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Portada de la novela El despertar de la luna Rechazada

El despertar de la luna Rechazada

Al cumplir dieciocho años, Eliana enfrenta el desprecio de Caleb, el futuro Alfa que la rechaza por su aparente debilidad humana. Traicionada por los suyos, se interna en el Bosque Prohibido, hogar del implacable Rey Alfa Kaelen. Allí descubre que el temido monarca es su segundo compañero de alma. Bajo su guía, ella despierta un linaje sagrado y letal, transformándose en la mayor amenaza para quienes la desterraron y subestimaron su verdadero poder.
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Capítulo 2

La lluvia azotaba mi rostro como si la misma Diosa de la Luna estuviera llorando mi desgracia o, quizás, castigándome por mi debilidad. Mis pies descalzos resbalaban en el barro espeso y oscuro del bosque, chocando contra raíces retorcidas y piedras afiladas que desgarraban mi piel. Ya no sentía el frío paralizante de la tormenta de otoño, ni el ardor de los profundos cortes en mis pantorrillas. El dolor físico palidecía ante la agonía sorda, oscura y punzante que irradiaba de mi pecho.

El rechazo de Caleb había dejado un cráter humeante en mi alma. Sentía como si un cordón invisible que me conectaba a la vida y a la esperanza hubiera sido arrancado de cuajo y quemado hasta las cenizas.

No sé exactamente cuánto tiempo corrí a ciegas. Minutos, horas, quizás toda la noche. Los altos pinos que antes reconocía y que bordeaban los límites de mi antiguo hogar se transformaron gradualmente en árboles centenarios, enormes y retorcidos. Sus ramas carentes de hojas parecían garras oscuras extendiéndose hacia el cielo tormentoso, listos para atrapar a los incautos. Una niebla antinatural comenzó a levantarse del suelo húmedo, espesa y de un tono grisáceo mortecino, envolviéndome como un sudario helado.

Sin darme cuenta, cegada por el pánico y las lágrimas, había cruzado la frontera maldita. Estaba de pie en el temido territorio de la manada Sangre de Ónice.

Las historias que los ancianos de Luna de Plata contaban en susurros aterrorizados decían que ningún lobo invasor sobrevivía más de cinco minutos en estas tierras oscuras. Se decía con convicción que el Rey Alfa, Kaelen, gobernaba con puño de hierro y una sed de sangre insaciable. Sus guerreros eran sombras letales, asesinos despiadados que no hacían preguntas antes de desgarrar gargantas, conocidos por no mostrar misericordia alguna ante los intrusos.

Y yo, una simple humana lisiada y rechazada, acababa de entrar corriendo directamente hacia su matadero.

Mis pulmones ardían exigiendo oxígeno, y mis piernas, temblorosas, acalambradas y exhaustas, finalmente cedieron. Tropecé con una enorme raíz oculta bajo el fango y caí de bruces, rodando sin control por un pequeño terraplén hasta chocar violentamente contra el tronco espinoso de un árbol caído. El duro impacto me sacó el aire de los pulmones de golpe. Me quedé allí, tirada e inmóvil en el barro helado, temblando incontrolablemente. La lluvia me golpeaba sin piedad, empapando mis harapos hasta pegarlos a mi piel magullada.

Estaba lista para rendirme. Si la muerte venía a buscarme aquí, en medio de la oscuridad absoluta de este bosque maldito, al menos esperaba que fuera un final rápido y limpio. Ser devorada por bestias salvajes era un destino mucho mejor que vivir el resto de mi inmortalidad como la deshonra marginada de la manada de Caleb. Cerré los ojos con fuerza, esperando que el frío inclemente me arrastrara pronto a un sueño sin retorno.

Pero entonces, un sonido espeluznante cortó el ensordecedor rugido de la tormenta.

Un gruñido profundo, gutural y cargado de una amenaza mortal vibró en el aire pesado, haciendo temblar los guijarros a mi alrededor. Abrí los ojos de golpe, con el corazón bombeando pura adrenalina. A través de la espesa cortina de niebla y lluvia, vi brillar un par de ojos rojos como faros demoníacos. Luego, otro par emergió a mi derecha. Y otro más a mi izquierda.

Eran lobos. Pero no se parecían en absolutamente nada a los centinelas de mi manada. Estos eran auténticos monstruos de pesadilla, bestias descomunales del tamaño de osos, con pelajes negros y grises irregulares que se camuflaban a la perfección en la penumbra del bosque. Me habían rodeado en un silencio perturbador y absoluto. Estaba atrapada.

El pánico primitivo, aquel que todo ser vivo siente cuando se enfrenta a una muerte violenta e inminente, me obligó a retroceder instintivamente, arrastrándome patéticamente sobre el fango hasta que mi espalda chocó contra la áspera corteza del árbol. Los gigantescos lobos cerraron el círculo letal con lentitud sincronizada, mostrando hileras de colmillos blancos, afilados como cuchillos, que goteaban saliva caliente. No había escapatoria posible.

Cerré los ojos de nuevo, apretando los dientes, preparándome para sentir los feroces colmillos desgarrando mi frágil carne en cualquier segundo. "Diosa, te lo suplico, que sea rápido", rogué en silencio.

Sin embargo, el ataque desgarrador nunca llegó.

En su lugar, el viento del norte cambió de dirección de manera brusca y violenta. Y junto con esa ráfaga helada, un aroma completamente nuevo y desconocido barrió el denso y asfixiante olor a tierra mojada, sangre y peligro inminente.

Mis ojos se abrieron de par en par. La respiración se me atascó en la garganta reseca.

Era un olor embriagador, rico, profundo e infinitamente más poderoso que el leve y superficial aroma a bosque y menta de Caleb. Olía a humo cálido de leña crepitante, a madera de sándalo oscuro y al reconfortante e irresistible aroma del chocolate amargo recién fundido. Era una mezcla oscura y sumamente peligrosa, pero al mismo tiempo irradiaba un calor protector que envolvió mi alma destrozada como un escudo de acero impenetrable.

La herida abierta, sangrante y espiritual de mi pecho, el dolor abrasador y vacío que había dejado el cruel rechazo público, pareció adormecerse mágicamente al instante. En las leyendas más antiguas y empolvadas se hablaba de algo casi imposible, un raro mito que nadie cuerdo creía real: el don sagrado de la segunda oportunidad. Un segundo compañero predestinado, concedido por la compasiva Diosa de la Luna única y exclusivamente a aquellos que habían sufrido el dolor más injusto y devastador en su primer vínculo.

Compañero.

Esta vez, la palabra no fue un tímido susurro de esperanza, fue un rugido ensordecedor de certeza absoluta en mi mente.

Los gigantescos lobos asesinos que hace un segundo amenazaban con despedazarme de repente gimieron patéticamente. Sus imponentes posturas agresivas desaparecieron por completo como si hubieran sido golpeados; bajaron las orejas, metieron las gruesas colas entre las patas traseras y se aplanaron temblando contra el suelo fangoso en un acto de sumisión total y absoluta.

De entre las sombras más profundas de los enormes árboles, emergió una figura.

Primero vi a la majestuosa bestia. Era el lobo más colosal, imponente y aterrador que mis ojos hubieran presenciado jamás, empequeñeciendo a los otros monstruos. Su grueso pelaje era del color de la obsidiana más pura, tragándose la poca luz plateada de la luna que lograba filtrarse entre las nubes tormentosas. Sus ojos no eran del común color dorado o rojo sangre, sino de un plateado resplandeciente, casi luminiscente en la oscuridad, llenos de una intensidad salvaje e inteligente que lograba paralizar los sentidos.

El gigantesco lobo negro clavó su mirada en mí, y juro que el tiempo y la lluvia se detuvieron. Emitió un gruñido posesivo, gutural y aterrador que hizo temblar la tierra misma bajo mis dedos heridos. El sonido no amenazaba con lastimarme; era una clara y letal advertencia directa a cualquier ser viviente en kilómetros a la redonda: Ella me pertenece. Intenta tocarla y morirás.

Ante mis propios ojos atónitos, escuché el perturbador crujido de huesos reorganizándose. La gigantesca bestia se transformó en un hombre en cuestión de escasos segundos, sin mostrar el más mínimo signo de esfuerzo o dolor, una clara e innegable señal de su poderío abrumador.

Era excepcionalmente alto, superando fácilmente el metro noventa, con hombros anormalmente anchos y músculos marcados que brillaban húmedos bajo la lluvia torrencial. Su cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre su frente y su rostro era una obra de arte severa y tallada en mármol, de mandíbula tensa y facciones duras, aristocráticas e implacables. Pero fueron sus ojos, todavía brillando peligrosamente con ese irreal fuego plateado, los que me robaron el aliento por completo.

Kaelen. El Rey Alfa. El monstruo sediento de sangre de las peores pesadillas del continente. Y ahora... mi único compañero.

Él caminó hacia mí con zancadas largas, silenciosas y depredadoras, ignorando por completo la furiosa tormenta y a sus temibles guerreros postrados a su alrededor. Yo seguía paralizada en el suelo, temblando violentamente de frío, cubierta de barro asqueroso y harapos rotos, sintiéndome más pequeña, indigna e insignificante que nunca en mi vida.

Se arrodilló lentamente frente a mí en el fango, importándole absolutamente nada arruinar sus finas ropas oscuras. Su imponente presencia era francamente asfixiante y cálidamente protectora al mismo tiempo. Levantó una mano inmensa, cuyos nudillos estaban cubiertos de viejas cicatrices descoloridas, y con una asombrosa delicadeza que contrastaba brutalmente con su apariencia letal, apartó un mechón de mi cabello mojado y sucio de mi rostro lloroso.

Su piel ardía con el intenso calor de una fragua encendida. Al primer roce de sus dedos gruesos, una deliciosa descarga eléctrica recorrió cada centímetro de mi cuerpo herido, sellando definitivamente las grietas de mi alma y haciendo desaparecer el frío de mis huesos.

-Te encontré -murmuró. Su voz era profunda, ronca como el roce de dos piedras pesadas, y estaba cargada de una devoción tan intensa que amenazó con hacerme llorar a mares de nuevo. Sus inescrutables ojos plateados recorrieron mi cuerpo tembloroso, deteniéndose en mis rodillas ensangrentadas, mis manos raspadas y mis pies severamente heridos. Un gruñido sordo e inhumano vibró fuertemente en su ancho pecho, y sus ojos relampaguearon con una furia asesina apenas contenida-. ¿Quién se atrevió a lastimarte, pequeña mía?

Intenté mover los labios para responderle, para advertirle que yo era un fraude sin magia, pero el cansancio extremo, el frío glacial y la montaña rusa de emociones del día finalmente cobraron su alto precio. El bosque lúgubre comenzó a dar vueltas rápidamente a mi alrededor. Mi visión se oscureció abruptamente en los bordes.

Sentí sus fuertes brazos de acero envolverme con firmeza, levantándome del suelo fangoso con la facilidad sin esfuerzo con la que se alza a una pequeña pluma. Me apretó contra su pecho duro como una roca y ardiente como el fuego. El exquisito aroma a humo de leña, sándalo oscuro y chocolate amargo me envolvió por completo, ahuyentando hasta la última sombra de miedo.

-Estás a salvo ahora. Eres mía -fue lo último que escuché en medio de la tormenta, antes de hundirme feliz y exhausta en la reconfortante oscuridad, refugiada para siempre en los brazos del monstruo más temido del mundo.

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