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Portada de la novela El fuego reveló al verdadero monstruo

El fuego reveló al verdadero monstruo

En medio de un incendio, Damián prioriza al hijo de su amante, dejando atrás al pequeño Mateo. Tras el siniestro, el desprecio de Damián aumenta; tacha a Solana de exagerada y arrebata el medicamento vital de su propio hijo para tratar una simple erupción del otro niño. Mientras Mateo sufre las secuelas, Damián es celebrado como un héroe. Ante tal deslealtad y crueldad, Solana decide terminar su matrimonio y busca ayuda legal para escapar de ese infierno.
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Capítulo 1

En el incendio de la clínica, vi a mi esposo Damián salvar al hijo de su amante mientras dejaba a nuestro propio hijo, Mateo, atrapado en las llamas.

La traición me quemó el alma, pero el verdadero infierno comenzó cuando Damián me culpó por la tragedia, llamándome dramática mientras consolaba a la otra mujer.

No solo eso, sino que robó la medicina importada que era vital para la alergia mortal de Mateo, dándosela al hijo de su amante para tratar una simple erupción.

"¡Nuestro hijo se está muriendo!", le grité desesperada por teléfono.

"No seas dramática, Solana", respondió con frialdad. "Leo lo necesitaba más".

Mientras mi hijo luchaba por su vida, la televisión mostraba a Damián como un padre heroico para su "nueva familia", rompiendo el último trozo del corazón de Mateo.

"Mamá", susurró mi hijo desde la cama del hospital, "ya no quiero un papá así".

En ese momento, la mujer que lo amó ciegamente murió. Tomé el teléfono y llamé a mi abogada. Era hora de desaparecer de su vida y empezar de nuevo, lejos de su crueldad.

Capítulo 1

Solana Toledo POV:

El fuego consumió la clínica, pero lo que realmente me quemó el alma fue ver a Damián salir corriendo con Leo en brazos, dejando a nuestro propio hijo, Mateo, atrapado y gritando dentro. La traición se imprimió en mi corazón como una marca a fuego, una herida abierta que jamás cicatrizaría.

Mis oídos zumbaban con el eco de las sirenas. El humo denso cubría el cielo de la ciudad, un velo gris sobre mi peor pesadilla. Mi teléfono vibró, la llamada de una de las técnicas de la clínica, Brenda. Su voz era un hilo roto, apenas audible.

"Solana... Damián... la clínica se está quemando. Mateo está adentro."

Mi cuerpo se paralizó por un segundo. Un frío helado me recorrió la espalda, una sensación que me vació por dentro. Damián estaba allí. Él era el cirujano experto, el que siempre controlaba todo.

¿Cómo podía Mateo estar atrapado?

Mi corazón se encogió, un nudo apretado en el pecho. Mateo. Mi pequeño Mateo.

"Voy para allá," logré decir, mi voz sonando extraña, como si no fuera la mía. Dejé caer el teléfono y corrí. Corrí como nunca antes, mis piernas moviéndose sin pensar, solo por el impulso de llegar a él.

El terror era una bestia que me mordía las entrañas. Imaginaba su carita asustada, sus ojos grandes llenos de miedo. Damián... ¿dónde estaba Damián? ¿Por qué no podía proteger a nuestro hijo?

Cuando llegué, el infierno ya había reclamado la mitad del edificio. Los bomberos luchaban contra las llamas, sus siluetas oscuras recortadas contra el naranja ardiente. Busqué desesperadamente a Damián. Y lo vi.

Estaba allí, a salvo, con Eugenia a su lado. Y en sus brazos, Leo. El hijo de Eugenia.

Mis ojos buscaron a Mateo, buscando desesperadamente el rostro de mi hijo. No lo veía. Mi respiración se cortó.

"¡Mateo!" grité, mi voz desgarrada, pero el ruido del fuego y las sirenas la ahogó.

Entonces, entre el humo, lo vi. Mi pequeño Mateo, tirado en el suelo, cerca de la entrada. Su ropa estaba rasgada y quemada en algunos lugares. Tenía cortes en la cara y sus pequeños brazos. Un charco oscuro se expandía lentamente bajo su cabeza.

"¡Mamá!" Su voz era un susurro débil, casi inaudible sobre el estruendo del fuego. Sus ojos, antes llenos de vida, estaban nublados de dolor y confusión.

Corrí hacia él, ignorando los gritos de los bomberos. Me arrodillé a su lado, mi corazón latiendo furiosamente en mis sienes. No podía creerlo. No podía ser real.

Mateo intentó levantar la mano, pero un gemido escapó de su garganta. Su cuerpo temblaba incontrolablemente.

"Papá... ¿por qué...?" Sus ojos se clavaron en los míos, buscando una respuesta que yo no tenía. "Papá salvó a Leo. A mí no."

La sangre se me heló en las venas. La traición era un veneno que ahora corría por mis propias venas. Damián había elegido. Había elegido a otro.

"No, mi amor, no digas eso," le susurré, mi voz rota, tratando de ahogar el grito que pugnaba por salir. Pero Mateo ya había visto la verdad.

"Le dije a papá que me dolía la pierna," continuó, con lágrimas cayendo por sus mejillas sucias de hollín. "Él solo me dijo que esperara. Que Leo estaba asustado."

Mis manos temblaban mientras examinaba sus heridas. Su pierna, rota. Su cabeza, sangrando.

"Papá me empujó cuando lo llamé," dijo Mateo, sus ojos fijos en el fuego. "Dijo que yo era grande. Que Leo era más pequeño."

Damián. Mi esposo. El hombre que juró amarme y proteger a nuestra familia. Lo había dejado caer. Lo había abandonado.

Apreté a Mateo contra mi pecho, intentando absorber su dolor, su confusión. Mis propias lágrimas se mezclaban con la suciedad en su cabello. Tenía que ser fuerte por él. Tenía que ser lo que Damián no fue.

"No, mi amor," susurré contra su frente. "Mamá está aquí. Mamá te va a cuidar."

No había palabras para el tormento que sentía. El arrepentimiento era una marea amarga que me ahogaba. Recordé los años. La distancia de Damián, su constante justificación de que "estaba ocupado".

Luego, Eugenia. La exnovia de la universidad. Apareció de la nada, con su hijo Leo, una "madre soltera desamparada". Y Damián, con su complejo de salvador, abrió de par en par las puertas de nuestra vida. Ingenua, pensé que tal vez su presencia lo haría más presente, más humano. Qué equivocada estaba.

Lo vi planear unas vacaciones para Eugenia y Leo un mes después de que Mateo le pidiera ir al zoológico y Damián dijera que estaba muy ocupado. Lo vi organizar fiestas de cumpleaños para Leo, mientras el cumpleaños de Mateo se reducía a un pastel rápido en casa.

La mano de Mateo se sentía tan pequeña y frágil bajo la mía. Había una herida profunda en su alma, mucho más allá de los cortes y quemaduras. Una herida que yo, con todo mi amor, no sabía cómo curar.

"Mamá, ¿por qué papá no me quiere?" preguntó Mateo, su voz apenas un hilo, sus ojos cerrándose de agotamiento.

Y en ese instante, un dolor agudo me perforó el labio. Lo había mordido con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de mi propia sangre. Mis dientes se habían clavado en mi carne, una herida física para intentar distraerme del abismo que se abría en mi pecho. Damián había destrozado a nuestro hijo. Y con él, nuestro matrimonio.

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