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Portada de la novela EL demonio dorado

EL demonio dorado

Criada en la castidad de un convento, una joven huérfana ve cómo su existencia cambia al cruzarse con un enigmático protector. Mientras ella encarna la inocencia, él maneja su destino desde la oscuridad absoluta. Entre los dos nace una atracción inevitable, un lazo que parece forjado en el abismo. Esta narrativa de misterio y pasión explora cómo la pureza y las sombras se funden en un compromiso perpetuo que desafía cualquier lógica humana.
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Capítulo 3

Leóncio estaba casi inmóvil, que decir de su ropa rasgada, ese monstruo pertenecía a la especie más rastrera del Hades. Conocía bien su estirpe, igual el hecho de que era difícil que emergieran. 

Camino unos pasos para observarlo, si lo cargaba se delataría, no solo el guardaba un oscuro secreto. Ella también.

—¡Oh mí León!, al parecer deberás esperar un minuto aquí, soy una débil monjita. No tengo las fuerzas suficientes para cargar un ejemplar como tú.—Acaricio su rostro. El mutismo se volvía apoderar de sus labios. Sospechó que en esos momentos no podía hablar realmente. La frustración en sus ojos felinos lo delataban. 

Se giró, el círculo no estaba lejos, se alejo de el para ir en búsqueda de la silla de rueda. Aprovecho para correr, al no ser observada. Debía ganar tiempo, el punto más oscuro estaba despejandose. Según el misterio que guardaba la honorable familia Badin, el no podía recibir el sol.

Cuando alcanzo a ver el objeto resopló, estaba intacta. La cargo con agilidad, se las ingeniaría para sacarlo. Regresó rápido, donde estaba postrado el cuerpo inerte de Leóncio. El mismo estado catatonico lo tenía preso. 

El tiempo estaba sobre ellos y una claridad que empezaba a penetrar, puso las manos debajo de el y cargo su cuerpo, olía rico. Daban más ganas de follarselo antes de llevarlo a casa.

—Eres más lindo cuando estás mudo, mí León.—Le dió un beso en sus labios carnosos.—Te odio cuando te comportas de forma grosera.—Le dijo mientras iba arrastrando la silla de rueda con dificultad. Debido a la maleza y los escombros impertinentes sobre la tierra.

Sintió alivio al llegar al camino asfaltado. Corrió, no le importaba que este sopechara que ella no era una simple humana, solo deseaba que no se lastimara más. Nada tenía derecho a dañar su cuerpo. Solo ella.

Cuando llegó a la casa ya un hilo horizontal se asomaba. El alba rayaría en ascenso. 

Cómo lo esperaba, la señora Ines y algunos hombres la esperaban en la entrada. Estos no bien ella cruzo el jardín y corrieron hacia ellos, taparon al señor Leóncio con una manta oscura, momento exacto en que el resplandor cego con su calidez.

Las interrogantes seguían, camino con calma hasta la entrada de la mansión, arrastrando la silla de rueda vacía. La señora Ines la esperaba. Sabía que no la pasaría bien cuando estuvieran frente a frente. Su rostro duro la alertó. 

—Disculpe señora.—Susurro cuando estuvo más cerca. Una mueca dura torció los labios de la mujer.

—¡Niña estúpida!.—Las palmas de sus manos chocaron contra su piel, giro el rostro, para hacer creíble su dolor. Ardía un poco, en contraste con el frío que dejo tapizado en su mejilla rasgada.—Eso te lo ganaste por ineficiente. Te advertí que mi Leóncio no podía recibir ni el más mínimo reflejo del sol.

—Lo siento, encontré al señor en muy mal estado en el bosque.—Mantuvo la vista baja, cuando la rabia la consumía sus ojos solían tornarse de un violeta siniestro.—Una criatura lo atacó.

—¿Alcanzaste a verlo?.—El tono de su voz se apaciguó, no dudaba que está supiera todo el caos que rodeaba a su vástago.

—No exactamente, parecía un lobo, huyó cuando me acerque.—Esta hizo silencio. Agradeció cuando caducó. Este no se interrumpió con palabras más bien el sonido de sus finos tacones, alejándose.

Cuando su aura pesada y esencia característica se alejaron lo suficiente de ella, levantó la vista. Cerro y abrió los ojos varias veces para apagar la ira. Ese golpe se lo pagaría con creces.

—¡Hey!, nueva.—La llamo con un tono elevado de voz, una de las chicas de servicio. 

Se acercó, para saber cuál era la siguiente orden que le habían agendado.

—Soy toda oídos.—Paso la mano por su nuca, la molestia le solía generar mucha tensión.

—La señora Ines, te mando un recado conmigo.—La chica no podía tener una voz más desagradable, entre chillona y nasal.

—Habla, mi deber es servir.

—Debes ir a cuidar al señor Leóncio. Por tu culpa llegó hecho un asco. 

—¿Eso en verdad lo mando a decir la señora o le agregaste algunas palabras para que el mensaje me desagradara más?.—Al parecer no le agradaba a la chica, quizás también le gustara hacer travesuras con el señor.

—Solo lo primero, la segunda parte se la agregue yo. Empezaste siendo la cuidadora más inepta que haya atendido al señor. Jaqueline fue la mejor. Lástima que ya no esté.

—Jaqueline volverá. —Habia un doble sentido en sus palabras y el suspiro que emitió con tanto confort.—Solo estare un mes.

—Quizas menos.—La miro de arriba abajo y se marchó. También le cortó los ojos. No estaba en el convento para fingir bonda, 24/7.

Cuando esta desapareció, entro nuevamente a la casa. A prima mañana la decoración en el interior mostraba más sus detalles, desde las paredes pintadas con colores grises, hasta el contraste oscuro de la madera que era la mayor protagonista, sin desmeritar la cantidad de cuadros, incluso el pasillo en el cual se desplazaba tenía innumerables cuadros antiguos enmarcados en madera preciosa. La pintura abstracta no era de su gusto, pero al final de cuentas, la clase alta de todas las sociedades, solían tener gustos absurdos, con excepciónes. 

Su recorrido visual terminó cuando llegó a la habitación de Leóncio. No tocó, igual la estaban esperando. Abrió, seguido se le erizo la piel, había otra sirvienta en el este, se puso nerviosa al verla, incluso dió la espalda y empezó a toser.

—Ya estoy aquí, la señora me ordenó que me quedara con el.

—Si, terminaba de limpiarlo, como podrás ver, está dormido.—Lo señaló, está tenía las mejillas sonrojadas, aparte noto la evidente erección de su León.

—Ok, me quedaré con el. 

—A media mañana puede bajar por su desayuno. El señor Leóncio suele despertar después de las 3 de la tarde. —Esta le esquivaba la mirada. 

—Ok, no me despegare de el durante las próximas tres horas y media. —Observo el reloj de pared, para rectificar su cálculo.

—Evite moverse, la señora siempre lo viene a ver a 10, ella le dirá si puede bajar a desayunar.—Volvio a repetir la misma cantaleta. Ya eso se lo había imaginado. Ines movía todas las cuerdas en esa casa. 

Se relajo un poco cuando vió a la chica salir, estaba algo hambrienta y no precisamente de comida. Deseaba un objeto durmiente. Le puso seguro a la puerta y avanzó hacia la cama. El parecía estar dormido, pero su corazón latía muy rápido para estarlo. Se acercó lo suficiente para verlo. Seguido levantó la sabana blanca. Su miembro estaba firme, paso sus dedos despacio por su piel, esa mujer unos minutos atrás se lo estaba lamiendo, podía olfatear la saliva humana.

Fue al baño por un paño húmedo, de regreso, el miembro viril de Leóncio seguía firme. Lo limpio con esmero.

—Odio esto mi amor. No deseo que nadie más te toque. — Después de confesarle esto, se lo paso con delicadeza por su zona erógena. Todo en el era perfecto. Suspiro de deseo. 

Miro su rostro, su boca sensual, se acercó y le dió un Beso tímido. Tenía intenciones de violarlo otra vez, pero su celular empezó a vibrar. Se alejo de este.

Las siguientes horas ignoro a Leóncio, a pesar que su cuerpo cada vez que lo volteaba a ver le transmitía unas vibras sexual. 

Prefirió chatear con su hermana, está le contaba, que acababa de dar su primer beso, algo aburrido, al parecer ella era más diabla. Algún día escribiría sus memorias y relataría como violó a una falsa momia.

Cuando sintió el toque de la puerta corrió abrir, a la par escondió el móvil. De una le hizo señas a la señora Ines de que no la regañara. Acercando un dedo a su boca, para que comprendíera el mensaje

—El señor duerme.—Le susurró. Está se mantuvo tranquila, solo entro.

—Te puedes ir, puedes regresar después de la 4.—Solo le dijo eso, con un tono bastante bajo, para ser tan bruja.—Otra cosa, desayuna y te trancas en la habitación. Te sugiero ocupar tu tiempo libre rezando, monjita.

Obedeció, se fue seguido a la cocina, desayuno y luego voló a la recámara que le habían asignado. Tenía mucho sueño. Apenas reparó en las palabras necias y de mal gusto de la señora Inés. No gastaría energía en pensar en ella. Mejor actuaría y le daría pronto una hermosa sorpresita.

Se ducho con prisa, incluso lavó su larga cabellera oscura. Antes de meterse a la cama, casi completamente desnuda pensó en secarlo, más el sueño la venció. Su cuerpo se fue relajando y perdió la noción del tiempo.

Todo se sentía tan suave, movió sus piernas, las abrió más por el peso que las presionó a separarse. El calor fue subiendo, la húmeda arropó su punto más sensible. Algo jugaba con su coño, su corazón tomo un ritmo acelerado, apretó las sábanas, cuando el placer casi la ahoga, abrió los ojos.

Era su León, la veía con sus ojos felinos, más el deseo matizado en sus facciones. Lo enfocó, amó como se comía su coño. La miraba para comprobar su placer, mientras su lengua punteaba su clítoris de arriba abajo.

—Mi León.—Dijo entre gemidos, antes de correrse entre temblores. 

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