorio vieja, con el ceño fruncido en una expresión de concentración absoluta que a Camila siempre le erizaba la piel. Tenía los ojos fijos en una pantalla llena de códigos de programación que ningún niño de su edad debería entender. A sus escasos cuatro años, Mateo no jugaba con carritos ni pelotas; su obsesión eran los sistemas operativos, las redes y los acertijos lógicos. Era un genio en miniatura, un niño extraordinario y, al mismo tiempo, el vivo retrato de la noche que Camila luchaba por olvidar.

Cada vez que Mateo la miraba con esos ojos grises como la tormenta, fríos y analíticos, el corazón de Camila daba un vuelco. El niño no había heredado un solo rasgo de ella. Era la copia exacta del hombre de la suite 405.

-Señora Mendoza -la voz suave de la enfermera de turno la sacó de sus pensamientos. La mujer entró a la habitación con una carpeta médica-. El doctor Suárez ya revisó los últimos análisis. El quirófano está listo para el viernes, pero la administración me pide recordarle que el depósito de cien mil pesos debe quedar liquidado a más tardar el miércoles al mediodía. De lo contrario, el sistema cancela la cirugía automáticamente para asignarla a urgencias.

-Lo sé, enfermera. Mañana mismo tendré el dinero, se lo prometo -mintió Camila, tragándose el nudo de desesperación que amenazaba con ahogarla.

-Espero que sí, por el bien de Doña Leonor. Su corazón no aguantará otra crisis.

Cuando la enfermera salió, Camila se derrumbó en la silla de plástico junto a la cama. Cien mil pesos. En su cuenta bancaria apenas quedaban tres mil, el último residuo de sus ahorros de cinco años. Sus tíos y su primo Mauricio, quienes ahora manejaban una próspera constructora gracias al dinero que habían obtenido la noche que la entregaron, se habían reído en su cara cuando fue a pedirles ayuda el día anterior. "Para nosotros estás muerta desde que te escapaste como una ladrona", le había gritado su tía Elena antes de cerrarle la puerta.

No tenía opciones. Solo le quedaba una carta por jugar, y era la más peligrosa de todas.

Dos horas después, Camila se encontraba en el baño público de una estación de metro, cambiándose de ropa. Se quitó los jeans desgastados y los tenis viejos para ponerse un traje sastre de color azul marino que había comprado en una tienda de saldos de segunda mano. Se maquilló frente al espejo salpicado de agua, ocultando las ojeras de noches sin dormir y peinando su larga cabellera oscura en un moño bajo y profesional.

Cuando terminó, se miró al espejo. Ya no era la niña asustada de dieciocho años a la que habían drogado. Era una madre dispuesta a caminar entre las llamas por su hijo y su abuela.

Tomó la línea del metro que la llevó directamente al corazón financiero de la ciudad. Al salir a la superficie, la imponencia de los rascacielos del Paseo de la Reforma la abrumó, pero sus pies la guiaron con firmeza hacia el edificio más alto y moderno de la avenida: la Torre del Grupo Empresarial Santoro.

El vestíbulo era un monumento a la opulencia. Mármol negro, detalles en oro pulido y guardias de seguridad con trajes impecables que controlaban el acceso con escáneres biométricos. Camila caminó hacia la recepción principal, apretando la correa de su bolso.

-Buenas tardes. Tengo una entrevista para el puesto de asistente de la dirección general. Mi nombre es Camila Mendoza -dijo, forzando una voz segura que no sentía.

La recepcionista la miró de arriba abajo con evidente superioridad, revisó su computadora y finalmente le entregó un pase magnético de visitante.

-Piso treinta y cinco. El señor Santoro no tolera los retrasos. Si llega un minuto tarde, ni se moleste en bajarse del ascensor -advirtió la mujer de manera fría.

Camila asintió y caminó hacia los elevadores de alta velocidad. Mientras el ascensor subía de forma casi instantánea, sintiendo la presión en los oídos, se repitió a sí misma los detalles que había investigado en los cibercafés: Alejandro Santoro, el nuevo director general del imperio. Un hombre joven, educado en Europa, conocido en las páginas de negocios como "el cirujano" por la frialdad con la que reestructuraba empresas, despidiendo a miles de empleados sin pestañear. Los rumores decían que ninguna asistente duraba más de un mes a su servicio debido a su temperamento implacable y sus exigencias inhumanas.

Pero el sueldo que ofrecía el puesto era tres veces mayor que cualquier otra vacante en el mercado, además de un bono de contratación inmediato para quien lograra pasar el periodo de prueba. Ese bono era la salvación de su abuela.

Ding.

Las puertas del piso treinta y cinco se abrieron. El ambiente aquí arriba era diferente; el aire olía a un perfume costoso, una mezcla amaderada y profunda que, por un segundo, hizo que el estómago de Camila se contrajera en una violenta punzada de pánico corporal. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, un eco de memoria táctil que su cerebro intentó descartar de inmediato.

«Es el estrés, Camila. Concéntrate», se ordenó a sí misma, caminando hacia la oficina principal.

La secretaria de recepción del piso, una mujer mayor de aspecto severo, la recibió con una mirada de lástima.

-¿Señorita Mendoza? Llega justo a tiempo. Las últimas tres candidatas salieron de ahí hechas un mar de lágrimas. El señor Santoro está de un humor terrible hoy. Pase de inmediato, no lo haga esperar.

Camila respiró hondo, enderezó la espalda y avanzó hacia las monumentales puertas de madera de nogal que separaban el vestíbulo del despacho presidencial. Colocó la mano sobre la manija de metal frío, sintiendo el sudor frío en sus palmas.

Sabía que detrás de esa puerta se decidía la vida de su abuela y el futuro de Mateo. Con el corazón latiendo desbocado en el pecho, empujó la madera pesada y entró al ojo del huracán.

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