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Portada de la novela El Dinero No Sirve Todo

El Dinero No Sirve Todo

Ricardo Ramírez acude a su reunión escolar en un vehículo humilde, desatando el escarnio de sus antiguos compañeros. Magnates como Miguel Ángel y Clara lo desprecian por ser un supuesto repartidor, humillándolo con champán mientras exigen su subordinación. Lo que ignoran es que tras esa fachada se oculta «El Halcón», un militar de élite con un rango imponente. Ante el maltrato, Ricardo decide movilizar refuerzos oficiales para imponer su verdadera autoridad.
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Capítulo 3

Ricardo realmente no quería estar allí, llevaba toda la semana debatiendo si asistir o no, la idea de reencontrarse con personas a las que no había visto en dos décadas, y con las que ya no tenía nada en común, le parecía una pérdida de tiempo.

Pero la presión había sido constante, mensajes en el grupo de exalumnos, llamadas de los organizadores, todos insistiendo en que sería una noche "inolvidable", un momento para "revivir la gloria del pasado".

Al final, fue un sentimiento de lealtad hacia los pocos buenos recuerdos que tenía, y hacia amigos como Javier, lo que lo convenció, se dijo a sí mismo que sería solo por un par de horas, para saludar, mostrar la cara y luego desaparecer.

Sin embargo, desde el momento en que entró, supo que había cometido un error, el ambiente no era de nostalgia ni de camaradería, era una competencia feroz y silenciosa.

Cada conversación parecía una entrevista de trabajo, cada sonrisa un cálculo de estatus, la gente no se preguntaba "¿cómo estás?", sino "¿cuánto ganas?".

Ricardo se apoyó en la barra, bebiendo lentamente un vaso de agua mineral, su mente se llenó de un monólogo interno de fastidio.

"¿Qué hago aquí?", pensó, "Esto es un circo de vanidades, un mercado de egos."

Recordó sus años en las fuerzas especiales, las misiones en lugares remotos y peligrosos, la hermandad real que se forjaba en el fuego y el riesgo, una lealtad que no se basaba en cuentas bancarias ni en marcas de ropa, sino en la confianza absoluta y la voluntad de dar la vida por el compañero.

Comparado con eso, este salón lleno de gente superficial le parecía un universo ajeno y vacío.

Decidió que ya había cumplido, había visto a Javier, había soportado las burlas iniciales, era hora de irse.

Dejó el vaso en la barra y comenzó a caminar hacia la salida, tratando de pasar desapercibido, pero su intento fue inútil.

Justo cuando estaba a punto de llegar a la puerta, una mano se posó en su hombro, deteniéndolo en seco.

"¡Hey, Halcón! ¿Tan pronto te vas? ¡La fiesta apenas comienza!"

Era Armando otra vez, con su séquito de aduladores detrás, su aliento olía a alcohol caro y arrogancia.

Ricardo se giró lentamente, su paciencia comenzando a agotarse.

"Tengo cosas que hacer, Armando", dijo con un tono neutro.

"¿Cosas que hacer? No me digas que tu jefe te llamó para una entrega urgente de tortillas", insistió Armando, buscando la risa fácil de su público, y la obtuvo.

Las carcajadas resonaron en esa parte del salón, atrayendo más miradas.

Ricardo sintió cómo la calma que tanto se esforzaba por mantener comenzaba a resquebrajarse, ya no era solo una broma tonta, era un acoso deliberado.

Fijó su mirada en Armando, su expresión se endureció.

"Mira, Armando, para serte franco, este ambiente no es para mí", dijo con una voz clara y firme que cortó las risas. "Vine por cortesía, pero ya me voy, y para que quede claro, no pienso volver a un evento como este nunca más."

Su declaración fue directa, sin rodeos, una afirmación de su desdén por lo que representaban.

Dejó a Armando y a su grupo en un silencio momentáneo, sorprendidos por su franqueza, pero la confrontación estaba lejos de terminar.

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