
El Corazón Traicionado
Capítulo 2
El aire del santuario vibraba con poder, un zumbido que se sentía hasta en los huesos, Luna estaba de pie en el centro, con las manos extendidas sobre el Corazón de la Tierra, la reliquia sagrada de su pueblo latía con una luz suave y cálida, respondiendo a su toque, como siempre lo había hecho, ella era la curandera, la elegida para comunicarse con el Corazón, para canalizar su energía y sanar a su gente.
La ceremonia anual de bendición estaba en su apogeo, los cánticos de los ancianos llenaban el espacio sagrado, y el aroma a hierbas quemadas flotaba en el ambiente, Luna sentía la energía fluir a través de ella, una corriente pura y vivificante, cerró los ojos, concentrándose en la conexión, en la paz que la envolvía.
De repente, un grito rompió la solemnidad del momento.
"¡Traición!"
La voz era de su hermana, Estrella, su tono lleno de un dolor que sonaba casi real, Luna abrió los ojos de golpe, confundida, la luz del Corazón de la Tierra parpadeó, perturbada por la interrupción, Estrella estaba de pie en la entrada del santuario, con el rostro bañado en lágrimas y señalándola con un dedo tembloroso.
"¡Luna! ¡Has profanado este lugar sagrado!"
El Gran Consejo de Ancianos, sentado en un semicírculo, se puso de pie de inmediato, el Anciano Sol, su líder, frunció el ceño, su rostro una máscara de severidad.
"¿Qué significa esto, Estrella? Habla con claridad."
"La vi", sollozó Estrella, su voz quebrándose dramáticamente, "la vi con mis propios ojos, se ha entregado a las artes oscuras, ¡ha traído a un chamán de la sombra a este lugar! ¡Intentaban robar el poder del Corazón de la Tierra para sus propios fines malvados!"
Un murmullo de horror recorrió la sala, Luna miró a su hermana, incrédula, el dolor y la confusión la dejaron sin palabras, ¿un chamán de la sombra? Ni siquiera sabía cómo era uno, era una mentira, una mentira tan absurda que no podía comprenderla.
"Estrella, ¿de qué hablas?", logró decir finalmente, su voz apenas un susurro.
"¡No finjas, hermana!", gritó Estrella. "¡Te vi! ¡Negarás haberte reunido con él en secreto, negarás haberle prometido una parte del poder del Corazón?"
El Anciano Sol se acercó a Luna, su mirada era fría como el hielo, su imponente presencia la hizo retroceder un paso.
"Luna, ¿es esto cierto?"
"No, Anciano Sol, es mentira", dijo Luna, su voz temblando. "Yo nunca haría algo así, amo a nuestro pueblo, amo el Corazón de la Tierra."
Miró a su hermano, Sol, que estaba entre los guardias del templo, buscando apoyo, pero Sol la miraba con una mezcla de horror y duda, la confianza en sus ojos había desaparecido, reemplazada por una terrible incertidumbre.
El Anciano Sol no necesitó más, la duda en los ojos del hermano de Luna fue suficiente para él, levantó la mano, silenciando cualquier otra palabra.
"El testimonio de Estrella es claro, la profanación ha ocurrido, Luna, has traicionado nuestra confianza, has traicionado a la Tierra misma."
La condena fue rápida, brutal, no hubo juicio, solo la acusación de su hermana y la sentencia del Anciano, Luna fue declarada culpable de practicar magia oscura y de intentar robar el Corazón de la Tierra.
"Por tu crimen, serás desterrada a las Tierras Áridas", proclamó el Anciano Sol, su voz resonando en el santuario. "Servirás quinientos años de penitencia, vivirás como las bestias que habitan ese desierto, sin tus dones, sin tu nombre."
El pánico se apoderó de Luna, las Tierras Áridas eran un infierno, un lugar del que nadie regresaba cuerdo, si es que regresaba.
"¡No! ¡Soy inocente!", gritó, pero los guardias ya la estaban sujetando.
La llevaron a la fuerza fuera del santuario, su propia gente la miraba con odio y desprecio, la arrastraron hasta el borde del pueblo, donde comenzaba el desierto, allí, bajo la mirada impasible del Anciano Sol y los otros miembros del consejo, comenzó su verdadera tortura.
Un verdugo enmascarado se acercó, sus manos brillaban con una magia oscura y corrosiva, primero, le arrebataron sus dones curativos, Luna sintió como si le arrancaran una parte de su alma, un vacío helado la llenó donde antes había calor y vida, luego, tomaron sus manos, las manos que habían sanado a tantos, y las mutilaron, aplastando los huesos con rocas hasta que quedaron inservibles, un amasijo de carne y sangre.
El dolor era insoportable, pero el horror fue aún mayor cuando tomaron un hierro al rojo vivo, el símbolo de la vergüenza, y quemaron los tatuajes ancestrales que cubrían sus brazos y espalda, cada tatuaje era una conexión con sus antepasados, una fuente de su poder, el olor a carne quemada llenó el aire mientras sus gritos se perdían en el viento del desierto.
Finalmente, la arrojaron a la arena, rota y sangrando.
"Ahora, únete a los espíritus de la arena", dijo el Anciano Sol con desdén. "Que ellos te consuman, como tú intentaste consumir el Corazón."
La abandonaron allí, sola, en la inmensidad desolada, los espíritus de la arena, entidades hambrientas y crueles, no tardaron en encontrarla, la forzaron, la poseyeron, y durante quinientos años, Luna fue su recipiente, obligada a dar a luz a criaturas deformes hechas de arena y desesperación, monstruos que se alimentaban de su energía vital, dejándola cada día más vacía, más rota.
Quinientos años de un tormento que borraba la línea entre el dolor y la existencia, quinientos años de ser menos que un animal, una simple vasija para el sufrimiento.
Un día, una figura apareció en el horizonte, era el Anciano Sol, había envejecido, pero su porte seguía siendo el de un líder, la comunidad necesitaba curanderos, y a falta de otros, había decidido que la penitencia de Luna era suficiente, vino a rescatarla para que sirviera a la comunidad de nuevo.
Cuando la encontró, Luna ya no era Luna, era una criatura salvaje, con el pelo enmarañado y la piel cubierta de cicatrices, se movía a cuatro patas, sus ojos vacíos de toda razón, el Anciano Sol la miró con una mezcla de lástima y repulsión, la ataron como a un animal y la llevaron de regreso al pueblo.
De vuelta en el hogar que la había desterrado, la encerraron en una habitación, su hermano Sol, ahora un hombre maduro y con un cargo importante en el consejo, entró a verla, junto con el Anciano Sol, le dejaron un plato de comida en el suelo.
Luna, consumida por un hambre de siglos, se arrastró hasta el plato y comió directamente de él, usando la boca, lamiendo los restos como un perro, el sonido de sus dientes raspando la cerámica resonó en el silencio de la habitación.
Sol la miró con asco.
"Luna, ¿qué te pasa? Deja de actuar así", dijo, su voz dura. "¿Crees que este espectáculo te servirá de algo?"
El Anciano Sol asintió, su rostro severo.
"Quinientos años deberían haberte enseñado humildad, no a fingir ser una bestia para generar lástima, no te rebajes más."
Luna levantó la vista, sus ojos vacíos se encontraron con los de ellos, no entendía sus palabras, solo el tono de desaprobación, el mismo tono que había escuchado durante siglos en las Tierras Áridas, el miedo, un reflejo condicionado por el dolor, la hizo gemir y acurrucarse en un rincón.
Su hermano la miró con desprecio.
"Es inútil, sigue siendo la misma mentirosa, solo que ahora es más desagradable."
La acusaron de fingir, de ser una actriz consumada que intentaba manipularlos, no podían, o no querían, comprender la profundidad de su trauma, para ellos, era más fácil creer que era malvada a aceptar que habían cometido un error tan monstruoso.
Luna, atrapada en la prisión de su mente rota, se dio cuenta de una verdad terrible que había estado enterrada bajo el dolor, en un destello de lucidez, recordó el rostro de Estrella en el santuario, no había dolor en sus ojos, había triunfo, Estrella la había incriminado, su propia hermana, por envidia, para quedarse con su lugar, con su poder.
Todo su sufrimiento, los quinientos años de infierno, habían sido orquestados por ella, y ahora, los mismos que la habían condenado, su hermano y el Anciano que debía protegerlos a todos, la sometían a nuevas crueldades, incapaces de ver la verdad que tenían delante.
La desesperación la ahogó, en un impulso por acabar con el dolor, se golpeó la cabeza contra la pared, una y otra vez, hasta que la oscuridad la reclamó.
Pero no murió, sobrevivió, y en esa supervivencia, algo cambió, el último vestigio de la vieja Luna se hizo añicos, y de los restos emergió algo nuevo, algo más duro, más fuerte.
Años después, cuando la verdad sobre la traición de Estrella salió a la luz, el Anciano Sol y Sol se vieron consumidos por un arrepentimiento que los ahogaba, buscaron a Luna desesperadamente, para pedirle perdón, para intentar redimirse.
Pero la encontraron transformada, una poderosa chamana errante, con los ojos llenos de una sabiduría forjada en el fuego del sufrimiento, los miró, a ellos, los hombres que la habían destruido y luego habían llorado por las ruinas.
Y los rechazó, forjó su propio camino, lejos de ellos, lejos de los fantasmas de su pasado, mientras ellos se quedaban atrás, enfrentando las consecuencias de sus actos, en una búsqueda desesperada por una redención que nunca llegaría.
Algunas heridas, simplemente, no se pueden perdonar.
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