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Portada de la novela El Error del Magnate Ruso

El Error del Magnate Ruso

Sienna Moore entregó su corazón a Nikolai Volkov, ignorando que para el gélido magnate ruso ella era un simple pasatiempo. Tras ser repudiada y quedar encinta, decidió criar a su hija en la clandestinidad. Sin embargo, un reencuentro inesperado expone el secreto: la mirada de la niña revela su linaje. Nikolai, cegado por la ira, impone un ultimátum para obtener la custodia. Ahora, Sienna enfrentará al hombre que amó para proteger su mayor tesoro.
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Capítulo 3

El penthouse de la última planta del único hotel de lujo a cincuenta kilómetros a la redonda parecía demasiado pequeño para contener la furia volcánica de Nikolai Volkov.

Caminaba de un extremo a otro de la amplia sala de estar, como un depredador enjaulado. Afuera, la madrugada de Oak Creek seguía sumida en una oscuridad absoluta, pero dentro de la suite, la luz artificial de las lámparas de diseño iluminaba un rostro esculpido en piedra y furia. Se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, y tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando antebrazos tensos donde las venas palpitaban con cada latido de su corazón.

No había dormido. No había comido. Desde el instante en que Sienna Moore había huido de aquel pasillo oscuro con su hija en brazos, el reloj de arena de la paciencia de Nikolai se había hecho añicos.

La puerta de la suite se abrió con un suave clic, y Yuri, su jefe de seguridad y sombra personal, entró en la habitación. El exmilitar ruso, un hombre del tamaño de un armario que rara vez mostraba emociones, llevaba una gruesa carpeta de cuero negro en las manos.

-Lo tengo todo, señor -dijo Yuri, su voz grave resonando en el silencio sepulcral de la habitación. Caminó hasta la mesa de cristal del centro y dejó caer la carpeta con un golpe sordo-. Ha tomado menos de seis horas. No es difícil rastrear a alguien que no tiene los medios para ser invisible.

Nikolai se detuvo en seco. Sus ojos, dos fragmentos de hielo siberiano, se clavaron en el documento. Se acercó lentamente, como si la carpeta estuviera llena de veneno, y la abrió.

Las primeras páginas eran un golpe brutal a su ego y a su lógica. Fotografías de Sienna entrando a un modesto supermercado, fotografías de la niña -su niña- jugando en un parque público con columpios oxidados. Registros bancarios. Facturas atrasadas. Trabajos mediocres: cajera, camarera, y ahora gerente de un club de campo de tercera categoría.

Nikolai pasó las hojas con dedos rígidos, su mente financiera procesando los números. Sienna vivía al borde del abismo económico todos los meses.

-No lo entiendo -murmuró Nikolai, su voz rasposa por la falta de uso en las últimas horas-. ¿Por qué vivir así? Si su objetivo era mi dinero, si era la clásica sanguijuela corporativa que mi secretaria describió, ¿por qué no apareció en mi puerta con la prensa hace cuatro años?

Yuri guardó silencio. Su trabajo no era teorizar sobre la psicología humana, sino entregar hechos. Y el hecho más devastador estaba en la última página.

Nikolai la sacó. Era una copia certificada de un acta de nacimiento del estado. Sus ojos escanearon las líneas con rapidez letal hasta detenerse en el centro de la página.

Nombre del menor: Mila Moore.

Fecha de nacimiento: 14 de mayo. Madre: Sienna Moore.

Padre: Un espacio en blanco. Una línea vacía e insultante.

El cristal del vaso de whisky que Nikolai sostenía en su mano izquierda estalló en pedazos. El sonido del cristal roto y el líquido ambarino salpicando la costosa alfombra hizo que Yuri diera un paso adelante, pero Nikolai levantó una mano manchada de sangre para detenerlo. No sentía el corte en su palma. Solo sentía el fuego abrasador de la traición quemándole las entrañas.

Desconocido. Había sido borrado de la existencia de su propia sangre.

-Es una estratega -siseó Nikolai, arrojando el documento manchado sobre la mesa, convenciendo a su propia mente herida de la peor versión posible de la historia-. Es mucho más calculadora de lo que creía. Sabía que si me presentaba un bebé recién nacido, yo dudaría. Pediría pruebas, exigiría un control total. Pero esperar cuatro años... Esperar a que la niña creciera, a que fuera mi copia exacta para que ningún juez en este país pudiera negar la paternidad... Es el chantaje perfecto. Quería asegurarse de que el precio por mi hija fuera astronómico.

Nikolai agarró una toalla del minibar, se envolvió la mano sangrante y miró a Yuri con una frialdad que congelaría el infierno.

-Prepara los coches. Vamos a hacerle una visita.

Eran las seis y media de la mañana cuando un convoy de tres SUV Mercedes-Benz negras, tintadas y blindadas, rompió el silencio de un modesto vecindario de casas adosadas en las afueras de Oak Creek. El contraste entre los vehículos multimillonarios y las aceras agrietadas, los céspedes mal cuidados y los buzones oxidados era obsceno.

El vehículo central se detuvo frente a la casa número 42. La pintura blanca de la fachada se estaba pelando y el techo necesitaba reparaciones urgentes. Nikolai bajó del coche antes de que su chófer pudiera abrirle la puerta. El aire gélido del amanecer le golpeó el rostro, pero no hizo nada para enfriar su ira. Llevaba un abrigo negro de cachemira sobre su camisa blanca, luciendo como un verdugo a punto de ejecutar una sentencia.

Caminó por el estrecho sendero de cemento, ignorando un triciclo de plástico rosa abandonado en el jardín delantero. El simple hecho de ver el juguete le provocó una punzada de dolor físico en el pecho. Cuatro años de cumpleaños perdidos. Cuatro años de primeros pasos, primeras palabras, todo robado por la avaricia de una mujer.

No se molestó en buscar un timbre. Nikolai levantó su puño y golpeó la puerta de madera delgada con tres golpes secos y autoritarios que resonaron como disparos en la quietud de la mañana.

Pasaron diez segundos interminables. Luego, el sonido de varios cerrojos destrabándose con torpeza.

La puerta se abrió unos centímetros, retenida por una frágil cadena de seguridad. El rostro de Sienna apareció en la rendija. Estaba pálida como un fantasma, con ojeras oscuras bajo sus ojos marrones y el cabello recogido en un moño desordenado. Llevaba una bata de algodón gastada. Al ver a Nikolai llenando el marco de su puerta, flanqueado por dos hombres armados en la acera, el terror absoluto distorsionó sus facciones.

Intentó cerrar la puerta de golpe, pero Nikolai fue más rápido. Su bota de cuero italiano se interpuso en el umbral, bloqueando el movimiento con la fuerza de un muro de carga.

-Abre la puerta, Sienna -ordenó, su voz bajando una octava, suave pero letalmente peligrosa-. O haré que mis hombres la echen abajo y despertaremos a tu hija. Tú decides.

Sienna dejó escapar un sollozo ahogado. Sus manos temblaban violentamente cuando desenganchó la cadena. Nikolai empujó la puerta y entró, obligándola a retroceder hasta el centro de su minúsculo salón.

El lugar olía a vainilla barata y a café recién hecho. Había dibujos infantiles pegados con cinta adhesiva en las paredes desconchadas y mantas dobladas sobre un sofá de segunda mano. Nikolai lo escrutó todo con desdén antes de clavar su mirada en la mujer que temblaba frente a él.

-¿Qué quieres? -susurró Sienna, abrazándose a sí misma protectoramente. Sus ojos viajaban frenéticamente de él a la puerta cerrada-. ¡No tienes derecho a estar aquí! ¡Vete!

-¿Derecho? -Nikolai soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de humor. Metió la mano izquierda en su abrigo y sacó el acta de nacimiento arrugada, arrojándola a los pies de ella-. ¿Hablas de derechos, Sienna? Explícame esto. Padre desconocido.

Sienna miró el papel en el suelo, pero no lo recogió. Levantó la barbilla, intentando invocar una valentía que claramente no sentía.

-Es la verdad. El padre de Mila no existe en nuestras vidas.

En un movimiento tan rápido que ella no pudo esquivarlo, Nikolai acortó la distancia entre ambos. No la tocó, pero se inclinó sobre ella, su enorme estatura acorralándola psicológicamente. Sienna tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

-¡Me robaste a mi hija! -rugió Nikolai, su control finalmente fracturándose. Las paredes de la pequeña casa parecieron temblar-. ¡Me quitaste cuatro años de su vida! ¿Cuál era tu plan maestro, maldita sea? ¿Esconderte hasta que estuvieras desesperada? ¿Esperar a que ella fuera lo suficientemente grande para que yo no pudiera negar que es una Volkov, y así asegurar que el cheque de tu extorsión tuviera más ceros? ¡Dímelo!

El impacto de las acusaciones pareció golpear a Sienna físicamente. Sus ojos se abrieron de par en par, la confusión y la estupefacción desplazando temporalmente al miedo.

-¿Extorsión? -repitió, su voz temblando por la incredulidad antes de transformarse en una furia materna candente-. ¿De qué demonios estás hablando? ¡Tú me ignoraste! ¡Tú me desechaste!

-¡No te atrevas a mentirme! -bramó Nikolai, señalándola con un dedo acusador-. ¡Desapareciste el mismo día que vaciaste tu cuenta bancaria! Tomaste el dinero que te pagaba mi empresa y huiste como la cazafortunas cobarde que eres.

-¡No me fui por tu estúpido dinero! -Sienna gritó de vuelta, las lágrimas finalmente derramándose por sus mejillas. El dolor de hace cinco años estalló en su pecho como una granada-. ¡Traté de decírtelo! Cuando descubrí que estaba embarazada, llamé a tu oficina privada docenas de veces. ¡Supliqué hablar contigo!

Nikolai la miró con asco, negando con la cabeza.

-Es una mentira patética. Nadie bloquea una llamada para mí si es importante. Yo controlo todo en mi mundo, Sienna.

-¡Pues entonces no te importó! -sollozó ella, golpeando el pecho de Nikolai con ambas manos. Fue como golpear una pared de ladrillos, él ni siquiera se inmutó-. ¡Tu secretaria me lo dejó muy claro! Elena me llamó. Me dijo que eras consciente de mi "patético intento de embarazo" y que si me acercaba a ti, tus abogados me destruirían. ¡Me amenazaron con arruinarme la vida y quitarme a mi bebé! ¡Tenía veintidós años y estaba sola! ¡Huí para protegerla de ti!

Nikolai se quedó paralizado. El nombre de Elena, su secretaria personal y la mujer en quien confiaba para manejar su vida desde hacía una década, flotó en el aire entre ellos como una toxina. Por una fracción de segundo, la duda nubló la mente calculadora de Nikolai. La desesperación en los ojos de Sienna era tan cruda, tan visceralmente real, que desafiaba toda la lógica de su expediente de seguridad.

Pero el Zar de Hielo no construyó un imperio confiando en las lágrimas de una mujer. Él confiaba en los hechos. Y el hecho era que ella le había ocultado a su hija.

-¿Elena? -Nikolai endureció su expresión, erigiendo de nuevo sus muros de acero-. Un intento de desviar la culpa bastante pobre. Elena ejecuta mis órdenes, no las inventa. Nunca recibí un solo mensaje tuyo, y ciertamente nunca ordené amenazarte. Todo esto -hizo un gesto abarcando la casa miserable-, toda esta pobreza, es producto de tu propia cobardía y tus mentiras.

-¡No estoy mintiendo! -Sienna gritó, su voz desgarrándose-. ¡Eres un monstruo despiadado, exactamente como dijeron que serías!

-Soy exactamente el monstruo que necesito ser -respondió Nikolai, su voz bajando a un susurro glacial que heló la sangre de Sienna-. Llora todo lo que quieras, Sienna. Finge ser la víctima. No me importa. Porque el tiempo de tus juegos se ha acabado.

Nikolai retrocedió un paso, alisando el frontal de su abrigo con precisión metódica. Su mirada barrió el pasillo que conducía a las habitaciones traseras.

-He venido a llevarme lo que me pertenece.

Sienna sintió que el mundo giraba a su alrededor. Se interpuso en su camino, extendiendo los brazos.

-¡No te la llevarás! ¡Sobre mi cadáver!

Nikolai la miró desde su altura, sus ojos azules carentes de toda piedad.

-Eso puede arreglarse, Sienna. Prepárate. Tienes una hora antes de que mi equipo legal y yo te mostremos lo que realmente significa perderlo todo.

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