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Portada de la novela El heredero invisible

El heredero invisible

Tras años infiltrado como conserje, Kaelen Von Dório recupera su legado familiar con ayuda de Elara y Ruso. Sin embargo, salvar la empresa fue solo el inicio. Ahora, la seductora Isabella Thorne lo arrastra a un mundo de excesos y lujos que amenaza con corromperlo. Convertido en el líder implacable que siempre juró no ser, Kaelen deberá elegir entre la ambición desmedida y su esencia. ¿Logrará el nuevo heredero salvar su alma de la traición y el abismo dorado?
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Capítulo 2

El lunes empezó con olor a amoníaco. Era el mismo olor de siempre, pero esa mañana a Kael se le revolvía el estómago. Llevaba dos horas puliendo el suelo de mármol del vestíbulo de Industrias Dório. La máquina zumbaba, monótona, hipnotizante.

A las 8:45 a.m., el ascensor ejecutivo se abrió. Kael tensó los músculos de la espalda. Sabía quién venía sin necesidad de mirar. Los zapatos italianos sonaban diferente contra el suelo.

Tristan Vane caminaba rápido, hablando por teléfono. Llevaba un traje gris que costaba más de lo que Kael ganaría en cinco años. Detrás de él, tropezando con sus propios tacones, iba una asistente nueva, cargada de carpetas.

Vane pasó justo por donde Kael acababa de pasar la máquina. Dejó huellas negras sobre lo mojado.

-...sí, compra las acciones antes del mediodía. No me importa si es legal o no, solo hazlo -decía Vane al teléfono. Se detuvo un segundo, miró su zapato y luego miró a Kael con asco-. Oye, tú. Cuidado con el agua. Casi me mato.

Kael apretó el mango de la pulidora.

-Está señalizado, señor Vane -dijo, señalando el cartel amarillo de "Piso Mojado".

Vane soltó una risa corta, sin alegría.

-No me contestes. Solo limpia mis huellas. Y hazlo rápido, tengo inversores llegando en diez minutos.

Vane siguió caminando hacia los torniquetes de seguridad. Kael se quedó mirando su espalda. La rabia de la noche anterior seguía ahí, fría y dura en su pecho. Tuvo ganas de empujar la máquina contra sus tobillos, pero se contuvo. Necesitaba el dinero. Todavía necesitaba comer.

-Imbécil -murmuró alguien cerca.

Kael giró la cabeza. Era Elara Vance, la chica nueva de Archivo. Llevaba una caja llena de documentos viejos y tenía el pelo recogido con un lápiz.

-Cuidado, te puede escuchar -dijo Kael, bajando la voz.

-Que escuche. Es un tirano -Elara se ajustó las gafas-. ¿Estás bien, Kael? Tienes mala cara. Peor de lo normal, quiero decir.

-Noche larga. Problemas de dinero. Lo de siempre.

Elara rebuscó en su bolsillo y sacó una barrita de granola aplastada.

-Toma. Robada de la sala de reuniones del piso 10. Dicen que es orgánica.

Kael sonrió por primera vez en veinticuatro horas. Aceptó la barrita.

-Gracias, Elara. De verdad.

-No te dejes pisar, Kael. Algún día alguien se dará cuenta de lo que vales.

Ella siguió su camino hacia los ascensores de servicio. Kael guardó la barrita en el bolsillo del mono. Algún día, pensó con amargura.

A las 10:00 a.m., su radio sonó con estática.

-Roz, preséntese en la oficina 404. Inmediatamente.

Kael sintió un sudor frío. La 404 no era Recursos Humanos. Tampoco era Mantenimiento. Era el piso legal. Seguro que Vane se había quejado. Seguro que lo iban a despedir por "insolencia".

Se lavó las manos, se quitó el mono sucio para quedarse con su ropa de calle (que no estaba mucho mejor) y subió.

El piso 4 se sentía diferente. La moqueta era más gruesa, el aire acondicionado más silencioso. Una recepcionista que no lo miró a la cara le señaló una puerta de madera maciza al final del pasillo.

Kael tocó.

-Adelante.

Entró. La oficina era enorme, con vistas a toda la ciudad. Detrás de un escritorio de caoba estaba un hombre mayor, de unos sesenta años, calvo y con una mirada afilada como un bisturí. Kael reconoció el nombre en la placa del escritorio: Arthur Roth, Asesor Legal Jefe.

-Siéntese, Sr. Roz -dijo Roth sin levantar la vista de unos papeles.

Kael se sentó en el borde de la silla de cuero. Se sentía fuera de lugar, como un niño en la oficina del director.

-Si es por lo del suelo mojado con el Sr. Vane, estaba señalizado -empezó Kael-. No creo que sea motivo de despido...

Roth levantó la mano para callarlo. Se quitó las gafas y lo miró fijamente durante un largo minuto. Era una mirada analítica, incómoda.

-Nadie lo va a despedir, Kaelen. Al menos, no hoy.

Roth abrió un cajón y sacó una carpeta azul. La deslizó sobre el escritorio hacia Kael.

-¿Conoce usted al fundador de esta empresa? ¿Augustus Dório?

-El señor del cuadro del vestíbulo. Murió la semana pasada. Todo el mundo lo sabe.

-Lo que no sabe todo el mundo -dijo Roth con calma- es que Augustus Dório tuvo una relación breve hace veintinueve años con una camarera llamada María Roz. Su madre.

Kael se quedó paralizado. El ruido del aire acondicionado pareció desaparecer.

-No hable de mi madre. Ella murió hace cinco años. Mi padre nos abandonó antes de que yo naciera. Nunca supe su nombre.

-Su nombre era Augustus Dório.

-Eso es mentira -Kael se levantó, enfadado-. Si mi padre era un multimillonario, ¿por qué mi madre murió trabajando doble turno para pagar sus medicinas? ¿Por qué yo limpio los baños de su edificio?

-Porque Augustus era un hombre complicado. Paranoico. Creía que el dinero arruinaba a la gente -Roth sacó un papel de la carpeta-. Hace un año, cuando le diagnosticaron el cáncer terminal, me pidió que lo investigara a usted. Hemos hecho pruebas de ADN con las muestras médicas que la empresa pide anualmente a los empleados. Es positivo, Kael. Eres su hijo.

Kael miró el papel. Un 99.9% de coincidencia. Se dejó caer en la silla, aturdido.

-¿Y qué? -preguntó Kael con la voz ronca-. ¿Quiere darme un cheque para que me calle? ¿Para que no manche el apellido Dório?

Roth sonrió levemente. No era una sonrisa amable.

-Al contrario. Augustus cambió su testamento tres días antes de morir. Desheredó a sus sobrinos. Sacó a la junta directiva del control mayoritario.

Roth se inclinó hacia delante.

-Te lo dejó a ti, Kael. El 51% de las acciones. Los edificios, las patentes, las cuentas en Suiza. Todo. Eres el dueño de Industrias Dório.

Kael soltó una carcajada nerviosa. Miró alrededor esperando ver una cámara oculta.

-Esto es una broma. Vane me envió aquí para reírse, ¿verdad?

-No es una broma. Pero hay una condición. Una cláusula de hierro.

Roth giró el documento hacia Kael y señaló el párrafo final, marcado en rojo.

-Augustus no quería entregar su imperio a alguien que no lo entendiera. Odiaba a los ejecutivos que nunca habían trabajado de verdad. Así que estipuló esto: La Prueba de los 90 Días.

-¿Qué prueba?

-Para reclamar la herencia, debes seguir trabajando como conserje durante tres meses más. Nadie puede saber quién eres. Ni tus compañeros, ni la prensa, y sobre todo, ni Tristan Vane.

-¿Por qué?

-Porque la empresa está podrida por dentro, Kael. Vane y otros directivos están robando, vendiendo secretos, recortando seguridad. Si entras hoy como CEO, te comerán vivo. No sabes cómo funciona el juego. Necesitas ver quién es leal y quién es un traidor. Necesitas aprender desde abajo mientras yo te entreno en secreto por las noches.

Kael leyó el papel. Las letras bailaban ante sus ojos.

"Si el heredero revela su identidad, renuncia o es despedido por causa justificada antes de los 90 días, las acciones pasarán a la beneficencia y él no recibirá nada".

-¿Y si me niego? -preguntó Kael.

-Sales por esa puerta, sigues con tu vida, y Tristan Vane será nombrado CEO el próximo mes. Probablemente despedirá a la mitad de la plantilla, incluida esa chica de Archivo con la que hablabas, y desmantelará la empresa para venderla por partes.

Kael pensó en Sabrina. "Eres invisible". Pensó en Vane pisando lo fregado. Pensó en Elara y su barrita de granola. Pensó en su madre muriendo en un hospital público porque no tenían seguro privado.

Miró a Roth.

-¿Tengo que limpiar los baños del hombre que me está robando?

-Tienes que limpiar los baños de tu edificio mientras observas cómo te roba, para que cuando asumas el mando, sepas exactamente dónde enterrarlo legalmente.

Kael sintió un escalofrío. No era miedo. Era adrenalina.

Agarró el bolígrafo barato que Roth le ofrecía. Pesaba más de lo que parecía.

-Noventa días -dijo Kael.

-Noventa días -confirmó Roth-. A partir de ahora, Kael, eres un espía en tu propia casa. Bienvenido a la gerencia.

Kael firmó. El trazo fue firme.

-Una cosa más -dijo Kael, soltando el bolígrafo-. Necesito un adelanto. En efectivo. Pequeño, que no levante sospechas.

-¿Para qué?

Kael se levantó y se alisó la ropa arrugada.

-Tengo que comprarme un traje. Y tengo que aprender a usarlo.

Roth asintió y abrió un cajón de la caja fuerte. Sacó un sobre grueso.

-Empieza tu turno, Kael. No llegues tarde a limpiar el piso 5.

Kael salió de la oficina. Al cerrar la puerta, el silencio del pasillo ejecutivo lo envolvió. Caminó hacia el ascensor. Cuando las puertas de metal pulido se cerraron, vio su reflejo. Seguía pareciendo el mismo tipo cansado y pobre de ayer. Pero en el bolsillo, junto a la barrita de granola, tenía el poder para destruirlos a todos.

Solo tenía que aguantar tres meses de basura sin romperle la cara a nadie.

El ascensor bajó. Kael miró los números descender: 3, 2, 1, Sótano.

Sonrió.

-Que empiece el juego.

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