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Portada de la novela El espejo de doble cara

El espejo de doble cara

Elena de la Vega es la ejecutiva más temida de Madrid, pero tras su fachada de hierro oculta una realidad insólita. Su adversario, Julián, planea destruirla hasta que halla su mayor debilidad: ella acude al Club Obsidian para entregarse a la sumisión. Desde las sombras de un espejo, él presencia su vulnerabilidad y el desprecio se transforma en una fijación peligrosa. Poseer su secreto podría hundirla, aunque ahora Julián arriesga todo por dominar su alma.
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Capítulo 1

El café de la sala de juntas sabía a ceniza y a desesperación. Julián dejó la taza de porcelana sobre la mesa de caoba, teniendo cuidado de no hacer ruido, aunque en ese momento el estrépito de un disparo no habría distraído a los hombres que lo rodeaban. Todos miraban a Elena. Siempre miraban a Elena.

Ella estaba de pie frente a la pantalla gigante, señalando con un puntero láser las debilidades del informe de Julián. No gritaba. No necesitaba hacerlo. Su voz tenía esa cadencia monótona, casi aburrida, que resultaba mucho más humillante que cualquier insulto.

-En resumen -dijo ella, apagando el puntero con un clic seco que a Julián le pareció el martilleo de un arma-, el departamento de logística ha basado sus proyecciones en un optimismo que raya en la negligencia. Julián ha ignorado los costos operativos de la última huelga en el puerto de Valencia. Su "proyecto estrella" es, en realidad, un agujero negro financiero.

Julián sintió que el calor le subía por el cuello, una mancha roja que sabía que era visible sobre el blanco inmaculado de su camisa. Se fijó en los dedos de Elena mientras ella cerraba su carpeta. Eran dedos largos, de uñas cortas y perfectamente limadas, sin rastro de esmalte. Se fijó en cómo se ajustaba las gafas de montura negra, un gesto que hacía cuando sabía que había ganado.

-¿Algo que añadir, Julián? -preguntó el CEO, un hombre que medía el valor de las personas solo en dividendos.

Julián abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atascadas en una garganta que se sentía llena de arena. Miró a Elena. Ella le devolvió la mirada con una frialdad absoluta, una superioridad que no dejaba espacio para la réplica. En sus ojos no había odio, lo cual era peor; había indiferencia. Él era un obstáculo que acababa de ser removido del camino.

-No -logró decir Julián-. Los números de la licenciada son... correctos.

La reunión se disolvió en un murmullo de sillas arrastrándose y palmadas en la espalda. Elena no se acercó a felicitarse. Simplemente recogió su portátil y salió de la sala sin mirar atrás. Julián se quedó sentado, mirando la marca circular que su taza de café había dejado en la mesa. Tenía ganas de vomitar, pero sobre todo, tenía ganas de romper algo. Preferiblemente algo que le perteneciera a ella.

A las siete de la tarde, la oficina era un mausoleo de luces fluorescentes y aire acondicionado zumbante. Julián estaba en su despacho, a oscuras, viendo cómo la lluvia de noviembre empañaba los rascacielos de Madrid. Se sentía pequeño, un engranaje desgastado que estaba a punto de ser sustituido.

Encendió su teléfono. Tenía un mensaje guardado desde hacía tres días, una dirección en el barrio de Malasaña y una palabra clave: Obsidian.

Había gastado casi diez mil euros en un investigador privado para conseguir esa información. Había sido un proceso sucio: seguirla, sobornar a su chofer, revisar facturas de tarjetas de crédito que ella creía haber borrado. Durante meses, Julián se había obsesionado con la perfección de Elena, con esa fachada de mujer biónica que nunca cometía errores. Se negaba a creer que alguien pudiera ser tan frío sin tener una válvula de escape.

Y la encontró. Una vez a la semana, Elena desaparecía durante tres horas. No iba a un gimnasio, no iba a cenar con amigos. Bajaba a un sótano que olía a sudor y a cuero, donde pagaba para que alguien le recordara que su voluntad no valía nada.

-Hoy es el día, Elena -susurró Julián para sí mismo.

Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa y se frotó la cara con fuerza. Le dolían los ojos del cansancio. Al mirarse en el cristal de la ventana, ya no vio al ejecutivo derrotado. Vio a un hombre que estaba a punto de entrar en el santuario de su enemiga. No iba a enfrentarse a ella con hojas de cálculo; iba a devorar su secreto con los ojos.

El Club Obsidian no tenía un cartel luminoso. Era una puerta metálica, rayada por el vandalismo, en un callejón que olía a basura mojada y orina. Julián pagó al taxista y bajó, sintiendo que la lluvia le calaba el abrigo. Sus zapatos de piel italiana se hundieron en un charco de agua sucia. No le importó.

Al llamar, una pequeña mirilla se abrió. Julián dijo la palabra y la puerta cedió con un gemido de bisagras oxidadas.

Dentro, el ambiente cambió. El asco del callejón desapareció para dejar paso a un olor denso a incienso, cera de velas y algo más... un rastro metálico, como el de la sangre o el hierro. El vestíbulo era pequeño, con paredes forradas de terciopelo rojo oscuro que parecía absorber el sonido.

-Cabina 404 -dijo el hombre de la recepción, un tipo musculoso con el cuello tatuado que ni siquiera le pidió el nombre-. La sesión empieza en cinco minutos. Recuerde las reglas: nada de fotos, nada de ruido, el cristal es sagrado. Si toca el cristal, está fuera.

Julián asintió, con la boca seca. Caminó por el pasillo, siguiendo las pequeñas luces led del suelo. El club era un laberinto de habitaciones privadas. Podía oír sonidos amortiguados: el chasquido de un látigo, un jadeo rítmico, el murmullo de una voz ordenando algo. Su corazón golpeaba sus costillas con una violencia que le dificultaba caminar.

Entró en la 404. Era un cubículo del tamaño de un probador de ropa. Había una silla de madera vieja, una pequeña repisa con un cenicero y la pared de cristal oscuro frente a él. Al sentarse, notó que el asiento estaba frío. Julián se obligó a calmarse. Sacó un pañuelo y se limpió el sudor de la frente.

Apretó el botón que activaba el sonido de la cabina y el zumbido de los altavoces llenó el espacio. Luego, pulsó el interruptor que aclaraba el cristal.

Al principio, solo vio sombras. Pero luego, la luz roja de la suite se intensificó. Elena estaba allí.

Ya no llevaba el traje gris de la reunión. Estaba de espaldas, quitándose una bata de seda negra. Julián se pegó al cristal tanto que su aliento empezó a empañarlo. No podía apartar los ojos de su piel pálida, marcada por las tiras de su lencería. Vio cómo ella se soltaba el pelo, ese moño perfecto que lo había torturado durante la tarde, y dejaba que cayera sobre sus hombros.

Elena se acercó al espejo, a su ventana. Estaba tan cerca que Julián podía ver las pequeñas pecas en su espalda, una imperfección que la hacía dolorosamente real. Ella no lo veía a él, pero se miraba a sí misma con una expresión de fatiga absoluta. Julián notó que ella temblaba. No era un temblor de frío; era la anticipación de alguien que necesita ser rota para poder seguir funcionando.

-Sé que me estás mirando -pareció decir el gesto de su mandíbula.

Entonces, la puerta de la suite se abrió y un hombre entró. No era un modelo, era un tipo rudo, de manos grandes y movimientos lentos. Marcus. Él caminó hacia ella y, sin mediar palabra, le agarró el mentón con una mano, obligándola a levantar la cabeza.

Julián sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. Ver a la mujer que controlaba millones de euros siendo tratada como un objeto, viendo cómo sus ojos se cerraban ante el contacto brusco de Marcus, le provocó una satisfacción oscura. Era un secreto tan pesado que casi no podía respirar.

-De rodillas -dijo la voz de Marcus a través de los altavoces, seca y carente de afecto.

Elena no vaciló. Sus rodillas golpearon el suelo con un sonido real, crudo. En ese momento, Julián supo que ya no había vuelta atrás. Ya no eran solo enemigos corporativos. Ahora, él era el dueño de su verdad más sucia, y ella era la presa que, sin saberlo, se estaba desnudando ante su depredador.

Se reclinó en la silla, con las manos apretando los reposabrazos. La función acababa de empezar, y el precio de la entrada había valido cada maldito céntimo.

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