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Portada de la novela El Fuego que Quemó Nuestro Amor

El Fuego que Quemó Nuestro Amor

En la novela moderna El Fuego que Quemó Nuestro Amor, tras un lustro de matrimonio civil, el bombero Adrián Lobera pospone su boda por falta de tiempo. Sin embargo, el día del enlace, él asiste a una ceremonia pública del brazo de Roxana García. Mientras internet los elogia, una fuga de gas provoca una explosión en el hogar de su verdadera esposa. Gravemente herida y con la piel ardiendo, ella le suplica auxilio por teléfono, pero Adrián la rechaza con desprecio, restando importancia a su suplantación.
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Capítulo 2

Unos minutos después, vi a Adrián revisar su celular y seguía sin recibir respuesta. De pronto, una punzada de inquietud le trepó al pecho.

Al fin y al cabo, antes yo —aparte de encargarme de la casa— vivía pendiente de su llamada, esperando sus órdenes a cualquier hora. Esta vez, él me llamó por iniciativa propia y yo no le contesté de inmediato.

Justo cuando estaba por llamar a la estación de bomberos para confirmar si era cierto, Roxana se apresuró a detenerlo.

—Después de la ceremonia de entrega de premios, yo respondí todas las llamadas. Claudia ni siquiera se reportó.

Al oír eso, el entrecejo de Adrián —que había estado fruncido— se aflojó de golpe.

—¡Con razón! Sus amigas son una mala influencia. ¡Seguro se pusieron de acuerdo para mentirme!

Dicho eso, rabioso, hizo una captura de pantalla del formulario para agendar la cita del divorcio, listo para mandármela. Pero revisó la lista de contactos una y otra vez; probó con varios nombres y no encontró mi contacto por ninguna parte.

También era lógico.

Él nunca se dignó a responder mis mensajes de WhatsApp; ni siquiera se tomó la molestia de guardarme en su agenda con un nombre. En cambio, el chat de Roxana estaba encabezando la lista; apenas abría WhatsApp, ahí estaba su foto de perfil.

Una sensación rara le cruzó el pecho, pero lo dejó pasar.

Roxana se apresuró a consolarlo, comprensiva:

—Si de todas formas piensas engañarla para divorciarte, ¿por qué no intentas pedir el divorcio con la división de bienes al 50/50? Total, en estos cinco años ella solo fue ama de casa, como si nada. ¿De dónde va a sacar dinero para pagarte? Cuando vea eso, seguro que aparece.

A Adrián se le ocurrió al instante. Enseguida abrió todos los estados de cuenta.

Aparte de los doscientos dólares mensuales que me daba como "gastos", todo lo demás… todo era al 50/50: comida al 50/50, viajes al 50/50, hotel al 50/50… hasta los condones al 50/50.

Yo no trabajaba. Ese dinero lo había puesto él, sí, pero al sumarlo ya era una cantidad enorme.

Abrió el trámite más reciente y vio la opción: Divorcio con la división de bienes al 50/50. Sin dudarlo, tocó "solicitar".

Al instante le llegó un mensaje:

"Este sistema se encuentra en fase de prueba. Una vez enviada la solicitud, no puede cancelarse. El sistema garantiza absoluta imparcialidad: toda liquidación generada durante la vigencia del matrimonio se ejecutará hasta completarse. Si la otra parte fallece, la persona que adeude revivirá el dolor y los recuerdos previos a su muerte."

Adrián vaciló un segundo, pero al ver la cara de súplica de Roxana, pulsó "confirmar".

Primero: él estaba convencido de que yo no podía haber muerto; segundo: incluso si nos divorciábamos, bastaba con que él dijera una palabra para que yo volviera corriendo a su lado.

Satisfecho, le mandó a Diana los recibos para que se los hiciera llegar a modo de advertencia.

Luego abrazó a Roxana y soltó un suspiro profundo:

—En la universidad, si no fuera por tu apoyo anónimo, yo no habría aguantado. Claudia, como mi esposa, solo sabe vivir de mi plata. Que te pague esa deuda con su propia piel… debería sentirse honrada.

Roxana parpadeó, culpable, y bajó la mirada, como si quisiera esconderse:

—Claro. Tú siempre serás el gran héroe de mi corazón. Por ti, haría lo que fuera.

Al verlos tan pegados, tan íntimos, se me apretó la garganta y se me revolvió el estómago.

Este hogar también lo sostuve yo, con uñas y dientes, pero él jamás lo vio.

Cuando todavía éramos novios, yo llegaba a hacer hasta cinco turnos al día para pagarle su matrícula. Y para no herir su orgullo, lo ayudaba a escondidas, de forma anónima. Después de casarnos, me dolía verlo jugarse la vida en cada misión, así que de esos doscientos dólares ahorraba y ahorraba.

Agua, luz, la cuota de mantenimiento… lo calculaba todo al centavo. En cada fiesta, en cada fecha especial, me apretaba más el cinturón. Hasta con fiebre me obligaba a aguantarme y no iba al hospital, solo para que, cuando él volviera de una misión, encontrara una mesa llena de comida.

Día tras día, le di todo.

Y con el tiempo, él olvidó que yo renuncié a mi trabajo como funcionaria pública para regresar y quedarme en casa como ama de casa.

Al final, la ayuda anónima terminó atribuyéndosele a Roxana.

Y para Adrián, yo —la que eligió ser ama de casa— no era más que alguien sin valor.

Llorando, bajé la mirada hacia mi dedo anular. Ahí quedaba una marca más evidente que cualquier quemadura.

El anillo de plata, el de compromiso, el que llevé durante cinco años ya se había derretido entre las llamas.

Y cuando morí en agonía, fue también el amor falso y dulzón de Adrián el que me dejó la cicatriz más profunda, la que más duele.

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