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El heredero invisible

Tras años infiltrado como conserje, Kaelen Von Dório recupera su legado familiar con ayuda de Elara y Ruso. Sin embargo, salvar la empresa fue solo el inicio. Ahora, la seductora Isabella Thorne lo arrastra a un mundo de excesos y lujos que amenaza con corromperlo. Convertido en el líder implacable que siempre juró no ser, Kaelen deberá elegir entre la ambición desmedida y su esencia. ¿Logrará el nuevo heredero salvar su alma de la traición y el abismo dorado?
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Capítulo 3

Dos semanas. Eso fue lo que tardó Kael en entender que el cansancio podía doler físicamente.

Su vida se había partido en dos mitades imposibles. De siete de la mañana a cuatro de la tarde, era el conserje. Empujaba el carrito, fregaba inodoros y aguantaba que los ejecutivos lo miraran como si fuera parte del mobiliario.

De seis de la tarde a la medianoche, era el alumno.

El despacho de Arthur Roth se había convertido en su segunda casa. O más bien, en su campo de entrenamiento.

-Estás leyendo mal el balance -dijo Roth, golpeando la mesa con un bolígrafo-. Mira la columna de gastos operativos. ¿Qué ves?

Kael se frotó los ojos. Le ardían por el cloro y la falta de sueño. Miró los números en la hoja de cálculo.

-Gastos de "Consultoría Externa". Tres millones el último trimestre.

-Exacto. ¿Y quién es la consultora?

-"Delta Solutions".

-¿Y sabes quién es el dueño de Delta Solutions? -Roth le lanzó una carpeta-. La cuñada de Tristan Vane.

Kael abrió la carpeta. Ahí estaba. Un esquema simple pero efectivo. Vane contrataba a la empresa de su familia para hacer estudios que no servían para nada, y Industrias Dório pagaba la factura.

-Es un robo -dijo Kael.

-Es un desfalco legalizado -corrigió Roth-. Y es solo la punta del iceberg. Vane está preparando algo grande para la Junta de Accionistas del mes que viene. Necesitamos saber qué es.

-¿Cómo? No tengo acceso a sus archivos digitales.

Roth sonrió.

-No necesitas contraseñas, Kael. Eres el conserje. Tienes la llave maestra física de cada puerta del edificio. Y, lo más importante, tienes acceso a lo único que los ejecutivos arrogantes como Vane nunca protegen: su basura.

Al día siguiente, Kael entró en la oficina de Vane a la hora del almuerzo. El despacho estaba vacío. Olía a colonia cara y a ego.

Kael cerró la puerta con el pestillo y sacó una bolsa de basura nueva. Empezó a vaciar la papelera de debajo del escritorio de caoba. Papeles de envoltorios de sándwiches caros, vasos de café de Starbucks, y... papel triturado.

Vane no era estúpido, usaba una trituradora. Pero era vago. Había una hoja arrugada que no había pasado por la máquina. Solo estaba hecha una bola, como si la hubieran descartado con frustración.

Kael la alisó sobre el escritorio. Tenía el sello de "BORRADOR CONFIDENCIAL".

El título era: "Proyecto Icarus: Reestructuración de Costos".

Kael leyó rápido. Su corazón empezó a latir con fuerza contra sus costillas. No era solo un robo. Era una masacre. El plan consistía en cerrar el departamento de Archivos Físicos y digitalizar todo subcontratando a una empresa en la India.

Eso significaba despedir a cuarenta personas.

Kael bajó la vista hasta la lista de empleados afectados. Sus ojos buscaron un nombre. Ahí estaba, en la tercera línea: Vance, Elara.

Escuchó voces en el pasillo. La risa de Vane.

Kael arrugó el papel, se lo metió en el bolsillo del mono y volvió a ponerse a fregar el suelo frenéticamente.

La puerta se abrió. Tristan Vane entró, pero no venía solo. Sabrina iba con él.

Kael se quedó congelado en la esquina, con la fregona en la mano.

-...y por eso te digo que el próximo mes será nuestro -decía Vane, aflojándose la corbata-. Cuando la junta apruebe Icarus, mis bonos se duplicarán. Podremos hacer ese viaje a Bali del que hablabas.

Sabrina se sentó en el borde del escritorio, cruzando las piernas. Llevaba el collar de plata que Kael le había regalado en su aniversario. No, espera. No era el de Kael. Era uno de oro blanco, mucho más grueso.

-¿Y qué pasará con la gente del sótano? -preguntó ella, aunque su tono no sonaba preocupado, solo curioso.

-Daños colaterales, nena. Es grasa que hay que cortar. Nadie va a extrañar a un par de bibliotecarios polvorientos.

Vane se giró y vio a Kael. Su sonrisa desapareció.

-¿Otra vez tú? ¿No tienes otro sitio que limpiar?

Kael apretó el palo de la fregona hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tenía la prueba de su corrupción en el bolsillo. Podía sacarla, tirarla sobre la mesa y gritarles que estaban acabados. Podía decirles que él era el dueño de ese escritorio.

Pero recordó las palabras de Roth. Noventa días. Si te descubren, pierdes.

-Solo terminaba, señor Vane -dijo Kael. Su voz salió ronca, pero controlada.

-Pues termina fuera. Y llévate esa basura -Vane señaló la papelera vacía-. Huele a pobre aquí dentro.

Sabrina ni siquiera miró a Kael. Tenía los ojos fijos en Vane, como si fuera el sol.

Kael asintió, tomó su carrito y salió. Cerró la puerta detrás de él y escuchó cómo volvían a reírse.

Bajó al sótano, al Archivo. Necesitaba aire, aunque allí abajo el aire siempre estaba viciado.

Encontró a Elara sentada en el suelo, rodeada de cajas viejas. Estaba comiendo un yogur.

-Hola, fantasma -dijo ella al verlo-. Tienes cara de haber visto un asesinato.

-Algo así -Kael se sentó en una caja frente a ella-. ¿Qué haces?

-Organizando la sección de patentes de los años 90. Es un desastre. Pero tengo una idea genial para indexarlo todo. Si logro presentárselo al jefe de operaciones la semana que viene, tal vez me den un puesto fijo.

Kael sintió un nudo en la garganta. Tocó el papel arrugado en su bolsillo. Elara no sabía que la semana que viene su puesto ni siquiera existiría. Vane iba a despedirla antes de que pudiera presentar nada.

-Elara... -empezó Kael. Quería advertirle. Quería decirle: Vete, busca otro trabajo, este lugar se hunde.

Pero no podía. Si le decía que sabía sobre el Proyecto Icarus, tendría que explicar cómo lo sabía. Y Elara era honesta, demasiado honesta. Si se enteraba de algo ilegal, haría ruido. Y si hacía ruido, Vane iría a por ella... y descubriría a Kael.

-¿Qué pasa? -preguntó ella, con la cuchara del yogur a medio camino.

Kael tragó saliva.

-Nada. Solo... asegúrate de tener una copia de seguridad de tu trabajo. En tu casa. Fuera de los servidores de la empresa.

-Siempre lo hago. Soy paranoica, ¿recuerdas?

-Bien. Hazlo hoy.

Kael se levantó. No podía advertirla directamente, pero tampoco iba a dejar que Vane ganara. Tenía información. Tenía acceso. Y tenía a Roth.

Si Vane quería jugar sucio con despidos masivos para inflar sus bonos, Kael iba a tener que jugar más sucio.

Subió al cuarto de limpieza, cerró la puerta y sacó su teléfono barato. Marcó el número de Roth.

-¿Qué pasa? -contestó el abogado al primer tono.

-Tengo el nombre del proyecto. "Icarus". Y sé cuándo lo van a presentar.

-Bien hecho. Lo usaremos en la Junta dentro de un mes.

-No -dijo Kael, mirando el papel arrugado-. No puedo esperar un mes. Va a despedir a cuarenta personas la semana que viene. Tenemos que sabotearlo antes.

-Kael, escucha. Tu objetivo es sobrevivir los noventa días, no salvar a los empleados. No eres un sindicato.

-Soy el dueño -cortó Kael. Su voz sonó diferente esta vez. Más grave. Más peligrosa-. Y no voy a empezar mi reinado sobre un cementerio. Necesito que me enseñes cómo filtrar un documento a la prensa sin dejar rastro digital.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, se escuchó un leve suspiro que podría haber sido de aprobación.

-Ven a mi oficina a las diez. Trae el papel. Y Kael...

-¿Sí?

-Espero que hayas limpiado bien tus huellas dactilares de esa papelera.

Kael colgó. Miró sus manos, rojas y ásperas por el trabajo duro.

-No te preocupes -murmuró-. La basura es lo mío.

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