
El Desprecio de Mi Adelita
Capítulo 3
Un calor intenso fluyó desde mi pecho hacia mis piernas rotas. No era el calor del dolor, sino algo diferente, como si un peso que había cargado durante años finalmente se estuviera levantando. En mi mente, sentí la conexión con el "don" aflojarse, estirarse como una liga a punto de romperse. Era una sensación agridulce. Estaba perdiendo la esencia de lo que me definía como charro, pero también me estaba liberando de un tormento silencioso.
Lupita y Ricardo no sintieron nada. Estaban demasiado ocupados celebrando su victoria. Se abrazaron y se besaron sobre mi cuerpo destrozado, sus risas resonando en la noche fría. Eran la imagen perfecta de la codicia satisfecha, ciegos a la trampa que acababan de activar.
De repente, una voz resonó en la mente de los tres. No era una voz humana. Era fría, impersonal, metálica. La voz del "sistema".
[Transferencia de 'Don de Charro' iniciada del anfitrión Alejandro Ramírez a los nuevos anfitriones Guadalupe Fernández y Ricardo Sánchez.]
Lupita y Ricardo se separaron de golpe, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
"¿Qué fue eso?", preguntó Lupita, su voz temblando por primera vez.
"Es el don", dijo Ricardo, con una mezcla de miedo y euforia. "¡Está funcionando! ¡Lo tenemos!".
[La transferencia requiere la vinculación de los nuevos anfitriones. Anfitriona Guadalupe Fernández, por favor, seleccione su objetivo de lealtad.]
Una luz tenue, visible solo para nosotros, envolvió a Lupita. Ella miró a Ricardo, sus ojos brillando con ambición.
"Tú, mi amor", dijo sin dudarlo. "Te elijo a ti, Ricardo. Para siempre".
[Anfitrión Ricardo Sánchez, por favor, seleccione su objetivo de lealtad.]
La misma luz envolvió a Ricardo. Él tomó la cara de Lupita entre sus manos.
"Y yo te elijo a ti, mi reina. Juntos conquistaremos el mundo".
Sus palabras estaban llenas de una pasión fingida, un teatro para un público invisible. Creyeron que estaban sellando un pacto de amor eterno, cuando en realidad estaban forjando las cadenas de su propia prisión.
[Vinculación confirmada. Guadalupe Fernández y Ricardo Sánchez están ahora vinculados al 'Don de Charro'. La transferencia se completará en 72 horas.]
La voz del sistema se desvaneció, dejándonos en un silencio tenso. Lupita y Ricardo se miraron, sonriendo, creyendo que habían ganado el premio mayor.
"¿Oíste eso, compadre?", dijo Ricardo, su arrogancia regresando con toda su fuerza. "Ahora somos los dueños del don. Para siempre".
[Como gesto de finalización de contrato, las heridas del anfitrión original, Alejandro Ramírez, serán sanadas a un nivel funcional. Tiene 72 horas para despedirse antes de la transferencia final.]
Sentí cómo mis huesos se realineaban, cómo la piel se cerraba. El dolor agudo se transformó en una molestia sorda. No era una curación completa, pero era suficiente. Me puse de pie lentamente, mis piernas temblorosas pero firmes. La camioneta ya no estaba sobre mí; Lupita la había movido en algún momento, demasiado absorta en su nuevo "poder".
Lupita y Ricardo me miraron con sorpresa, luego con desdén.
"Mira, el sistema es generoso", se burló Lupita. "Te da una última oportunidad para que veas lo que perdiste".
"No perdí nada", respondí, mi voz tranquila. "Ustedes lo hicieron".
Ricardo soltó una carcajada.
"No seas ridículo, Alex. Tenemos el poder de ser los mejores charros de la historia. La fama, el dinero, la gloria... todo será nuestro. ¿Y tú qué tienes?".
"Libertad", dije, y por primera vez en mucho tiempo, la palabra se sintió real.
Se quedaron en silencio, sin entender. Para ellos, el don era una herramienta para la gloria. Nunca se les ocurrió que esa herramienta tenía reglas. Reglas que yo había sufrido en silencio durante años. Reglas que ellos estaban a punto de aprender de la manera más dolorosa.
Me di la vuelta y comencé a caminar, alejándome del rancho que una vez fue mi hogar, de la mujer que una vez amé y del hombre que una vez llamé amigo. Cada paso era un poco más firme que el anterior. El "castigo del don" había desaparecido por completo. El dolor crónico en mis articulaciones, las migrañas cegadoras, la fatiga constante... todo se había ido. Me sentía ligero, vacío, pero libre.
Tenía 72 horas. Y solo había una persona a la que necesitaba ver. Mi abuelo, Don Chente.
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