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Portada de la novela El Diablo y Mi Corazón Roto

El Diablo y Mi Corazón Roto

Una periodista inicia una peligrosa misión para destruir a Diego «El Diablo» Garmendia, el mafioso responsable del asesinato de su hermana Sofía. La versión oficial de la policía indica un ajuste de cuentas, pero un informante descubre que el Comandante Ramírez manipula pruebas para proteger al criminal. Frente a esta red de corrupción institucional, ella decide arriesgarlo todo para exponer la verdad y evitar que el homicidio quede impune.
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Capítulo 2

El olor a café rancio y papel viejo llenaba mi pequeño departamento, un aroma que se había convertido en el perfume de mi vida durante los últimos seis meses, el aire era pesado, casi tanto como el cansancio que sentía en los huesos, pero no podía parar, no ahora.

Faltaban menos de veinticuatro horas.

Veinticuatro horas para que mi reportaje saliera a la luz, para que el nombre de Diego "El Diablo" dejara de ser sinónimo de empresario respetable y se convirtiera en lo que realmente era: el de un asesino.

Mi hermana, Sofía.

Su rostro sonriente me miraba desde una fotografía pegada en la pared, justo encima de un enjambre de recortes de periódico, notas adhesivas y mapas con círculos rojos, su muerte no fue un "ajuste de cuentas" como la policía lo llamó, no fue un "daño colateral" en una guerra que no era suya.

Fue un asesinato, y yo iba a demostrarlo.

El teléfono vibró sobre la mesa, mostrando un número bloqueado, solo podía ser una persona.

"¿Qué tienes?", respondí sin rodeos.

"Están nerviosos", dijo la voz rasposa al otro lado, la voz de "El Zorro", mi informante, mi única ancla en este infierno. "El Diablo movió una gran cantidad de dinero anoche, y el Comandante Ramírez acaba de tener una reunión a puerta cerrada con dos de sus hombres de mayor confianza".

Ramírez.

El jefe de la policía, el hombre que me había dado unas palmaditas en la espalda en el funeral de Sofía, prometiendo justicia, sus palabras ahora sonaban huecas, podridas.

"¿Escuchaste algo de la reunión?", pregunté, mientras mis dedos volaban sobre el teclado, anotando cada palabra.

"Solo fragmentos", admitió El Zorro. "Algo sobre 'cerrar el caso', 'pistas falsas' y 'la periodista molesta'".

Esa era yo. La periodista molesta.

"Tengo que ir a la comisaría", dije, mi decisión tomada en un instante. "Tengo que verle la cara a Ramírez".

"Es peligroso, Ximena", advirtió El Zorro. "Estás demasiado cerca".

"Es por eso que tengo que ir ahora", insistí. "Gracias, Zorro".

Colgué antes de que pudiera intentar detenerme.

Me puse la primera chaqueta que encontré y salí a la calle, el aire de la Ciudad de México me golpeó la cara, una mezcla de contaminación y vida que de alguna manera me hizo sentir más despierta, la comisaría estaba a solo unas cuadras, un edificio de concreto gris que se suponía que representaba seguridad pero que para mí solo representaba corrupción.

Entré como si tuviera todo el derecho del mundo, con la cabeza en alto, ignorando las miradas de los oficiales, encontré a Ramírez saliendo de su oficina, hablando en voz baja con otro oficial.

"...asegúrate de que el informe final mencione un robo que salió mal, y que la familia reciba la notificación oficial mañana", le decía Ramírez, su voz tranquila y autoritaria.

Mi sangre se heló, estaban hablando del caso de Sofía, estaban cerrándolo, enterrándolo bajo una mentira.

"Comandante Ramírez", lo llamé, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.

Se dio la vuelta, su sorpresa apenas visible detrás de una máscara de profesionalismo.

"Señorita... Ximena", dijo, fingiendo recordar mi nombre. "¿En qué puedo ayudarla?".

"Quería preguntarle sobre el caso de mi hermana, Sofía", dije, mirándolo directamente a los ojos. "Me llegó información de que podría estar relacionado con el cartel de Diego Garmendia".

La mención del nombre de "El Diablo" hizo que su mandíbula se tensara por una fracción de segundo.

"Esa es una acusación muy grave, señorita", dijo, su tono volviéndose frío. "No tenemos ninguna evidencia que vincule al señor Garmendia con ningún acto criminal, y mucho menos con la trágica muerte de su hermana".

Mencionó a Sofía con una frialdad que me revolvió el estómago.

"¿Trágica muerte?", repetí, sintiendo una ola de ira. "Fue un asesinato, Comandante, y usted lo sabe".

Di un paso adelante, mi voz bajando a un susurro furioso.

"Y sé que usted está involucrado, sé que está encubriéndolo".

Ramírez no se inmutó, su rostro era una piedra, me miró, y por primera vez, vi algo más allá de la falsa compasión, vi una amenaza.

"Le sugiero que tenga mucho cuidado con lo que dice, señorita", su voz era baja, casi un silbido. "La Ciudad de México puede ser un lugar muy peligroso para las periodistas que hacen demasiadas preguntas, su hermana es un ejemplo de ello, sería una pena que usted terminara igual".

Mi corazón se detuvo, no fue solo una amenaza, fue una confesión.

Se dio la vuelta y se alejó, dejándome sola en medio del pasillo, temblando no de miedo, sino de una rabia pura y helada, ya no se trataba solo de justicia para Sofía.

Se trataba de una guerra, y yo acababa de recibir el primer disparo.

La venganza tenía un precio, y yo estaba dispuesta a pagarlo.

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