
El Corazón Traicionado
Capítulo 3
La luz del sol que se filtraba por la ventana era una agresión, un recuerdo de un mundo que ya no le pertenecía, Luna estaba acurrucada en el rincón más oscuro de la habitación, temblando, cada sonido, cada sombra, era una amenaza potencial.
Sus manos, o lo que quedaba de ellas, dolían, un dolor sordo y constante que era parte de ella, instintivamente, trató de llevarse los dedos a la boca para calmarlos, un gesto que había repetido incontables veces en el desierto, pero sus manos ya no tenían esa forma, eran muñones deformes, cubiertos de cicatrices gruesas y retorcidas.
Un ruido de pasos en el pasillo la hizo encogerse aún más, la puerta se abrió y entró Sol, su hermano, su rostro era una mezcla de frustración y deber.
"Levántate, Luna", dijo, su voz sin rastro de calidez. "El Anciano Sol quiere verte."
Luna no se movió, el miedo la paralizaba, en las Tierras Áridas, una orden significaba obediencia inmediata o dolor, su cuerpo reaccionó antes que su mente, se postró en el suelo, con la frente pegada a las frías baldosas, un gesto de sumisión absoluta que le habían grabado a fuego.
Sol soltó un suspiro de exasperación.
"¡Te dije que te levantaras! ¿Por qué tienes que hacer todo tan difícil?", se acercó y la agarró bruscamente del brazo para ponerla de pie.
El contacto repentino y la fuerza del agarre dispararon una oleada de pánico en Luna, se debatió con la fuerza de un animal atrapado, emitiendo sonidos guturales de terror, no eran palabras, solo el puro instinto de supervivencia.
"¡Basta ya!", gritó Sol, perdiendo la paciencia.
La abofeteó, el golpe resonó en la habitación silenciosa, la cabeza de Luna se giró violentamente, y el dolor agudo en su mejilla la dejó aturdida, se quedó quieta, temblando, con la mirada fija en un punto de la pared, esperando el siguiente golpe, así era como funcionaba, la violencia siempre venía en oleadas.
Sol la miró, jadeando, una pizca de arrepentimiento cruzó su rostro, pero la borró rápidamente.
"Tú te lo buscaste", murmuró, más para convencerse a sí mismo que a ella.
La arrastró fuera de la habitación y por los pasillos del templo, la gente se apartaba a su paso, murmurando y señalando, Luna mantenía la cabeza gacha, el cabello sucio y enmarañado ocultaba su rostro, pero no podía ocultar las cicatrices que se asomaban en su cuello y brazos.
Un recuerdo fugaz la asaltó, el olor a carne quemada, el sonido chisporroteante de su propia piel consumiéndose, recordó al verdugo acercando el hierro al rojo vivo a su espalda, quemando el tatuaje del Árbol de la Vida que la conectaba con el poder de la tierra.
Pero lo que más dolió no fue el fuego, fue ver, por el rabillo del ojo, a Estrella, de pie en la distancia, observando, su rostro no mostraba horror ni piedad, solo una fría y calculadora satisfacción, en ese momento, una parte de Luna entendió que su hermana no solo la había acusado, sino que había orquestado y disfrutado de su castigo.
Ahora, mientras Sol la arrastraba, esa verdad se solidificó en su mente rota, el rompecabezas de su sufrimiento comenzaba a encajar, y la imagen que formaba era monstruosa.
Llegaron ante el Anciano Sol, que estaba sentado en su alto asiento, su expresión era de severa decepción.
"Veo que la rebeldía sigue en ti", dijo el Anciano, su voz era un trueno contenido.
Luna no respondió, se quedó de pie, sumisa, con la mirada perdida.
De repente, un olor familiar llenó la habitación, Estrella entró, llevando una bandeja con té y pasteles, sonreía con dulzura, como si nada hubiera pasado.
"Padre Anciano, hermano", dijo, su voz era suave como la miel. "Pensé que un poco de té ayudaría, pobre Luna, debe estar tan confundida."
Se acercó a Luna y le ofreció una taza, Luna retrocedió instintivamente, el rostro de su hermana era el rostro de su torturadora, la fuente de todo su dolor.
"No tengas miedo, hermana", dijo Estrella, su voz llena de una falsa compasión que le revolvió el estómago a Luna.
En un momento de desesperada lucidez, Luna miró a Sol, suplicando con los ojos, intentó hablar, señalar a Estrella, decir la verdad, pero de su garganta solo salió un graznido ahogado.
"¡Ah... ah... ella...!"
Sol frunció el ceño, confundido por un segundo, pero Estrella actuó rápidamente.
"Shhh, tranquila, Luna", dijo, acariciando su cabello enmarañado. "Estás a salvo ahora, nadie te hará daño."
El contacto de Estrella fue como un veneno, Luna se apartó con violencia, tropezando hacia atrás hasta chocar contra la pared, miró a su hermano, a su líder, a los hombres que se suponía debían protegerla, y vio en sus ojos que no le creían, que nunca le creerían.
Estrella era la hija perfecta, la hermana devota, la víctima de la traición de Luna, ¿quién iba a creer a la bestia rota y balbuceante que tenían delante?
La esperanza, esa pequeña y frágil chispa que había sobrevivido a quinientos años de infierno, se extinguió, se sintió completamente sola, abandonada, no solo por su familia, sino por la propia realidad.
Se miró los muñones que tenía por manos, recordó a las criaturas de arena que había parido, el dolor, la humillación, la pérdida de todo lo que era.
¿Quién era ella ahora?
No era Luna, la curandera, no era una hermana, ni una hija de su pueblo.
Era una cosa, un objeto de desprecio y asco, una bestia sin nombre.
Esa era la verdad que le habían impuesto, y en ese momento, en esa habitación, frente a sus verdugos, la aceptó, se dejó caer al suelo, se hizo un ovillo y dejó que la oscuridad de su mente la envolviera por completo, ya no había nada por lo que luchar.
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