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Portada de la novela El Castigo de Amor

El Castigo de Amor

Sofía y Javier gozaban de éxito culinario hasta que la traición de Valentina destruyó sus vidas. Tras perder su negocio y a su hijo, Sofía sobrevive a intentos de asesinato y termina presa por culpa de un Javier manipulado. Para escapar de su agonía, ella borra su pasado en el Puente del Olvido. Mientras la traidora desaparece, Sofía asciende como deidad para vigilar las cien vidas de castigo que el destino le ha impuesto al hombre que la destrozó.
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Capítulo 2

El aroma a cilantro fresco, chiles toreados y carne asándose lentamente llenaba cada rincón de "El Sazón del Alma", nuestro restaurante, nuestro sueño hecho realidad. Javier y yo, Sofía Rojas, éramos los chefs y dueños, pero más que eso, éramos un equipo, dos mitades que se habían encontrado para crear algo mágico, nuestro amor era el ingrediente secreto que todos decían sentir en cada platillo. La gente hacía fila en la calle solo para probar nuestros tacos de cochinita pibil y el mole que mi abuela me enseñó a preparar. Éramos la pareja de chefs del momento en la Ciudad de México, salíamos en revistas, nos invitaban a programas de televisión y nuestro futuro parecía tan brillante como el sol de mediodía, soñábamos con abrir más sucursales, con una casa grande y con llenarla de risas de niños.

Esa noche, el restaurante estaba a reventar, las risas de los comensales se mezclaban con el sonido de los mariachis que tocaban en la esquina, Javier me rodeó con sus brazos por la cintura mientras yo terminaba de emplatar un postre de tres leches.

"Eres increíble, mi amor", me susurró al oído, su aliento cálido me hizo sonreír. "Sin ti, este lugar sería solo paredes y mesas".

"Sin ti, no habría ni paredes ni mesas, Javier", le respondí, girándome para darle un beso rápido. "Somos un equipo".

Él sonrió, esa sonrisa que me había enamorado desde el primer día en la escuela de gastronomía, me prometió que después del servicio iríamos a celebrar, solo nosotros dos, para hablar de nuestros planes, de la vida que estábamos construyendo. Pero esa celebración nunca llegó, una llamada telefónica lo cambió todo, un policía con voz grave me informó que Javier había tenido un accidente de auto muy grave mientras se dirigía a casa, que estaba en el Hospital Central.

El mundo se me vino abajo, dejé todo tirado y corrí hacia el hospital, cada semáforo en rojo era una tortura, cada minuto una eternidad, mi mente solo podía imaginar lo peor, le rezaba a todos los santos que conocía para que estuviera bien. Cuando por fin llegué, una enfermera me guio por pasillos blancos y fríos hasta la habitación 302, mi corazón latía con una fuerza que me dolía en el pecho, pero al abrir la puerta, me quedé helada, Javier estaba en la cama, con la cabeza vendada y varios raspones en la cara, pero no estaba solo. A su lado, tomándole la mano con una familiaridad que me revolvió el estómago, estaba Valentina Díaz.

Valentina, mi rival desde la universidad, una mujer que siempre había querido todo lo que yo tenía, especialmente a Javier, quien fue su novio por un tiempo antes de que nosotros nos enamoráramos, ahora era una empresaria poderosa en el mismo ramo, siempre buscando cómo competir con nosotros, cómo superarnos.

"¿Qué haces tú aquí?", le pregunté, mi voz sonó más débil de lo que quería.

Valentina se levantó lentamente, con una sonrisa de víbora en los labios. "Cuidando a mi prometido, ¿tú qué crees?".

La miré sin entender, luego miré a Javier, él me veía con una confusión total, como si estuviera mirando a una completa extraña.

"Javier, mi amor, soy yo, Sofía", le dije, acercándome a la cama.

Pero antes de que pudiera tocarlo, Valentina se interpuso. "No te le acerques, él no sabe quién eres".

"¿De qué hablas?", mi voz temblaba.

"Javier", dijo Valentina, con una voz suave y manipuladora, "ella es Sofía, una de las cocineras del restaurante, parece que está un poco obsesionada contigo, no te preocupes, yo me encargo".

Javier frunció el ceño, su mirada pasó de la confusión al fastidio. "¿Una empleada? ¿Por qué está aquí? Sácala, Valentina, me duele la cabeza".

Sentí como si me hubieran dado una bofetada, el aire se me fue de los pulmones, era una pesadilla. "Javier, no, por favor, soy tu esposa, construimos 'El Sazón del Alma' juntos, ¿no me recuerdas?".

"¡Basta!", gritó él, y su grito me partió el corazón en dos. "No sé quién eres, pero no me grites, ¡lárgate de aquí! ¡Seguridad!".

Valentina sonrió con triunfo y llamó a los guardias, dos hombres grandes entraron y me tomaron de los brazos, yo no dejaba de mirar a Javier, suplicándole con los ojos, pero él desvió la mirada, con una frialdad que nunca antes le había visto, me sacaron a rastras del cuarto, humillada, rota. Valentina me siguió hasta el pasillo.

"Él es mío ahora, Sofía", siseó, su voz llena de veneno. "Y el restaurante también, te quedarás sin nada".

Los días que siguieron fueron un infierno, intenté volver al hospital, pero Valentina había dado órdenes de no dejarme pasar, intenté hablar con los médicos, pero me decían que solo la prometida, Valentina, podía recibir información, mis abogados me dijeron que, sin el apoyo de Javier, Valentina podía fácilmente quitarme mi parte del negocio argumentando que yo era solo una empleada, tal como le había hecho creer a él. Me cambió las cerraduras del restaurante, congeló nuestras cuentas bancarias y me dejó en la calle, con lo puesto. Todo lo que habíamos construido juntos, me lo arrebató en un parpadeo.

Y en medio de esa oscuridad, de ese dolor tan profundo que sentía que me ahogaba, descubrí algo más, tenía dos semanas de retraso, un mareo constante y una pequeña esperanza que se negaba a morir, me hice una prueba de embarazo en el baño de la modesta casa de mi mamá, a donde tuve que regresar, y las dos líneas rosas confirmaron lo que mi corazón ya sabía, estaba embarazada. Un pedacito de Javier y mío crecía dentro de mí, un pedacito de nuestro amor que Valentina no podía robarme.

Recuperé un poco de fuerza, tenía que luchar, no solo por mí, sino por nuestro bebé, con la prueba de embarazo en la mano, logré burlar la seguridad del hospital y encontrar a Javier en el jardín, se estaba recuperando, parecía más fuerte.

"Javier, tienes que escucharme", le dije, mostrándole la prueba. "Vamos a tener un bebé".

Él miró el objeto en mi mano con desprecio. "¿Otro de tus trucos? Valentina me advirtió que harías cualquier cosa para llamar la atención, no sé cómo te atreves a aparecerte aquí, ¿quieres dinero? ¿Eso es? Porque no te daré ni un centavo".

"No quiero tu dinero, Javier, quiero a mi esposo de vuelta, quiero a mi familia", sollocé, las lágrimas corrían por mis mejillas.

Justo en ese momento, Valentina apareció, su rostro se desfiguró por el odio al ver la prueba de embarazo en mi mano, se acercó a Javier y lo abrazó, actuando como la víctima.

"Mi amor, te dije que era una mujer peligrosa, mira lo que hace para molestarte", dijo con voz temblorosa. Luego se giró hacia mí. "Aléjate de él, o te juro que te arrepentirás".

Javier, completamente bajo su hechizo, me empujó con fuerza, caí al suelo y él ni siquiera me miró, solo se fue con Valentina, protegiéndola. Unos días después, mientras salía de la casa de mi mamá, un coche subió a la banqueta a toda velocidad, el conductor tenía el rostro cubierto, me golpeó y todo se volvió negro, desperté en una cama de hospital, la misma donde había visto a Javier por última vez, mi mamá estaba a mi lado, llorando, un dolor agudo en mi vientre me dijo la verdad antes de que el doctor hablara.

"Lo siento mucho, Sofía", dijo el médico con tristeza. "El golpe fue muy fuerte, perdiste al bebé".

El mundo dejó de tener sentido, el último lazo que me unía a Javier, la última esperanza que tenía, se había ido, Valentina lo había hecho, estaba segura, su celosía la había llevado a cometer esa atrocidad, ella me había quitado a mi esposo, mi restaurante y ahora a mi hijo.

Esa noche no pude dormir, el dolor era demasiado grande, me levanté y caminé sin rumbo por los pasillos del hospital, necesitaba aire, necesitaba escapar de mi propia mente, fue entonces cuando pasé por una oficina y escuché una voz familiar, era Valentina, hablaba por teléfono, me escondí detrás de una columna, con el corazón en la garganta.

"Sí, el plan funcionó a la perfección", decía con una risa cruel. "La estúpida de Sofía perdió al bebé, ya no hay nada que la una a Javier, el doctor dijo que la amnesia de Javier es parcial y temporal, que podría recuperar la memoria en cualquier momento, pero no importa, para cuando eso pase, yo ya seré la señora Gómez y dueña de todo, él creerá cualquier cosa que yo le diga, siempre ha sido tan fácil de manipular".

Cada palabra fue como un clavo ardiente en mi alma, no había sido solo el accidente, ni la amnesia, había sido un plan, una mentira cruel y calculada desde el principio, Javier no era solo una víctima, era un títere en sus manos, y yo... yo lo había perdido todo por su culpa.

Una calma helada me invadió, ya no había lágrimas, ya no había súplicas, el amor que sentía por Javier se convirtió en cenizas, la tristeza se transformó en una decisión inquebrantable, no podía seguir luchando una batalla que ya estaba perdida, no en esta ciudad que ahora solo me traía recuerdos de dolor y traición.

Regresé a mi habitación, mi mamá seguía dormida, le dejé una nota sobre la mesita de noche, le expliqué que necesitaba irme, que no podía seguir viviendo así, que la amaba pero que tenía que encontrar un nuevo comienzo, lejos de todo y de todos. Empaqué una pequeña maleta con lo poco que me quedaba y salí del hospital antes del amanecer, caminé hasta la central de autobuses, el sol apenas comenzaba a salir, tiñendo el cielo de un naranja pálido.

"Un boleto, por favor", le dije al hombre de la taquilla.

"¿A dónde, señorita?".

Miré el tablero con los destinos, nombres de lugares que no significaban nada para mí, y eso era exactamente lo que necesitaba. "Al lugar más lejano que salga en la próxima hora".

El hombre me miró extrañado, pero me vendió un boleto a un pequeño pueblo en la costa del que nunca había oído hablar, mientras subía al autobús, no miré hacia atrás, estaba dejando atrás a Javier, a Valentina, a "El Sazón del Alma", a mi bebé nonato, a la mujer ingenua y enamorada que alguna vez fui, no sabía qué me esperaba, pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía volver a respirar.

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