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Portada de la novela El Despertar de un Ídolo

El Despertar de un Ídolo

Alejandro Ramírez, el púgil conocido como El Toro, sufre la peor de las traiciones por parte de Isabella, su mánager y novia. Tras ser drogado, despierta en una clínica donde descubre que le han extraído un riñón para salvar al amante de ella. Además, Isabella decidió abortar a su hijo bajo presiones externas. Usado como peón de la mafia, Alejandro logra obtener pruebas de la infidelidad y huye a Guadalajara para sanar y rehacer su vida.
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Capítulo 2

El agua de jamaica que Isabella le sirvió tenía un sabor extraño.

Alejandro Ramírez, "El Toro", frunció el ceño levemente, pero Isabella le sonrió con tanta dulzura que desechó la duda.

Ella era su todo: su mánager, su amor, la dueña de la promotora que lo había hecho estrella.

"Bébetela toda, mi amor," le dijo ella, acariciando su mejilla. "Estás tenso por la lucha de mañana. Esto te relajará."

Él obedeció, como siempre.

Confiaba en ella ciegamente.

El dulzor empalagoso del líquido rojo cubrió el regusto amargo.

Poco después, un mareo denso lo invadió.

Las luces de la cocina empezaron a girar.

La voz de Isabella se volvió lejana, un eco distorsionado.

"Descansa, mi Toro," fue lo último que escuchó claramente antes de que la oscuridad lo tragara.

Cuando recuperó una brumosa conciencia, el olor a antiséptico le picó la nariz.

No estaba en su cama.

Una luz fluorescente parpadeaba sobre él.

Intentó moverse, pero un dolor agudo en el costado derecho lo paralizó.

Estaba en una especie de clínica, pero no una de las que conocía. Esta era... clandestina.

Podía sentirlo en el aire frío y en la crudeza del entorno.

Entonces, escuchó voces al otro lado de una delgada cortina.

La voz de Isabella, tensa, y la de Carmen, su amiga enfermera, llena de angustia.

"Isabella, esto es una locura," decía Carmen, casi en un susurro. "¿Un riñón? ¿Sin su consentimiento pleno? Le dijiste que era una donación de tejido para un familiar lejano tuyo, ¡una urgencia!"

Alejandro sintió que el suelo desaparecía bajo él.

Un riñón. Su riñón.

"Ricardo lo necesita, Carmen," replicó Isabella, su voz fría como el acero. "Tiene una enfermedad renal terminal. Sin esto, se muere."

¿Ricardo? ¿"El Poeta" Solís? El músico vago y vividor por el que Isabella suspiraba abiertamente, a pesar de estar con Alejandro.

"¡Ricardo tiene problemas por sus excesos, Isabella, no una enfermedad terminal inventada!" Carmen sonaba desesperada. "Y tú... ¿planeas compensar a Alejandro casándote con él después de esto? ¿Crees que eso arregla mutilarlo?"

Alejandro apretó los dientes. El dolor en su costado se intensificó, pero era nada comparado con la puñalada que sentía en el pecho.

Una boda. Así planeaba ella "compensarlo".

Carmen no se rindió. Su voz temblaba.

"¿No recuerdas, Isabella? Hace años, cuando Ricardo te chocó conduciendo borracho y perdiste esa beca de danza, Alejandro se sometió a tratamientos experimentales en sus propias rodillas lesionadas para encontrar una cura para ti. ¡Ricardo te abandonó entonces! Solo regresó cuando heredaste la promotora de tu padre."

Silencio. Alejandro recordaba ese dolor en sus rodillas, el miedo, pero lo había hecho por ella. Por su futuro.

"Y el bebé, Isabella..." continuó Carmen, su voz rota. "El hijo de Alejandro que abortaste porque Ricardo te presionó. ¿También lo olvidaste?"

Un hijo. Habían perdido un hijo por Ricardo. Isabella nunca se lo había dicho así. Solo que "no era el momento".

El mundo de Alejandro se desmoronaba.

Cada palabra era un golpe más brutal que cualquiera recibido en el ring.

"Ricardo es diferente ahora," dijo Isabella, su voz firme, sin rastro de culpa. "Él me necesita. Alejandro es fuerte, lo superará. Siempre lo hace por mí."

La frialdad de Isabella era absoluta.

Alejandro ya no era una persona para ella; era un medio para un fin. Un almacén de órganos para Ricardo.

Sintió una punzada helada en el costado, luego un tirón.

La cirugía. Estaba comenzando.

Y él estaba despierto, escuchándolo todo.

El dolor físico era insoportable, pero la traición lo consumía todo. Su corazón, antes lleno de amor por Isabella, se hacía pedazos.

Despertó de nuevo, esta vez entre sábanas de seda en una habitación lujosa de hospital.

El sol entraba por una ventana enorme.

Isabella estaba a su lado, su rostro una máscara de preocupación.

"Mi amor, qué susto nos diste," dijo, tomando su mano. Sus dedos estaban fríos. "Tuviste una complicación de una vieja lesión de lucha. Necesitaste una cirugía de emergencia en el riñón. Pero todo está bien ahora."

Mentiras.

Alejandro la miró, sus ojos vacíos. La imagen de la clínica clandestina, las voces, el dolor... todo era demasiado vívido.

Él sabía la verdad.

Ella lo había destrozado.

"Estoy... cansado," logró decir, su voz rasposa.

"Descansa, mi vida. Estaré aquí."

Pero él sabía que no era por él.

Más tarde, dos enfermeras entraron a revisarlo. Cuchicheaban entre ellas, creyendo que dormía.

"Pobre hombre," dijo una. "Pero qué devota es la señorita Montoya con el músico, el señor Solís. No se aparta de su lado. Dicen que se recupera milagrosamente en la habitación de al lado."

"Sí, un verdadero milagro," contestó la otra con un dejo de ironía. "Casi tan rápido como operaron al luchador."

Alejandro cerró los ojos. La confirmación era innecesaria, pero ahí estaba.

Isabella ni siquiera se molestaba en ocultar su devoción por Ricardo.

Ella salió un momento después, seguro para ver a su "enfermo terminal".

Lo dejó solo, como siempre lo había estado en esa relación, aunque antes no lo veía.

El dolor era una bestia instalada en su cuerpo y en su alma.

La traición de Isabella era un veneno que recorría sus venas.

Ya no había amor, solo cenizas y un frío glacial.

Tenía que salir de allí. De ella. De esa vida falsa.

Recordó a Sofía Herrera, "La Patrona".

Dueña de la promotora rival en Guadalajara. Una mujer fuerte, directa, que siempre había mostrado un respeto genuino por su talento, por su nobleza, como ella decía.

Una vez, en un evento benéfico, ella le había pedido un autógrafo en una foto suya. "Para mi oficina," dijo con una sonrisa tímida que contrastaba con su imagen imponente. "Para recordar que aún queda gente buena en este negocio."

Él había sonreído, halagado y sorprendido.

Ahora, esa mujer era su única esperanza.

Con mano temblorosa, tomó su celular de la mesita de noche.

Buscó su número.

Marcó.

La voz de Sofía sonó clara y profesional al otro lado.

"¿Diga?"

"Sofía... soy Alejandro. Alejandro Ramírez."

Hubo un breve silencio. Luego, la voz de Sofía se suavizó un poco.

"Alejandro. Qué sorpresa. ¿Estás bien? He oído rumores... de una lesión."

"Estoy... necesito un favor, Sofía," dijo él, su voz apenas un susurro. "Quiero romper mi contrato con Isabella. Quiero luchar para ti. Empezaré de cero si es necesario. Pero necesito salir de aquí."

Mencionó la foto. "¿Aún la tienes?"

Sofía rio suavemente. "Claro que sí, Toro. Está justo frente a mí. Siempre supe que eras demasiado bueno para ella."

Su tono se volvió serio. "Vente a Guadalajara. Te quiero aquí en siete días. Y olvídate de Isabella Montoya. Ella ya no existe para ti."

Siete días. Una nueva vida. Una oportunidad.

"Gracias, Sofía," dijo Alejandro, sintiendo una pequeña chispa de algo parecido a la esperanza.

"No hay de qué, Alejandro. Aquí te espero."

Colgó.

Siete días.

Miró por la ventana del lujoso hospital. Ciudad de México se extendía abajo, un monstruo de concreto que ahora solo representaba dolor y engaño.

Guadalajara. Un nuevo comienzo.

Lejos de Isabella. Lejos de su corazón robado.

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