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Portada de la novela El heredero de la Luna

El heredero de la Luna

Elena se marchó con el corazón roto tras ser traicionada por Julian Vane, un Alfa que eligió el poder sobre su amor. Refugiada en el mar, ocultó la existencia de su hijo, un pequeño con habilidades asombrosas. Sin embargo, tres años después, Julian inicia una implacable persecución motivado por una profecía de traición. El guerrero busca a Elena sin saber que el rastro que sigue lo llevará ante su propio descendiente y el pasado que intentó olvidar.
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Capítulo 2

El cielo sobre la ciudad se había teñido de un color cobre antinatural. Para la mayoría de los neoyorquinos, el eclipse era un evento astronómico digno de fotos en redes sociales; para Elena, era el inicio de una migraña que le hacía sentir la sangre latir en sus sienes con un ritmo salvaje.

Había intentado hacer caso a la advertencia de Julian y quedarse en casa, pero el destino -o quizás algo más oscuro- tenía otros planes. Su teléfono vibró a las diez de la noche.

«Ven al ático. Ahora. No envíes a nadie más».

Era el mensaje más corto y errático que Julian le había enviado jamás. Como su asistente, su deber pesaba más que su miedo. Tomó un taxi, sintiendo cómo el aire exterior se volvía denso y cargado de electricidad estática.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron directamente en el ático de Julian, Elena se encontró en una oscuridad casi total. El lujo minimalista del lugar estaba bañado por la luz rojiza que entraba por los inmensos ventanales.

-¿Señor Vane? -llamó ella, su voz temblando.

Un estruendo de cristales rotos llegó desde la terraza. Elena corrió hacia allí y se detuvo en seco. Julian estaba arrodillado en el suelo, sin camisa, con la espalda encorvada. Sus músculos se movían bajo la piel como si algo vivo intentara escapar de su interior. Sus manos, apoyadas en el mármol, tenían las uñas clavadas con tal fuerza que la piedra empezaba a agrietarse.

-Te dije... que no vinieras -la voz de Julian no era humana. Era un sonido gutural, una vibración que parecía nacer del centro de la tierra.

-Está herido -dijo Elena, olvidando su propia seguridad y acercándose a él-. Julian, por Dios, déjeme llamar a un médico.

Él se giró con una velocidad aterradora. Elena no tuvo tiempo de gritar antes de que él la atrapara, derribándola contra el diván de cuero de la estancia. Julian la inmovilizó con su peso, un peso que se sentía mucho mayor de lo que su cuerpo aparentaba.

-No hay médico para esto -gruñó él. Sus ojos ya no eran grises. Eran dos ascuas de fuego dorado que brillaban en la penumbra.

Elena lo miró aterrorizada, pero en medio del miedo, surgió una atracción magnética, casi química. El aroma de Julian -ese bosque húmedo y peligroso- se había intensificado hasta volverse embriagador.

-Tus ojos... -susurró ella, estirando una mano temblorosa para tocar su rostro.

Julian soltó un quejido que sonó a medio camino entre un sollozo y un rugido. Apoyó su frente contra la de ella, y Elena pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su piel. Él estaba luchando contra algo, una batalla interna que estaba perdiendo por segundos.

-Vete, Elena... corre mientras aún quede algo de hombre en mí -suplicó él, aunque sus manos se cerraban con posesividad en la cintura de ella.

-No me voy a ir -respondió ella, impulsada por un instinto que no sabía que poseía. Su cuerpo parecía reconocer el suyo, reclamando esa cercanía como si sus almas estuvieran unidas por un hilo invisible.

La luna alcanzó su punto máximo, volviéndose de un rojo sangre absoluto. Julian soltó un grito ahogado y, por un instante, Elena creyó ver una sombra enorme, la silueta de algo lobuno y majestuoso proyectada contra la pared por la luz del eclipse.

Él la besó entonces, y no fue un beso de oficina ni de civilización. Fue un reclamo. Fue salvaje, desesperado y cargado de una necesidad milenaria. Elena se arqueó hacia él, entregándose a esa locura, sin saber que en ese preciso momento, bajo la influencia de la luna roja, la biología de Julian estaba haciendo algo más que desearla. Estaba marcándola. Estaba plantando la semilla de un linaje que no debería mezclarse con la sangre humana.

Esa noche, en el silencio del ático, el destino de la jauría Vane cambió para siempre. Y Elena, perdida en los brazos del hombre que creía conocer, no tenía idea de que acababa de convertirse en el recipiente del heredero más poderoso de la historia.

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