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Portada de la novela El Corazón Traicionado

El Corazón Traicionado

El aire del santuario vibraba con el poder del Corazón de la Tierra, un zumbido que sentía hasta en mis huesos. Era la ceremonia anual de bendición, y como curandera y elegida, canalizaba su energía para sanar a mi gente, hasta que un grito rompió la solemnidad. "¡Traición!" Era Estrella, mi propia hermana, señalándome con un dedo tembloroso, su voz llena de un dolor que parecía real. "¡Luna! ¡Has profanado este lugar sagrado!" Me acusó de entregarme a las artes oscuras, de traer un chamán de la sombra para robar el poder del Corazón. Un murmullo de horror recorrió la sala y el Gran Consejo de Ancianos se levantó. Miré a mi hermano Sol, buscando apoyo, pero sus ojos reflejaban horror y duda. El Anciano Sol sentenció: "Has traicionado nuestra confianza, has traicionado a la Tierra misma." No hubo juicio, solo la acusación de mi hermana y la condena del Anciano. Fui declarada culpable y desterrada por quinientos años a las Tierras Áridas, ese infierno del que nadie regresa. "¡No! ¡Soy inocente!" grité, pero los guardias ya me sujetaban. Me arrebataron mis dones curativos, mutilaron mis manos, y quemaron mis tatuajes sagrados, despojándome de todo. Quinientos años fui una vasija para espíritus de arena, pariendo criaturas deformes. Cuando el Anciano Sol vino a rescatarme, no era más que una bestia salvaje y rota. De vuelta en el templo, me arrastré para comer como un perro, mientras mi hermano Sol y el Anciano Sol me veían con asco. "¿Qué te pasa? Deja de actuar así", me dijo Sol. Me tildaron de actriz, incapaces de comprender mi trauma. Fue entonces cuando la verdad me golpeó: en los ojos de Estrella no había dolor, sino triunfo. Ella lo había orquestado todo, por envidia, y ahora sus cómplices me sometían a nuevas crueldades. Me golpeé la cabeza contra la pared, deseando el fin. No morí, pero la vieja Luna sí. Años después, cuando la verdad sobre Estrella salió a la luz, Sol y el Anciano Sol me buscaron. Pero ya era una chamana errante, libre, y los rechacé. "Algunas heridas, simplemente, no se pueden perdonar."
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Capítulo 1

El aire del santuario vibraba con el poder del Corazón de la Tierra, un zumbido que sentía hasta en mis huesos.

Era la ceremonia anual de bendición, y como curandera y elegida, canalizaba su energía para sanar a mi gente, hasta que un grito rompió la solemnidad.

"¡Traición!"

Era Estrella, mi propia hermana, señalándome con un dedo tembloroso, su voz llena de un dolor que parecía real.

"¡Luna! ¡Has profanado este lugar sagrado!"

Me acusó de entregarme a las artes oscuras, de traer un chamán de la sombra para robar el poder del Corazón.

Un murmullo de horror recorrió la sala y el Gran Consejo de Ancianos se levantó.

Miré a mi hermano Sol, buscando apoyo, pero sus ojos reflejaban horror y duda.

El Anciano Sol sentenció: "Has traicionado nuestra confianza, has traicionado a la Tierra misma."

No hubo juicio, solo la acusación de mi hermana y la condena del Anciano.

Fui declarada culpable y desterrada por quinientos años a las Tierras Áridas, ese infierno del que nadie regresa.

"¡No! ¡Soy inocente!" grité, pero los guardias ya me sujetaban.

Me arrebataron mis dones curativos, mutilaron mis manos, y quemaron mis tatuajes sagrados, despojándome de todo.

Quinientos años fui una vasija para espíritus de arena, pariendo criaturas deformes.

Cuando el Anciano Sol vino a rescatarme, no era más que una bestia salvaje y rota.

De vuelta en el templo, me arrastré para comer como un perro, mientras mi hermano Sol y el Anciano Sol me veían con asco.

"¿Qué te pasa? Deja de actuar así", me dijo Sol.

Me tildaron de actriz, incapaces de comprender mi trauma.

Fue entonces cuando la verdad me golpeó: en los ojos de Estrella no había dolor, sino triunfo.

Ella lo había orquestado todo, por envidia, y ahora sus cómplices me sometían a nuevas crueldades.

Me golpeé la cabeza contra la pared, deseando el fin.

No morí, pero la vieja Luna sí.

Años después, cuando la verdad sobre Estrella salió a la luz, Sol y el Anciano Sol me buscaron.

Pero ya era una chamana errante, libre, y los rechacé.

"Algunas heridas, simplemente, no se pueden perdonar."

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