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Portada de la novela El Emir

El Emir

Tras una noche de pasión, Saamad, el Emir de Alfaslan, desarrolla una fijación con Regina. Las barreras culturales impiden su unión, por lo que él decide capturarla tras un altercado con su hermano. Ella rechaza un destino como simple amante y sus fugas atraen la amenaza de la mafia italiana. Entre verdades ocultas y un deseo voraz, la pareja se sumerge en un caos peligroso donde su amor enfrentará desafíos letales para poder sobrevivir.
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Capítulo 1

Saamad, el Emir

No puedo dejar de mirarla, refugiada en su esquina me sostiene la mirada y somos rivales en pleno duelo. Los ojos más verdes que he visto alguna vez en mi vida los tiene ella. Es preciosa, y libre. Sin túnica ni nada que muestre respeto hacia mi. Es una declaración de intenciones en mi contra y eso me atrae todavía más. Es la única mujer capaz de sostenerme la mirada además de mi madre y sabiendo que está bajo mis dominios, se resiste a ponerse de rodillas ante el Emir. Si no fuera tan bella la habría mandado a encarcelar. Es una falta de respeto asistir a mi palacio sin burka y sin mi permiso, sobre todo siendo una mujer sola. No tiene a nadie...solo a mí, para observarla.

Dejo que el tequila baje sin detenerse por mi garganta y me queme por dentro así como tengo la sensación de estar quedándome por ella. Su pelo rojo, largo y rizado hasta sus nalgas que se dibujan descaradas bajo el atrevido vestido..., ese escote en su espalda, la forma en que me mira de soslayo por encima de su copa dando vueltas a la pajita que sostiene entre sus labios me está haciendo estragos en la mente. Es adictiva la manera en que magulla sus propios labios. Quiero morderlos, abrirlos con mi pulgar y probar esa boca, su aliento contra el mío justo antes de comerme sus besos.

—Deja de mirarla así que es la hermana pequeña de Shafat —espeta mi hermano en mi oído. Y a pesar de su atrevida intromisión no consigue que deje de mirarla.

—Me gusta —decreto sin dejar de observar el gesto entre sus dientes, me está provocando —. Le gusto y voy a hacerla mía, esta misma noche. Sea la hermana de quien sea.

—Está de visita en la ciudad, Saamad —advierte como si me importara —...no es musulmana. Es su media hermana y nació en Inglaterra donde vivia con su madre, déjalo estar.

Suelto un resoplido burlón. Él sabe que no dejaré estar nada. Sabe que no me permito dejar de tener las mujeres que quiero y esta quiere ser mía también. No voy a empezar a romper mis propias normas hoy precisamente. Si la he dejado serme desleal e irrespetuosa es porque la deseo. Nada más.

—Pues no debió venir a Alfaslan —declaro rotundo.

Me levanto y le dejo con su fiesta. Mi madre ha querido hacer una enorme celebración en el palacio para el cumpleaños veintidós de mi hermano pequeño y no pensaba asistir, soy el Emir y tengo demasiados compromisos de estado como para estar bebiendo con universitarios pueriles pero Alí me insistió y aquí estoy, enloqueciendo por una pelirroja extranjera que no deja de jugar a la seducción con el príncipe de la persuasión. Se equivoca si piensa que puede ganar contra mí.

Tengo treinta y dos años, un montón de compromisos gubernamentales, un padre responsable de todas mis hazañas, así como todo tipo de  historias inconclusas bajo demasiadas sábanas y cuerpos de mujer pero jamás en mi vida me había propuesto romper mis esquemas por una  que no respete y comparta mis costumbres...hasta ahora.

Camino hacia ella que viendo venir lo que me propongo se aleja y sonrío para mis adentros. Quiere jugar la pequeña.

Sale a los jardines laterales sin imaginar que se ha escondido en el trasfondo de mis aposentos, justo donde terminaré con ella.

Me siento como un ladrón, que vigila a su presa para encontrar la debilidad y meterse a sus dominios a llevarse todo lo que pueda sin ser pillado. La miro, vestida con ese maldito trozo de tela verde como sus ojos, corto como mi autocontrol y revelador como su boca alrededor de la pajita...con eso es suficiente para que se me acelere la respiración y mi miembro se queje dentro de mi shibari.

—¿Me está persiguiendo el Emir de Alfaslan?

Me detengo cuando ella lo hace y pronuncia esas palabras dándose la vuelta..., camino a su alrededor con las manos cruzadas atrás de mi espalda evaluando como un zorro, por donde cazar mi oveja.

—¿Acaso no estás jugando a ser esquiva conmigo para ese mismo fin? —sigo haciendo círculos a su alrededor y sonríe, pero no contesta.

Quiere que la persiga, que le de caza y me ha provocado hasta conseguirlo. Lo que la pobre no sabe es que conmigo nadie juega y no se obtiene de mi aquello que no quiero dar. Aunque no voy a ser hipócrita al esconder que haría muchas cosas con tal de tenerla. Esa mujer desafiante, que me provoca y logra que le siga el juego, es un misterio novedoso para mi. Quiero más de eso que me hace sentir.

—Solo admiro la belleza del lugar, señor.

—¿Nadie te ha dicho que los hombres árabes somos muy posesivos y caprichosos? ¿Tampoco que vas vestida de forma inapropiada y podría castigarte por ello?

Me pego a ella por detrás, sin tocarla, solo mi turbante le rosa un hombro desnudo cuando agacho la cabeza a susurrarle. Respiro en su oído, veo sus pechos llenos subir y bajar desde mi altura y me muerdo la lengua para no meterla dentro de su oído y arrancarle la ropa aquí mismo, tomándola por entero.

—No pertenezco a ninguno así que eso no me preocupa —se atreve a mofarse —. Solo estoy admirando su belleza, es usted quien ha venido detrás de mí. Y en cuanto a las normas...—hace una pausa descarada y su trasero me roza la polla —...mmm, no lo sé, creo que soy una chica de castigos. En el pecado me gusta saber que  llevo la penitencia.

El olor de su pelo me seduce sin que la pelirroja tenga ni siquiera que intentarlo. Es la primera vez en mi vida que me intimida lo que me provoca una mujer. No voy a dejarla ir sin probar si sabe tan bien como luce pero es un hecho que no la haré mía,  me retiro de tan peligrosa tentación. Me conozco lo bastante como para saber que si me la llevo a la cama querré más y no es de mi tierra, no puedo tener nada con una extranjera...soy el jodido Emir. Y esta, en particular...es bastante más atrevida de lo que mi cultura permite. No puedo hacerlo. Tengo que dejarlo estar justo como sugirió mi pequeño hermano.

—¡Date la vuelta! —mi contundente orden la hace temblar pero obedece como un corderito.

Nos quedamos nariz con nariz, mirándonos a los ojos, verde contra verde y su aliento me roza los labios, me muero de deseo en ese solo gesto y quiero tenerla, necesito hacerlo pero...

—Tengo que irme —jadea y no la he tocado siquiera —. Mi familia espera que regrese a casa a las doce.

—Como cenicienta —murmuro divertido.

—Mas o menos —añade y se muerde el labio.

¡No puedo más!¡ Esto manda a la mierda mi análisis de antes!

Llevo mi mano a su barbilla, tomo entre mis dedos su mentón y atraigo mi boca a la suya hundiendo mi lengua en ella sin pedir permiso ni esperar nada más. Pero ella quiere tanto como yo y gime en mis labios cuando deja que me coma los suyos con vehemencia.

Sabe a cerezas, supongo que del cóctel que bebe. Gime cuando se los muerdo y aún no la toco, mi otra mano sigue detrás de mi y es gratificante sentir como es ella la que me toma de las solapas y me acerca para ahondar en un beso que no esperaba tener de alguien así, de forma tan visceral.

Se intenta alejar y entonces sí la tomo con mis dos manos, la levanto en su peso y me doy la vuelta para empujarla contra una pared y beberme sus jadeos mientras me la como a besos con toda la pasión que una mujer así ha conseguido provocar en mí.

Me pierdo en el sabor de sus labios y cuando siento sangre entre nuestras bocas me doy cuenta de que la he mordido demasiado duro y me aparto. Me ha vuelto una bestia y será mejor que huya, ahora que la dejo ir.

—¡Oh, por Alá!

Me sorprende que mencione a mi creador y la veo irse corriendo en cuanto la pongo en el suelo. La copa se estrella en una losa y ella se desaparece como si fuera humo de un cigarrillo apagado. Solo quedan en mi boca las cenizas de su abrasador beso.

Regina Shafat

No se suponía que sería así. Él no debía gustarme, ni hacerme sentir tan bien. Era solo seducirlo y fingir que me forzaba, nada más. Eso bastaría para acabar con su liderazgo...pero no he podido. Me ha revuelto un montón de sentimientos que ni sabía que existían y todo ha salido mal. Me he sentido arder en llamas entre sus expertos dedos, su cálida boca y sus ronroneantes quejidos.

Salgo huyendo y me toman del brazo de repente. Ya sé lo que eso significa.

—¿Por qué le has besado? Ese no era el plan, Regina —mi hermano maldice apretando mi carne y mascullando maldiciones.

—Lo siento, no pude. Es muy intenso y se me ha escapado de las manos la situación —me excuso medio sincera.

—Papá se va a enfadar —apostilla y tira de mí.

—He dejado caer mi pulserita —explico ahora sí mintiendo, se me ha caído con la huida —. Mañana vendré a recuperarla y provocaré otra situación hasta que consiga esa grabación.

—Más te vale...

Al final va a resultar que sí que soy como cenicienta. Soy británica pero al morir mi madre, me ha dejado el fideicomiso en manos de mi hermano y su padre, mi padrastro por ley, he tenido que venir a vivir a Alfaslan. Llevo tres meses aquí y tras un negocio de mi hermano con unos italianos ha roto el convenio con el Emir, ahora pretenden sacarlo del gobierno para poder salvar sus traseros pero entre sus ojos y los míos y el primer beso que he dado en mi vida, han pasado cosas que estropearon el objetivo de mi visita a este palacio.

Mañana le volveré a ver y no estoy segura de poder sostener la situación, soy una cría de veinte años intentando timar a un hombre una década mayor que yo y que tiene fama de ser un depredador letal y un tipo muy listo. No sé si pueda estar a la altura de lo que se espera de mí.

Solo me consuela pensar que en un año estaré lejos de aquí y estas personas —por llamarlas de alguna manera —, dejarán de ser mi familia y tutores testamentarios.

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