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Portada de la novela El despertar de la luna Rechazada

El despertar de la luna Rechazada

Al cumplir dieciocho años, Eliana enfrenta el desprecio de Caleb, el futuro Alfa que la rechaza por su aparente debilidad humana. Traicionada por los suyos, se interna en el Bosque Prohibido, hogar del implacable Rey Alfa Kaelen. Allí descubre que el temido monarca es su segundo compañero de alma. Bajo su guía, ella despierta un linaje sagrado y letal, transformándose en la mayor amenaza para quienes la desterraron y subestimaron su verdadero poder.
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Capítulo 3

El despertar no fue abrupto, sino un lento y perezoso ascenso desde las profundidades de un sueño cálido y reparador. Acostumbrada a abrir los ojos en un catre estrecho con un colchón relleno de paja endurecida, rodeada por el olor a humedad y productos de limpieza del cuarto de servicio, mi cerebro tardó varios minutos en procesar la nueva realidad que me rodeaba.

En primer lugar, no sentía frío. Un calor envolvente y reconfortante me abrazaba por completo. En segundo lugar, la superficie bajo mi cuerpo era ridículamente suave, como si estuviera flotando sobre una nube tejida con seda y plumas de ganso. Y, por último, estaba el olor. El embriagador, oscuro y varonil aroma a humo de leña, sándalo y chocolate amargo lo impregnaba absolutamente todo, calando hasta lo más profundo de mis huesos y haciendo que mi corazón latiera con un ritmo acelerado, pero extrañamente pacífico.

Abrí los ojos con lentitud, parpadeando para adaptarme a la luz tenue.

Me encontraba en el centro de una cama colosal, lo suficientemente grande como para acomodar a cuatro personas, envuelta en sábanas de un profundo color borgoña. La habitación era inmensa y exhalaba un lujo austero y masculino. Paredes de piedra oscura, grandes ventanales que mostraban un cielo gris matutino y una inmensa chimenea de mármol negro donde el fuego crepitaba alegremente.

Me senté de golpe, y el pánico amenazó con apoderarse de mí, pero fue sofocado casi de inmediato por la tranquilidad antinatural que me transmitía el lazo de mi nuevo compañero. Miré hacia abajo. Ya no llevaba el andrajoso vestido manchado de espuma y barro de la noche anterior. En su lugar, estaba vestida con una enorme camiseta negra de algodón que me llegaba hasta la mitad de los muslos. Olía intensamente a él. Alguien me había limpiado, vendado cuidadosamente los cortes de mis piernas y curado las profundas heridas de mis pies.

De hecho, no sentía ningún dolor. El cráter agonizante que el rechazo de Caleb había dejado en mi pecho había desaparecido, reemplazado por un calor palpitante, un hilo dorado invisible que vibraba de vida pura.

El suave clic del picaporte de la gruesa puerta de roble me hizo saltar. Me encogí instintivamente contra la cabecera de la cama, atrayendo las pesadas mantas hacia mi pecho como un escudo patético.

Kaelen entró en la habitación.

Si anoche en medio de la tormenta me había parecido un dios de la guerra letal e inalcanzable, a la luz del día era aún más devastador. Llevaba unos pantalones de chándal oscuros y una camiseta ajustada que no hacía absolutamente nada por ocultar los músculos esculpidos de su pecho y brazos. Su cabello oscuro aún estaba ligeramente húmedo, cayendo rebelde sobre su frente. Al verme despierta, se detuvo en seco. Sus ojos plateados, brillantes, intensos e insondables, se clavaron en mí, devorando cada centímetro de mi rostro.

La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. El poder que emanaba de él era abrumador, un aura de dominio absoluto que en cualquier otro lobo me habría obligado a aplastar mi rostro contra el suelo en sumisión, pero que ahora, filtrado a través del vínculo de compañeros, solo me hacía sentir protegida.

-Despertaste -su voz fue un murmullo profundo, un barítono ronco que envió un delicioso escalofrío desde mi nuca hasta la base de mi columna-. ¿Tienes dolor?

Negué con la cabeza, incapaz de articular una sola palabra, mis dedos aferrándose a las sábanas hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

Kaelen dio un paso hacia la cama con movimientos lentos y calculados, como si se estuviera acercando a un animal salvaje asustado. Cuando llegó al borde del colchón, se sentó. El colchón se hundió bajo su considerable peso. Levantó una mano inmensa hacia mi rostro. Yo, condicionada por años de maltrato e insultos en la manada Luna de Plata, cerré los ojos con fuerza y aparté la cara instintivamente, esperando el golpe o el insulto.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Cuando volví a abrir los ojos, el rostro de Kaelen se había transformado. La calma había desaparecido, reemplazada por una tormenta de furia asesina contenida. Su mandíbula estaba apretada con tanta fuerza que escuché rechinar sus dientes. Sus ojos plateados destellaron con un peligro letal, pero me di cuenta de que no estaba enojado conmigo. Estaba enojado por mi reacción.

-Nunca -gruñó, su voz vibrando con el poder de un Alfa Supremo-, nunca vuelvas a encogerte ante mí. Jamás te levantaré la mano. Prefiero cortarme mis propios brazos antes de causarte el más mínimo rasguño. ¿Me entiendes?

Asentí, tragando saliva. La sinceridad pura y cruda en su voz me desarmó por completo.

Con extrema delicadeza, sus dedos ásperos acariciaron mi mejilla, apartando un mechón de cabello. Su pulgar rozó mi piel, enviando chispas de electricidad por todo mi sistema nervioso.

-¿Cuál es tu nombre, pequeña mía? -preguntó suavemente, su mirada ablandándose mientras se perdía en mis ojos castaños.

-Eliana -susurré, mi voz apenas un hilo tembloroso-. Eliana de la manada... -me detuve, recordando que ya no pertenecía a ningún lugar-. Solo Eliana.

Los ojos de Kaelen se oscurecieron. Su pulgar se detuvo sobre mi piel. Inhaló profundamente, su nariz rozando mi cuello, aspirando mi aroma.

-Huelo la sombra de una manada en tu sangre, Eliana. Luna de Plata. Pero también huelo algo más... huelo un lazo roto. Sangre y traición -su pecho emitió un gruñido bajo que hizo vibrar el aire-. Alguien se atrevió a rechazarte. Alguien te obligó a correr hacia mi bosque en medio de una tormenta, sangrando y llorando.

Las lágrimas traicioneras picaron mis ojos. El recuerdo de la humillación pública, la risa de Aria y la mirada de asco de Caleb volvió a golpearme.

-Él... era el futuro Alfa -confesé, mirando mis manos-. Caleb. Me rechazó frente a toda la manada anoche.

El rugido que escapó de la garganta de Kaelen hizo temblar los cristales de las ventanas. El aura a su alrededor se volvió tan densa que las sombras de la habitación parecieron retorcerse, respondiendo a su furia desatada. Se levantó de golpe, la pura sed de sangre irradiando de cada uno de sus poros.

-Voy a arrancarle el corazón del pecho con mis propias manos y haré que su manada se ahogue en sus propias cenizas -sentenció, su voz no era una amenaza, era una promesa letal y absoluta.

El pánico me invadió de nuevo. Tenía que detenerlo. Tenía que decirle la verdad antes de que él también me mirara con asco.

-¡No! -grité, extendiendo la mano para agarrar su muñeca. Era como aferrarse a una viga de acero caliente-. Kaelen, escucha. Tienes que entender por qué lo hizo. No debes querer vengarme.

Él me miró, deteniéndose ante mi toque, la ira cediendo ligeramente ante la confusión.

-Él tenía razón al rechazarme -dije, y cada palabra era un cristal roto en mi garganta. Las lágrimas finalmente se derramaron por mis mejillas-. Soy una lisiada. Cumplí dieciocho años anoche y no pasó nada. No tengo loba, Kaelen. No me curo rápido, no tengo fuerza, no tengo magia. Soy una simple humana inútil atrapada en el cuerpo de un lobo defectuoso. Deberías dejarme ir. Si te atas a mí, seré tu mayor vergüenza frente a tu manada.

Cerré los ojos, preparándome para la repulsión, esperando escuchar las mismas palabras que Caleb había escupido. Esperando el segundo y definitivo rechazo que acabaría con mi vida.

Pero en lugar de apartarse, Kaelen volvió a sentarse, atrayéndome bruscamente contra su pecho macizo. Sus brazos me rodearon, aplastándome contra él en un abrazo tan posesivo y feroz que me dejó sin aliento. Enterró su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma como si fuera su oxígeno.

-Eres perfecta -susurró contra mi piel, su voz cargada de una devoción que rozaba la locura-. Loba o no, fuerte o humana, eres mi alma, eres mía. Esos idiotas no tenían los ojos para ver el tesoro que estaban pisoteando. Pero yo sí.

Se apartó lo suficiente para acunar mi rostro entre sus enormes manos, obligándome a mirarlo. Sus ojos plateados ardían con una intensidad profética.

-No estás rota, Eliana. Y te juro por la Diosa de la Luna, que los que te hicieron creer esa mentira pagarán con sangre cada lágrima que has derramado. Eres la Reina de Sangre de Ónice ahora, y el mundo entero se arrodillará a tus pies.

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