
El Desprecio de Mi Adelita
Capítulo 2
El olor a tierra mojada y a llanta quemada llenó mis pulmones, mezclándose con el sabor metálico de la sangre en mi boca. La camioneta de Lupita se detuvo a solo unos centímetros de mi cabeza, el motor todavía rugiendo como una bestia satisfecha. Mis piernas estaban destrozadas, un amasijo de dolor y huesos rotos bajo el peso del vehículo.
Desde el suelo, vi cómo la puerta del conductor se abría. Mi Lupita, mi "Adelita", la mujer por la que había renunciado a todo, bajó con una calma que me heló la sangre. No había pánico en su rostro, ni una pizca de la preocupación que uno esperaría de alguien que acaba de atropellar al hombre que dice amar.
"¿Por qué, Lupita?", logré susurrar, mientras la conciencia se me iba y venía como una mala señal de radio.
Ella ni siquiera me miró. Sus ojos estaban fijos en la puerta del copiloto, de donde bajó Ricardo "El Rico" Sánchez. Mi rival en los jaripeos, el "compadre" de toda la vida de Lupita. Se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros, una posesión descarada.
"Porque ya no te necesitamos, Alex", dijo Ricardo, su voz llena de un triunfo que no entendía.
Lupita finalmente bajó la vista hacia mí, y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes: un desprecio frío, calculado.
"Tres años, Alex", dijo ella, su voz tan plana como una lápida. "Tres años cuidándome, haciéndote el mártir. Todo para esto".
Un dolor agudo, mucho más profundo que el de mis huesos rotos, me atravesó. No era un dolor físico. Era el "castigo del don", la maldición que venía con mi habilidad. Un tormento que me carcomía cada vez que usaba mi don para ayudar a otros, especialmente a ella. Ahora, sin razón aparente, el castigo se sentía como mil agujas incandescentes recorriendo cada nervio de mi cuerpo.
Jadeé, tratando de controlar el espasmo que me sacudía.
Ricardo se rio, una carcajada seca y cruel.
"¿Te duele? Qué bueno. Es lo que te mereces por ser tan estúpido. ¿De verdad creíste que una mujer como Lupita se iba a quedar con un lisiado como tú por amor?".
Lupita sonrió, una mueca torcida y fea.
"Te lo advertí, compadre. Te dije que era demasiado noble, demasiado tonto".
Mi mente, nublada por el dolor, se aferró a un recuerdo. Hace tres años, en el jaripeo más grande de la región. El toro, un demonio de media tonelada, había saltado el ruedo. La gente corría, gritaba. Lupita se había quedado paralizada, justo en la trayectoria de la bestia. Sin pensarlo, espoleé a mi caballo, "Relámpago", y me interpuse. El impacto me destrozó la cadera y la pierna, acabando con mi carrera como charro, con mis sueños de lazo. Pero la salvé. La había salvado.
O eso creía yo.
"El accidente...", musité, la verdad empezando a formarse en mi cabeza como una pesadilla. "El jaripeo...".
"¿Accidente?", se burló Lupita. "No hubo ningún accidente, Alex. Todo fue planeado. Necesitábamos que renunciaras a tu don, que te quedaras vulnerable".
"¿El don?", pregunté, confundido.
Ricardo se arrodilló a mi lado, su cara demasiado cerca de la mía. Su aliento olía a tequila caro y a victoria.
"Tu habilidad con los caballos, con el lazo. Esa conexión mágica que te hacía el mejor. No es solo talento, ¿verdad, Alex? Es un 'sistema', un poder que te da éxito. Y ahora", sonrió, mostrando sus dientes blancos, "es nuestro".
Me reveló que todo fue un engaño. El "accidente", su supuesta devoción, los tres años que pasé a su lado como un perro fiel, cuidándola, amándola. Todo había sido un plan meticulosamente orquestado por ella y Ricardo, su amor de la infancia, para robarme mi "don de charro" y con él, vivir para siempre en la gloria de los jaripeos.
"Ahora yo seré el campeón", dijo Ricardo, poniéndose de pie. "Y Lupita estará a mi lado, como siempre debió ser".
"Viviremos para siempre, Alex", añadió Lupita, con una chispa de locura en los ojos. "En la cima. Sin dolor, sin limitaciones".
La traición era tan vasta, tan profunda, que casi ahogaba el dolor físico. Mi amor, mi amistad, mi carrera, mi futuro... todo reducido a una mentira.
Miré la casa que había sido mi hogar, el rancho que mi abuelo me había heredado. Vi las luces encendidas, y supe que ya no era mío. Se lo habían llevado todo.
Y entonces, en medio de la agonía y la desesperación, una idea extraña y liberadora se apoderó de mí. El "castigo del don". El dolor que me consumía. Ellos querían el don, pero no conocían el precio. No sabían del tormento que venía con él.
"¿Lo quieren?", dije, mi voz sonando extrañamente fuerte. "Tómenlo. Es suyo".
En mi mente, me concentré en el don, en esa energía que fluía en mis venas. Y con toda la fuerza de mi voluntad, deseé que se transfiriera a ellos. Que los consumiera a ellos.
Quería liberarme. Aunque fuera lo último que hiciera.
Lupita y Ricardo se miraron, confundidos por un segundo, y luego sonrieron con codicia. No tenían idea del infierno que acababan de heredar.
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