
El Corazón que no te Pertenece
Capítulo 2
Mi abuelo se desplomó en mitad del taller, justo cuando daba el último barniz a una guitarra.
El sonido seco de su cuerpo contra las virutas de madera fue lo único que escuché antes del silencio.
El diagnóstico del médico fue un golpe directo: fallo cardíaco severo. Necesitaba un trasplante de corazón. Urgente.
Y era caro, terriblemente caro. La lista de espera era un abismo y el coste de la operación, una montaña que no podía escalar.
Mi carrera como bailaora de flamenco se había detenido hacía años para cuidarlo, y ahora, todo mi mundo se reducía a las paredes blancas del hospital.
Desesperada, llamé a mi prometido, Javier.
Él era un empresario taurino, rico, influyente. Le rogué que me adelantara el dinero de la dote.
"Javier, por favor, es mi abuelo. Se está muriendo."
Su voz al otro lado del teléfono fue fría, distante.
"Sofía, entiende que es un mal negocio. Ese dinero está destinado a nuestra boda, a consolidar mi posición."
"¿Un mal negocio? ¡Es la vida de mi abuelo!"
"Lo siento, pero no puedo. Hay prioridades."
Colgó.
Dos días después, vi la noticia en una revista de sociedad. La foto ocupaba toda la portada.
Javier, sonriente, abrazaba a Elena. El titular era cruel y directo: "El empresario taurino Javier encuentra el verdadero amor con la estrella del flamenco Elena. Boda a la vista."
Elena. Mi antigua rival en los tablaos, la mujer que siempre me había mirado con envidia y desprecio.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Estaba sola, sin dinero, con mi abuelo conectado a máquinas que pitaban sentencias de muerte.
Fue en ese momento, en el pasillo más oscuro y solitario del hospital, cuando apareció Mateo.
Mi amigo de la infancia. El chico con el que crecí en las calles de Sevilla y al que no veía desde que se fue a Jerez para levantar su bodega.
Ahora era un hombre, vestido con un traje caro que no lograba ocultar su familiaridad.
"Sofía," dijo, su voz era un ancla en mi tormenta.
"He oído lo de tu abuelo. Y lo de Javier."
No pude responder, solo llorar.
Él me agarró suavemente por los hombros.
"Voy a ayudarte. Cubriré todos los gastos. Moveré mis contactos para encontrar un donante. No tienes que preocuparte por nada."
Lo miré, confundida. "¿Por qué?"
Mateo sonrió, una sonrisa triste pero firme.
"Porque somos amigos. Y porque no soporto verte así. Pero tengo una condición."
Hizo una pausa.
"Cásate conmigo, Sofía. Déjame cuidarte. A ti y a tu abuelo."
La propuesta era una locura, un salvavidas lanzado en medio de un naufragio.
No había amor, solo desesperación.
Asentí. "¿Qué más puedo hacer?"
Él cumplió su palabra. El dinero apareció en mi cuenta al día siguiente. Una suma millonaria. Y en menos de una semana, encontraron un corazón compatible.
Parecía un milagro. Un milagro comprado por Mateo.
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