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Portada de la novela EL demonio dorado

EL demonio dorado

Criada en la castidad de un convento, una joven huérfana ve cómo su existencia cambia al cruzarse con un enigmático protector. Mientras ella encarna la inocencia, él maneja su destino desde la oscuridad absoluta. Entre los dos nace una atracción inevitable, un lazo que parece forjado en el abismo. Esta narrativa de misterio y pasión explora cómo la pureza y las sombras se funden en un compromiso perpetuo que desafía cualquier lógica humana.
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Capítulo 2

Él, le tapó la boca, siguió entrando y saliendo de su coño, ahora humedecido por su cremoso fluido. Hasta que por fin la libero.

—Vístete rápido. —Le hizo caso y se puso el hábito, sus bragas fueron lo último. Mientras lo hacía no dejaba de ver su enorme tronco, con venas marcadas, se volvió a saborear. 

¡Toc, toc!. Tocó nuevamente, con mayor hiperactividad.

—¡Abre la puerta de una buena vez, niña inútil!.—Maldita, así catalogaba a la mujer que los interrumpió.

Leóncio fue más inteligente que ella, se acostó sobre la mancha de sangre. Antes de abrir la puerta, recogió su sostén. Lo escondio dentro de su medio fondo

—¡Voy señora!. —Exclamó, fingiendo estar algo sofocada. 

Cuando por fin, le abrió, casi le hace caer por la fuerza del empujé.

—¿Por qué le pusiste seguro a la puerta?.—No le podia decir que cumplía una fantasía erótica y que su hijo estaba más vigoroso que ella.

—Lo ayudaba a ir al baño.—Casi se ríe, más al ver el desconcierto en el hombre.—Esta un poco delicado señora, sería bueno cuidar su alimentación.

—No seas atrevida, cuido muy bien de el, en todos los aspectos. Mejor ve a tu habitación. Quítate el hábito, no estás en el convento.

—Ok, con su permiso.—Casi vuela, aunque le mortificaba que ella viera la mancha de sangre. 

Igual el podía limpiarla cuando su madre se fuera, ese fingidor, pensó con mucha comezón entre sus piernas.

Aunque resultó divino, cuando llegó a la habitación, se desnudo, se ducho nuevamente. Antes de vestirse reparó su sexo frente al espejo, estaba enrojecido. Lo sobo un poco. Moría por volver a sentirlo. 

Sabía que no tardaría en pasar, el también había disfrutado de esas sensaciones, para animarlo, se puso su vestido más bonito, un blanco virginal, recatado. Su cabello negro contrastaba con esos matices puros, con el blanco lana y azul profundo de sus ojos. 

Odiaba esa ropa, toda su nueva existencia, las entidades como ella, tenían un fuego inexplicable, mundano. 

Esperó en la habitación.

Ya había pasado una hora del encuentro fogoso, veía un vídeo ardiente. No podía quejarse, su hermana gemela, había tenido más suerte que ella, vivía con una madre adoptiva que la amaba y le había inculcado la voluntad para mantener un buen trato con ella, aparte de haberse criado en un ambiente más interesantes para una diabla. En parte la envidiaba.

El móvil que usaba, se lo había regalado meses atrás. En su cumpleaños número, 18. Era su secreto mejor guardado, nadie sospechaba que tenía uno, incluso todo el desmadre que tenía archivado en este.

En ocasiones se quedaba, hasta horas de la madrugada, mirando videos pornográficos. También por medio de este había visto por primera vez el rostro del Leóncio, ahora su León. Todo sobre el traumatico accidente que sufrió. Fue amor a primera vista. Por eso no dudo en aceptar la petición de la madre superiora, para sustituir a Jaqueline. 

¡Toc, toc!. 

Habían llegado por ella, fue seguido abrir la puerta. Una de las jóvenes de servicio aguardaba fuera.

—La señora Ines, desea que bajes a cenar con nosotras, luego te tocará acompañar al señor al bosque, es parte de sus terapias. 

—Debe ser una broma, ¿qué hará el señor en ese lugar?.—La chica no hablo. Eso le parecía extraño. Incluso que el fingiera ser casi un vegetal. Del cual pensó ella poder abusar a su antojo. Su fetiche se vino abajo, su naturaleza corrompida siempre había anhelado dominar, usar a su antojo a un ser vulnerable. En definitiva ese León no lo era. 

—Es una orden de la señora Ines, la hermana Jaqueline, incluso otras jóvenes que lo han atendido con anterioridad. Todas lo hacían sin quejarse. 

—Lo haré, no le tengo miedo al bosque, menos a la oscuridad.—Termino de salir y se dispuso a seguir a la chica. En un momento dado está frenó su andar.

—Te sugiero evitar preguntar de más y hablar de cosas que no vienen al caso.—Le temblaban las manos, al parecer en esa casa se manejaba el miedo como método de sumisión.—Mejor no lo hagas.—Replicó, el miedo salía como un vapor alucinante de los poros de esa chica servil.

No volvió hablar, bajo con calma. 

Estando al pie de la escalera, se le erizo la piel, cuando giró, el señor estaba sentado en el salón, junto a su madre. Giro seguido y se alejo, no podía mostrarse vulnerable, ni delatar su obsesión casi enfermiza por el, menos que ya se sentía su dueña. 

Ceno a gusto en el pequeño comedor para empleados, todos se veían muy amables, incluso ya la llamaban por su nombre. Otro punto a su favor fue la abundante comida que sirvieron. Vaya que tenía hambre, después de semejante sacudida que sufrió. 

—Gracias por la cena. Eres una excelente cocinera, doña Consuelo.—La elogio, a la vez tomo otro pudín.

—Lo se, jovencita. —No era tan modesta, pero si atenta y amable.—Te guardaré algún bocadillo para que te lo comas al regresar de tu paseo por el bosque.

—No se moleste, no me gusta abusar de la confianza de nadie.

—Es mi deber alimentar a todos, además al señor, le gusta casi madrugar cuando lo visita. —Esta empezó a recoger algunos platos. La ayudo.—Hazme caso, te dejaré algo en tu habitación. 

—Ok, igual usted lleva más tiempo aquí.—Debia conocer los secretos y las extrañezas de esa mansión y sus habitantes. Todo el pueblo los veneraba, incluso ella por un tiempo. Ahora no sabía que pensar.

Su instante de reflexión se vió interrumpida, la señora Ines la había mandado a llamar para llevar al bosque al señor, cuando llegó el estaba sentado en una silla de ruedas, se le erizo la piel, como si festejará su recorrido visual.

—Lleva al señor Leóncio hasta la mitad del bosque, hay un pequeño camino despejado, después del jardín, entras, las líneas sobre el asfalto te guiarán hasta el círculo. —No entendía nada. Estaba oscuro. 

—¿Qué hago después de dejarlo allá?.

—Te regresas y lo vas a buscar, antes de la puesta de sol, en el tramo más oscuro, no puede darle ni el más ligero reflejo de este. Mí Leoncio aún está muy sensible.—Como no, si hubiera visto la película porno que se cargaron unas horas atrás, no diría eso. 

No intento indagar más y comenzó a arrastrar su silla de ruedas hasta la salida. El iba callado, tampoco intento poner tema de conversación. La noche estaba fría, con una luna espectacular. Agradecía la buena iluminación, le permitió desplazarse con más soltura. Los límites del jardín de la mansión, hacían frontera con la entrada al bosque.

No fue difícil encontrar el camino, estos la tenían asfaltada. Andaron unos 400 metros hasta llegar al pequeño círculo.

—¡Para!, este es el lugar.—Este se levantó con agilidad, sin duda sabía fingir muy bien, se alejo un poco de el.—¡Lárgate!. Tu presencia no me es grata en estos momentos.

—¿Cómo me dijo?, ¡recuerde qué yo fui quién lo uso!. Atrevido, mal educado. —Le dio la espalda y empezó su andar de regreso a la mansión. Este se mantuvo en silencio y ella se quedó con las ganas de golpearlo.

Hubiera sido grato llevar abrigo, la noche estaba muy fría. Escuchó un leve aullido cuando llegó al jardín de la mansión. Se sentó en uno de los banquillos de madera dispuestos en la parte más alta del espacio. Debido a la oscuridad no podía apreciar bien su belleza, apenas su olfato tanteaba el aroma chillón de las flores exoticas. 

Se mantuvo viendo el bosque, su frontera, como un espejismo oscuro y silencioso. Los aullidos seguian jugando a los ecos.

Fue una espera larga, fría. Cuando la luna estuvo en su punto máximo en el firmamento, entro nuevamente a la mansión, apenas eran las doce de la media noche, necesitaba un tiempo de descanso. Ignoro las palabras de doña Inés. Se recostó un rato en la cama. 

El sueño la capturó, hasta perderse en la sedante relajación.

Sol, ven por mí. ¡Ayúdame! 

Una voz la despertó de forma súbita. Se levantó con la mano en el pecho, miró a los lados. Corrió a la ventana. Estaba muy oscuro, eso le daba la clara señal de que pronto amanecería. Bajo corriendo. Casi se resbala cuando descendía por la escalera. 

Si en algo siempre había sido buena, era corriendo, lo hacía con tanta rapidez que a veces le asustaba. Su naturaleza secreta le daba ese poder.

¡Sol!. 

La voz era un eco claro en el bosque. Su corazón acelerado, energizaba sus zancadas. 

Era una situación de loco, incluso la sensación que le transmitía Leóncio. Su León. Sentía un ligero dolor en sus extremidades. ¿Qué le pasaba?.

Cuando percibió su presencia y unos aullidos, camino más despacio, adentrándose en la espesura de las ramas copadas de hojas silvestres. Ahí estaba el, sin poder moverse. La bestia ya iba hacia el, no sintió miedo.

—¡No!. —Grito. Se fue acercando a está, con sus ojos le transmitió otro mandato.

¡El me pertenece, aléjate!. 

Se paralizó, la bestia oscura se arrodilló antes de huir. Dejándola inmersa en mil interrogantes. ¿Qué pacto tenía Leóncio con las tinieblas?

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