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Portada de la novela El día que morí y renací

El día que morí y renací

Sofía vive una pesadilla cuando su esposo, Marcos, ignora su crisis médica para priorizar a su amante. Esta traición provoca que el pequeño Leo muera en un accidente al intentar buscar auxilio. Tras fallecer por negligencia, Sofía despierta inexplicablemente en el pasado, antes de la tragedia. Armada con el conocimiento de su vida anterior, buscará salvar a su hijo, desenmascarar la crueldad de su marido y ejecutar una fría venganza contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 1

A Sofía Garza le faltaba el aire, sentía una presión asfixiante en el pecho.

Su hijo de seis años, Leo, la miraba con el rostro pálido de terror.

Shock anafiláctico.

Empeorando a cada segundo.

Ahogándose, logró pronunciar el nombre de su esposo, Marcos, rogándole que llamara al 911.

—¡Mami no puede respirar! —gritó Leo al teléfono.

Pero Marcos, ocupado en una junta de "negocios" con su amante, Valeria, desestimó la llamada con indiferencia, diciendo que era solo un "ataque de pánico".

Minutos después, volvió a llamar: la ambulancia que supuestamente había pedido para Sofía ahora iba en camino a recoger a Valeria, quien solo se había "tropezado" y torcido un tobillo.

El mundo de Sofía se hizo añicos.

Leo, un héroe en su pequeño corazón, salió corriendo a buscar ayuda, solo para ser atropellado por un coche.

Un golpe seco y espantoso.

Ella lo vio todo, como un fantasma en su propia tragedia, mientras los paramédicos cubrían su pequeño cuerpo destrozado.

Su hijo se había ido, porque Marcos eligió a Valeria.

Devastación.

Horror.

Culpa.

La imagen de Leo la atormentaba, marcada a fuego en su alma.

¿Cómo podía un padre, un esposo, ser tan monstruosamente egoísta?

Un arrepentimiento amargo y devorador le carcomía el alma.

Valeria. Siempre Valeria.

Entonces, Sofía abrió los ojos de golpe.

Estaba en el suelo de su sala.

Leo, vivo y sano, entró corriendo.

Era una segunda oportunidad, aterradora e imposible.

Ese futuro catastrófico no ocurriría.

Recuperaría su vida, protegería a su hijo y haría que pagaran.

Capítulo 1

Sofía Garza jadeaba en busca de aire. El pecho se le oprimía, una presión que aplastaba sus pulmones.

Leo, su hijo de seis años, la observaba, con su carita pálida de terror.

—¿Mami?

Buscó a tientas su EpiPen, con la vista nublada. Shock anafiláctico. Rápido.

—Llama... a Marcos —logró decir—. Nueve... uno... uno.

Leo, bendito su valiente corazón, tomó el celular. Sus deditos torpes buscaron en la pantalla.

Presionó el botón para llamar a Marcos.

—¡Papi! ¡Mami no puede respirar! ¡Se ve muy mal! —gritó Leo al teléfono.

La voz de Marcos se escuchó, distante, molesta.

—Seguro solo está teniendo un ataque de pánico, Leo. Dale el EpiPen. Estoy en un evento de negocios con Valeria. Llego pronto.

—¡No, papi! ¡Es en serio! ¡Dijo que llamara al 911!

—Ok, ok, le pediré una ambulancia —dijo Marcos, pero su tono era displicente.

Unos minutos después, mientras Sofía se desvanecía en una neblina de dolor, Marcos llamó de vuelta. Leo le puso el teléfono en la oreja.

—¿Sofía? Escucha, Valeria se tropezó. Se lastimó feo el tobillo. La ambulancia que pedí para ti, la voy a desviar para que la recoja. Ella está más cerca y le duele mucho. Tú solo usa tu EpiPen y ya, vas a estar bien.

El mundo de Sofía se fracturó. Valeria. Siempre Valeria.

Leo, al oír esto, gritó.

—¡No! ¡Mami necesita ayuda!

Dejó caer el teléfono y salió disparado hacia la puerta, probablemente para buscar a Doña Carmen, la vecina.

El claxon de un coche sonó. Un golpe seco y nauseabundo.

Sofía, a través de la niebla, escuchó un grito diferente, no era el de Leo.

Luego, silencio.

Su propia respiración se detuvo en un último y entrecortado jadeo. Sintió como si su espíritu se desprendiera, flotando por encima de todo.

Vio a Leo. Tirado en la calle. Inmóvil.

De repente, los paramédicos estaban ahí, atendiéndola a ella, y luego corriendo hacia Leo. Demasiado tarde.

La imagen se grabó a fuego en su alma: Leo, pequeño y roto, porque Marcos eligió a Valeria.

Devastación. Una palabra demasiado pequeña. Horror. Duelo. La culpa de no haber podido salvarlo.

Su corazón, o lo que quedaba de él, se rompió en un millón de pedazos.

Observó, como un fantasma en su propia tragedia, mientras cubrían a Leo con una sábana.

Marcos. Esto era su culpa. Su negligencia. Su monstruoso egoísmo.

Valeria. Esa mujer.

Si tuviera otra oportunidad. Si pudiera volver atrás.

Jamás dejaría que Marcos Treviño entrara en su vida. Protegería a Leo.

Haría que pagaran.

El dolor era absoluto. Un arrepentimiento amargo y devorador.

—Marcos —susurró su espíritu, en un voto de furia helada—, si hay otra vida, juro que jamás volveré a cruzarme contigo.

Sofía abrió los ojos de golpe.

Estaba en el suelo de su sala. Le dolía el pecho, pero podía respirar.

Le temblaban las manos. Se tocó la garganta. No había hinchazón.

Leo.

Se levantó de un salto, con el corazón latiéndole a mil por hora.

—¡Leo!

Él entró corriendo desde su cuarto, con los ojos muy abiertos.

—¿Mami? ¿Estás bien? Estabas haciendo ruidos raros.

Lo agarró, lo abrazó tan fuerte que él soltó un gritito. Vivo. Estaba vivo.

Sabía que sus ojos debían estar inyectados en sangre. Todavía le temblaban las manos.

El recuerdo de la calle, del golpe, de la sábana... era demasiado real.

Miró el calendario en la pared. La fecha de hoy. El mismo día.

Aún no había pasado.

Un milagro. Una segunda oportunidad aterradora.

La desorientación luchaba contra una determinación feroz y protectora.

No dejaría que ese futuro ocurriera.

Su celular vibró en la mesita de centro. Una notificación. Instagram.

Valeria Cantú.

A Sofía se le heló la sangre. Lo tomó, su dedo flotando sobre la aplicación.

Tenía que saber.

La historia de Valeria: una cena de lujo. Marcos, sonriendo a su lado.

Y en la mano de Valeria, un anillo nuevo y brillante. Un "anillo de promesa".

El texto decía: "Construyendo un futuro con alguien que de verdad ve mi potencial. ¡Tan agradecida por su apoyo para lanzar mi marca de bienestar! #NuevosComienzos #ApoyoTotal".

La fecha de la publicación: anoche.

Dolor renovado. Ira. Asco.

Él ya estaba "construyendo un futuro" con Valeria mientras estaba casado con ella, mientras Leo estaba vivo y sano.

¿Cómo podía? ¿Cómo podía un hombre carecer de la más mínima decencia?

La llave giró en la cerradura. Marcos entró, silbando.

Se detuvo al verle la cara.

—Oye, ¿qué pasa? Parece que viste un fantasma.

Olía ligeramente al perfume empalagoso de Valeria. Una mancha de labial, de un tono que no era el suyo, estaba en su cuello. Siempre era tan descuidado.

"Estás exagerando", diría siempre. Era su frase favorita. Le crispaba los nervios, le provocaba una aversión física.

—Marcos —empezó Sofía, con la voz tensa—, tenemos que hablar.

—Si te dijera que casi me muero hoy, Marcos, y que Leo casi se muere, porque estabas con Valeria, ¿qué dirías? —preguntó Sofía, con una calma peligrosa.

Él frunció el ceño.

—¿De qué hablas? Qué locura dices. ¿Te sientes bien?

Ella vio el vacío en sus ojos. La absoluta falta de comprensión.

No lo entendería. Nunca lo entendería.

El cansancio era un manto pesado. La amargura, un sabor familiar.

Había desperdiciado años.

—Quiero el divorcio, Marcos —dijo, y las palabras le supieron a libertad.

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