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Portada de la novela El Despertar de un Ídolo

El Despertar de un Ídolo

Alejandro Ramírez, el púgil conocido como El Toro, sufre la peor de las traiciones por parte de Isabella, su mánager y novia. Tras ser drogado, despierta en una clínica donde descubre que le han extraído un riñón para salvar al amante de ella. Además, Isabella decidió abortar a su hijo bajo presiones externas. Usado como peón de la mafia, Alejandro logra obtener pruebas de la infidelidad y huye a Guadalajara para sanar y rehacer su vida.
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Capítulo 3

Sofía Herrera colgó el teléfono.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

Alejandro Ramírez. "El Toro". Finalmente.

Durante años lo había observado desde la distancia, admirando no solo su fuerza en el ring, sino la nobleza que irradiaba, esa decencia tan rara en el mundo de la lucha libre.

Sabía que Isabella Montoya no lo merecía.

Siempre lo supo.

"Siete días," murmuró Sofía para sí misma, mirando la foto autografiada de Alejandro que, efectivamente, adornaba su escritorio. "Y serás mío, Toro. Esta vez, para siempre."

Suspiró, una mezcla de triunfo y una antigua ternura.

Ella no era una mujer que se anduviera con rodeos.

Si Alejandro venía a Guadalajara, no sería solo para luchar.

Sería para construir un imperio juntos.

Y para sanar el corazón que Isabella le había destrozado.

Sofía tomó su propio teléfono y marcó un número.

"Quiero un jet privado listo para volar de Ciudad de México a Guadalajara en siete días," ordenó. "Y prepara la mejor suite del hotel. Y mariachis. Muchos mariachis."

Alejandro, mientras tanto, sintió una calma fría instalarse en él.

La decisión estaba tomada.

Se iría.

Llamó a su banco, transfirió sus ahorros a una nueva cuenta.

Luego, con esfuerzo, se levantó de la cama. El costado le dolía, pero la determinación era más fuerte.

Necesitaba un billete de avión. Un solo sentido a Guadalajara.

Lo compró online desde su teléfono. En siete días. Tal como Sofía había dicho.

Isabella regresó a la habitación horas después.

Su rostro mostraba la misma falsa preocupación de antes.

"¿Cómo te sientes, mi amor?" preguntó, intentando besarlo.

Alejandro giró la cabeza sutilmente.

"Mejor," respondió con frialdad. "El médico dijo que la recuperación será rápida."

"Maravilloso," dijo ella, aunque sus ojos parecían distantes, preocupados por otra cosa. O por otra persona. "He estado tan ocupada con los preparativos... ya sabes."

Él no sabía. Y ya no le importaba.

La miró, realmente la miró por primera vez en mucho tiempo sin el velo del amor.

Vio la ambición, la manipulación, la crueldad disfrazada de encanto.

¿Cómo había podido ser tan ciego?

Los siguientes días fueron una tortura silenciosa para Alejandro.

Isabella iba y venía, siempre "ocupada".

Él se concentraba en recuperarse, en caminar un poco más cada día por el pasillo del hospital, ignorando las miradas curiosas de las enfermeras.

El día que le dieron el alta, Isabella apareció radiante.

"Te tengo una sorpresa, mi Toro," dijo, su voz cantarina.

Lo llevó en su lujoso coche, no hacia el departamento que compartían, sino hacia Cuernavaca.

Él no preguntó. Solo observaba el paisaje pasar, sintiendo un vacío helado donde antes había amor.

Llegaron a una elegante hacienda, adornada con flores blancas y luces.

Música suave flotaba en el aire. Había mucha gente, todos vestidos de gala.

"¡Sorpresa!" gritó Isabella, tomando su mano y llevándolo hacia el centro del jardín. "¡Es nuestra fiesta de compromiso!"

Alejandro se quedó inmóvil.

¿Compromiso? ¿Después de lo que le había hecho?

La gente aplaudía, sonreía. Caras conocidas de la promotora, "amigos" de Isabella.

Él se sentía como un espectador en su propia vida.

Entonces, Ricardo Solís apareció entre la multitud.

Vestido con un ridículo traje de lino blanco, sonreía con suficiencia.

"¡Felicidades, hermanito!" dijo, abrazando brevemente a Alejandro. El olor a alcohol barato emanaba de él. "Vengo a darles mi bendición."

Se giró hacia Isabella, tomándola de las manos. "Isabella, querida, mereces toda la felicidad del mundo."

Y entonces, justo cuando la atención estaba sobre él, Ricardo gimió suavemente y se llevó una mano al pecho.

Sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó en el suelo.

"¡Ricardo!" gritó Isabella, soltando la mano de Alejandro como si quemara.

Corrió hacia Ricardo, arrodillándose a su lado, su rostro lleno de pánico genuino.

"¡Ricardo, mi amor, qué te pasa!"

Alejandro se quedó solo en medio de la fiesta, el anillo de compromiso que Isabella seguramente planeaba darle olvidado.

Todos los invitados rodearon a la pareja en el suelo, ofreciendo ayuda, susurrando con preocupación.

Ricardo, desde el suelo y apenas abriendo un ojo, le lanzó a Alejandro una mirada.

Una mirada triunfal.

Burlona.

Alejandro entendió. Todo era un teatro. Ricardo no estaba enfermo. Ricardo lo controlaba todo. Controlaba a Isabella.

Y él, Alejandro, era solo un peón en su juego.

La humillación fue la gota que colmó el vaso.

Sintió una rabia fría y clara.

Ya no había dolor. Solo una determinación de acero.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida de la hacienda, dejando atrás la farsa, la música, y a Isabella arrodillada junto al hombre que realmente amaba.

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