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Portada de la novela El engaño de su falso amor

El engaño de su falso amor

Tras sobrevivir a un incendio donde Éric, su prometido, la abandonó para salvar a otra mujer, la protagonista despierta ante una realidad cruel: a sus padres solo les interesa el dinero del enlace. Decidida a no ser víctima de nuevo, rompe su compromiso y se alía con Lázaro Vélez, su protector en la sombra, para cobrar venganza. Al fundar su propio estudio de arquitectura, desafiará a su familia y a su ex en el concurso más importante de la ciudad.
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Capítulo 3

Ximena Barba POV:

El calor suave de un té de hierbas me acunaba el cuerpo, pero mi mente vagaba por los pasillos oscuros de mi vida pasada. Cada sorbo era un recordatorio amargo de la fría indiferencia que había soportado.

De vuelta en aquella vida, él, mi entonces esposo, y yo estábamos en la cúspide de un negocio familiar. Una noche, mientras discutíamos sobre una inversión arriesgada, intenté advertirle sobre los peligros. Había investigado a fondo, había visto las señales de alarma.

"Mira, cariño", le dije, tratando de sonar tranquila, "los números no cuadran. Hay algo turbio en esa empresa. Podríamos perderlo todo."

Él se rió, un sonido áspero y despectivo. "Siempre tan miedosa, Ximena. No entiendes de negocios. Déjame esto a mí."

Insistí, mi voz elevándose. "No es miedo, es prudencia. Mis cálculos dicen que es un riesgo demasiado grande."

Fue entonces cuando explotó. Sus ojos se oscurecieron, y un vaso de cristal voló por la habitación, reventando contra la pared. El sonido me hizo encogerme. Nunca me había golpeado, pero la violencia de sus gestos, la rabia en sus ojos, era suficiente para helarme la sangre.

"¡Cállate, Ximena! ¡Ya estoy harto de tus sermones!", gritó. "¡No sabes nada! ¿Crees que eres tan lista con tus jueguitos de números?"

Un escalofrío me recorrió. Mis manos temblaron. Me levanté para alejarme, pero él me agarró del brazo con una fuerza brutal. Su agarre me hizo tambalear. Sentí un dolor agudo, un crujido.

Un gemido de dolor escapó de mis labios. Mi brazo se torció, y una punzada de agonía me atravesó. Lágrimas ardientes brotaron de mis ojos, no solo por el dolor físico, sino por la humillación.

Él me soltó, empujándome. Caí al suelo, mi brazo inútil colgando a mi lado. Él me miró con desprecio, como si yo fuera un insecto molesto.

"Qué dramática", dijo, su voz fría como el hielo. Se sirvió otra copa de coñac. "¿Crees que esto es dolor? El verdadero dolor es perder una inversión de millones por una mujer histérica como tú. Eso sí es un problema."

Las palabras me golpearon más fuerte que el golpe. Mi mente se negaba a procesar lo que acababa de decir. ¿Comparaba mi dolor físico, mi brazo roto, con una pérdida financiera? ¿Me culpaba a mí por su propia impetuosidad?

"¡Estás loco!", exclamé, mi voz temblaba de furia. "¡No puedes hablarme así! ¡No fue mi culpa que esa inversión fuera una locura! ¡Te lo advertí una y otra vez!"

Él se encogió de hombros, indiferente. "Siempre buscando excusas. ¿Sabes? Desde el principio no quería casarme contigo. Fui presionado. Siempre has sido una carga."

Mi corazón se encogió. La ironía era tan grande que casi me partí de risa. Él, que me había prometido amor eterno, que me había convencido de que era mi refugio, ahora me revelaba su verdadera cara. Una máscara de desprecio y resentimiento.

"¿Una carga?", respondí, mi voz ahora llena de un veneno que no sabía que poseía. "¡Tú eres la verdadera carga! Un narcisista patético que solo piensa en sí mismo. ¡Estás enfermo!"

Me levanté del suelo, ignorando el dolor punzante en mi brazo. Salí de la mansión, buscando ayuda médica por mi cuenta. Él no se movió.

Esa noche, algo se rompió dentro de mí. Ya no había amor, ni esperanza, ni siquiera resentimiento. Solo un vacío frío. El recuerdo de esa noche me persiguió, una cicatriz invisible pero profunda.

Y ahora, aquí estaba, en esta nueva vida, con el calor de la mano de Lázaro Vélez en mi frente, mientras me revisaba la temperatura. Su tacto era suave, respetuoso, una antítesis perfecta de aquel monstruo.

Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla. Intenté ocultarla, avergonzada de mi vulnerabilidad. No quería que Lázaro viera mis fantasmas.

"Gracias", susurré, mi voz apenas audible. "Por todo."

Lázaro me miró a los ojos, una expresión de comprensión en su rostro. "No hay nada que agradecer, Ximena. Me alegra que estés a salvo." Su sonrisa era genuina, y me transmitió una paz que rara vez había sentido.

Justo en ese momento, un golpe en la puerta interrumpió el momento. "Señor Vélez, el médico ha llegado."

Era Elena. Lázaro asintió y se giró hacia mí.

"Es el médico del barco. Solo para asegurarse de que todo esté bien."

Asentí, un poco abrumada por tanta atención. El médico, un hombre de mediana edad con gafas, entró con su maletín. Me hizo algunas preguntas, revisó mis signos vitales.

"Solo el shock y la fatiga, señorita Barba", dijo el médico, con la voz tranquila. "Necesita mucho descanso y líquidos. Su temperatura es un poco alta, pero nada alarmante. Le daré algo para el dolor y para ayudarla a dormir."

Lázaro acompañó al médico y a Elena fuera de la cabina. Escuché susurros, palabras ininteligibles que se perdían en el rugido de la tormenta. Miré por la ventana. El cielo estaba completamente cubierto de nubes oscuras, la lluvia caía con fuerza. La visibilidad era casi nula. Me sentí aliviada de estar a bordo de este barco, lejos de un infierno que aún ardía en la montaña.

Lázaro regresó, su rostro reflejaba una preocupación sutil. Se sentó en el borde de la cama, a una distancia respetuosa.

"¿Cómo te sientes ahora?", preguntó, su voz suave.

"Mejor", respondí, mi voz más fuerte. "Realmente, gracias por salvarme. No sé qué habría hecho si no hubieras aparecido."

Él me sonrió, una sonrisa que llegaba a sus ojos. "Me alegra haber estado allí."

Luego, su expresión se volvió más seria. "Cuando la tormenta amaine, te llevaré a casa. Necesitarás contactar a tu familia."

La mención de mi familia me heló la sangre. Mis padres. Los Barba. El compromiso con Éric. El fuego que lo había destruido todo.

No quería volver a esa vida. No quería volver a ser la pieza en su juego de ajedrez corporativo.

Éric, probablemente, ya habría llegado a casa con Soraya. Mis padres estarían furiosos. Su preciado acuerdo matrimonial, su fusión empresarial, todo se había quemado con el resort.

En mi vida pasada, había sido una esclava de esa obligación. Mi matrimonio era una cadena, mi vida, una jaula dorada. Pero ahora, después de la traición de Éric, después de ver la verdadera cara del amor, me sentía... libre.

Libre del peso de las expectativas, de la farsa.

Miré a Lázaro, y una súplica desesperada brotó de mis labios. "Por favor, Lázaro. No me lleves a casa. No puedo volver."

Me levanté un poco, mi voz llena de una urgencia que no pude contener. "Mis padres... ellos solo ven el beneficio. Éric... él nunca me amó. Este compromiso era una mentira."

Mi mano se extendió hacia él, mis ojos imploraban. "Por favor, no me devuelvas a esa vida. No puedo."

En sus ojos oscuros, vi una mezcla de sorpresa y comprensión. Lázaro Vélez. El director de Construcciones Vélez. El benefactor anónimo que había financiado mis estudios en la universidad. El hombre que, en secreto, había hecho posible mi sueño de ser arquitecta. El hombre que ahora me miraba con una profundidad que me hacía sentir extrañamente vulnerable.

Sabía que él era un hombre de principios, un hombre de buen corazón. Tenía que creer que entendería. Tenía que creer que me ayudaría.

Lázaro me sostuvo la mirada, su expresión indescifrable. El silencio se prolongó, solo roto por el golpeteo de la lluvia contra el casco del barco. La tensión llenó el aire.

"Ximena", dijo finalmente, su voz baja y cautelosa. "No soy un refugio. Si te quedas, las cosas no serán fáciles. Tendrás que enfrentar las consecuencias de tus decisiones. Y las mías."

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