
El Eco Amargo de Tu Desprecio
Capítulo 2
La última vez que vi a Sofía Vega, ella se estaba muriendo para salvarme.
Un camión fuera de control se dirigía hacia mí y ella, sin dudarlo, me empujó.
La sangre manchó su vestido blanco.
En sus últimos momentos, me miró y susurró.
"Mateo, si hay una próxima vida, no te cases conmigo. No me ames".
Esas palabras me persiguieron durante diez años.
Diez años de un matrimonio infernal, de su indiferencia, del desprecio de su familia. Diez años viendo cómo su amor tóxico por su hermanastro, Adrián, los destruía a todos.
Después de su muerte, me encerré.
Dediqué toda la fortuna de mi familia, todo mi conocimiento como arquitecto, a un solo proyecto: una máquina para volver en el tiempo.
Y lo conseguí.
Ahora, he regresado al día de mi boda.
La puerta de la suite nupcial se abrió y Sofía entró, borracha.
Su elegante vestido de novia estaba arrugado y sus ojos, normalmente fríos y calculadores, estaban rojos por el llanto.
Se derrumbó en el sofá, sin siquiera mirarme.
"Adrián", sollozó. "¿Por qué? ¿Por qué vas a una cita a ciegas? ¿Ya no me quieres?".
Su voz estaba llena de un dolor que nunca me había mostrado a mí.
Me quedé quieto, mi corazón se sentía pesado.
En nuestra vida pasada, ella era así todas las noches. Bebía hasta perder el conocimiento, llamando el nombre de Adrián en sueños.
Yo era su esposo, pero en su corazón, solo había espacio para su hermanastro.
Recordé los pocos momentos de amabilidad que me había mostrado. Pequeños gestos, sonrisas forzadas.
Ahora entendía.
Todo era por deber. Porque su padre, Don Fernando Vega, la obligó a casarse conmigo para separarla de Adrián.
Su verdadero afecto, su verdadera pasión, siempre fueron para él.
Saqué un pequeño diario del bolsillo. Era el diario de Sofía de nuestra vida pasada, el que encontré después de su muerte.
En él, escribió sus tres mayores arrepentimientos.
Primero: haberse casado conmigo.
Segundo: no haberse opuesto a su padre.
Tercero: no haber podido "salvar" a Adrián de sí mismo.
En esta vida, cumpliré sus deseos. La liberaré.
Y al hacerlo, me liberaré a mí mismo.
Saqué mi teléfono y marqué un número. Preparé mi voz, imitando el tono y la cadencia de Adrián.
"¿Sofía?", dije.
Ella levantó la cabeza de inmediato, sus ojos se iluminaron.
"¿Adrián? ¿Dónde estás? ¿Por qué no contestabas?".
"Estoy ocupado", respondí, manteniendo la voz fría. "Mi padre me organizó una cita a ciegas. Si no voy, se enfadará".
"¡No vayas!", suplicó ella. "Haré lo que sea. ¡Por favor!".
"Firma lo que te dé Mateo", dije, mi voz sin emoción. "Si lo firmas, no iré".
Colgué.
Unos segundos después, me acerqué a ella con un documento y un bolígrafo.
"Fírmalo", le dije.
Ella ni siquiera miró el papel. Lo agarró y firmó rápidamente.
Luego me miró, con los ojos llenos de una devoción que me quemaba por dentro.
"Mateo, dile a Adrián que ya firmé. Dile que lo amo. Que siempre lo amaré".
Cada palabra era un golpe.
Asentí en silencio.
Tomé el acuerdo de divorcio firmado y salí de la habitación. Mi abogado, que esperaba en el pasillo, me miró sorprendido.
"Señor Reyes, ¿está seguro? Acaban de casarse".
"Estoy seguro", dije con firmeza. "Procede con ello".
Le entregué el documento.
Justo en ese momento, la voz de Sofía sonó detrás de nosotros, llena de confusión.
"¿Divorcio? ¿De qué están hablando?".
También te puede gustar





