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Portada de la novela El Castigo de Amor

El Castigo de Amor

Sofía y Javier gozaban de éxito culinario hasta que la traición de Valentina destruyó sus vidas. Tras perder su negocio y a su hijo, Sofía sobrevive a intentos de asesinato y termina presa por culpa de un Javier manipulado. Para escapar de su agonía, ella borra su pasado en el Puente del Olvido. Mientras la traidora desaparece, Sofía asciende como deidad para vigilar las cien vidas de castigo que el destino le ha impuesto al hombre que la destrozó.
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Capítulo 3

Pasaron varias semanas, el sol del pequeño pueblo costero donde me había refugiado comenzaba a sanar algunas de mis heridas, aunque las cicatrices internas seguían doliendo con cada recuerdo, había conseguido un trabajo sencillo como cocinera en un pequeño restaurante familiar, nadie me conocía, nadie sabía mi historia, y esa anonimidad era un bálsamo, pero la paz duró poco, una tarde, mientras picaba cebolla, un coche de lujo, negro y reluciente, se estacionó frente al modesto local, de él bajó Javier, se veía impecable, con un traje caro que no encajaba para nada en el ambiente polvoriento del pueblo, mi corazón dio un vuelco doloroso, una parte de mí, una parte estúpida y débil, quiso correr a sus brazos, pero la imagen de mi bebé perdido y las palabras crueles de Valentina me detuvieron en seco.

Entró al restaurante y sus ojos me encontraron de inmediato, sonrió, pero su sonrisa ya no me causaba mariposas en el estómago, sino un frío glacial.

"Sofía, por fin te encuentro", dijo, acercándose a la barra, ignorando a los pocos clientes que lo miraban con curiosidad. "Valentina y yo estábamos preocupados, desaparecer así no es propio de ti".

"No tenías por qué buscarme, Javier", respondí, mi voz era un témpano de hielo, seguí picando la cebolla sin mirarlo, el cuchillo golpeando la tabla con un ritmo constante y furioso.

"Vamos, no seas así", dijo, su tono era condescendiente, como si le hablara a una niña malcriada. "Sé que las cosas han sido... complicadas, pero no tienes por qué actuar de esta forma, Valentina está muy enferma, ¿sabes? El estrés de tu desaparición no le ha hecho nada bien".

Me detuve, levanté la vista y lo miré fijamente. "¿Valentina está enferma?".

"Sí, muy delicada", dijo él, su rostro se llenó de una preocupación que yo sabía que era actuada, o al menos, mal dirigida. "Los médicos dicen que necesita un ambiente de total tranquilidad, y tus... dramas, no ayudan, por eso vine, para pedirte que vuelvas, pero que te comportes, puedes seguir trabajando en el restaurante, te daremos un sueldo justo".

La audacia de sus palabras me dejó sin aliento, no podía creer que él, manipulado o no, fuera tan ciego, tan cruel.

"No voy a volver, Javier", dije con una calma que me sorprendió a mí misma. "Y no trabajo para ti, ni para ella".

Él pareció genuinamente sorprendido por mi rechazo, frunció el ceño, como si no pudiera procesar que yo no estuviera desesperada por aceptar sus migajas.

"Sofía, no seas tonta", insistió. "¿Qué vas a hacer aquí, en este... lugar? Tu vida está en la Ciudad de México, con nosotros".

"Mi vida ya no está allá", declaré, y volví a mi trabajo, dando por terminada la conversación, él se quedó parado un momento más, confundido, como si mi nueva actitud fuera un rompecabezas que no podía resolver, finalmente, se dio la vuelta y se fue, pero yo sabía que no sería la última vez que lo vería.

Unos días después, mientras intentaba olvidar su visita, recibí una llamada del Doctor Ricardo, el médico que había tratado a Javier al principio, y que siempre había sospechado de Valentina.

"Sofía, tienes que escucharme", dijo con urgencia. "Valentina no está enferma, es una farsa, pero ha convencido a Javier de que necesita una especie de tratamiento especial, un procedimiento muy raro y doloroso, y le ha dicho que la única persona compatible para ser la 'donante' eres tú, es una locura, pero Javier se lo creyó todo, va a ir a buscarte, va a obligarte".

No tuve tiempo de procesar sus palabras, esa misma tarde, el coche negro de Javier volvió a aparecer, pero esta vez no vino solo, dos hombres corpulentos, los mismos que me habían sacado del hospital, bajaron con él, me encontraron saliendo del trabajo y, sin decir una palabra, me tomaron por los brazos y me metieron a la fuerza en el coche.

"¿Qué están haciendo? ¡Suéltenme!", grité, luchando con todas mis fuerzas.

Javier se sentó a mi lado, su rostro era una máscara de indiferencia. "Deja de pelear, Sofía, es por el bien de Valentina, solo será un momento, un pequeño sacrificio para salvarle la vida".

"¡Ella te está mintiendo, Javier! ¡No está enferma!", le supliqué, pero él no me escuchó, o no quiso escucharme.

Me llevaron a una clínica privada en las afueras de la ciudad, un lugar lujoso y discreto, me arrastraron a una habitación donde Valentina me esperaba, recostada en una cama, con un aspecto pálido y frágil que era pura actuación, un médico de aspecto sombrío preparaba una aguja enorme.

"Gracias por venir, querida", dijo Valentina con una voz débil y falsa. "Sabía que entenderías".

Me amarraron a una silla junto a su cama, luché, grité, pero fue inútil, el médico se acercó a mí con la aguja, sentí un pánico helado recorrer mi cuerpo.

"Esto no es necesario", le dije al médico, mi voz temblando. "Esto es un crimen".

El médico ni me miró, simplemente me limpió el brazo con alcohol, Javier estaba de pie al otro lado de la cama de Valentina, tomándole la mano, susurrándole palabras de consuelo, su mirada estaba llena de ternura y amor, pero toda esa ternura era para ella, para la mujer que me había destruido la vida, mientras yo estaba a punto de ser sometida a un procedimiento doloroso y humillante, él ni siquiera me dirigía una mirada, era como si yo no existiera, como si mi dolor fuera invisible para él.

Sentí el pinchazo agudo de la aguja en mi vena, un dolor punzante que me hizo gritar, vi cómo mi sangre comenzaba a fluir por un tubo de plástico, hacia una bolsa, y luego, supuestamente, hacia Valentina, ella cerró los ojos y suspiró, como si estuviera recibiendo una energía vital, todo era un teatro grotesco y cruel.

Mientras el procedimiento continuaba, Javier no se apartó de su lado, le acariciaba el cabello, le besaba la frente, su devoción era total, y esa devoción era un cuchillo que se retorcía en mi corazón, el contraste era brutal, para mí, solo había indiferencia y crueldad, para ella, todo el amor del mundo.

Cuando terminaron, me sentía débil y mareada, el médico me desató y me empujó hacia la puerta.

"Ya puedes irte", dijo con frialdad.

Javier sacó su cartera y me extendió un fajo de billetes. "Toma, por las molestias, es más de lo que ganas en un mes en ese cuchitril".

Miré el dinero en su mano, luego lo miré a los ojos, su gesto no era de generosidad, era de desprecio, un intento de pagarme por mi sangre, por mi humillación, para él, yo ya no era una persona, era un problema que se podía resolver con dinero.

Empujé su mano con fuerza, los billetes cayeron y se esparcieron por el suelo. "No quiero tu sucio dinero", escupí las palabras con todo el veneno que pude reunir.

Salí de esa clínica con la cabeza en alto, aunque por dentro estaba temblando, no sabía a dónde ir ni qué hacer, pero una cosa era segura, no iba a dejar que me pisotearan más. Regresé a la casa de mi madre, era el único refugio que me quedaba, pero la confrontación no tardó en llegar, unos días después, Valentina se presentó en la puerta, se veía radiante, completamente recuperada de su "terrible enfermedad".

"Vaya, vaya, mira lo que el gato trajo de vuelta", dijo con una sonrisa burlona, examinando la humilde casa con desdén. "Pensé que tenías un poco más de orgullo".

"¿Qué quieres, Valentina?", le pregunté, bloqueando la entrada con mi cuerpo.

"Solo vine a advertirte", dijo, su sonrisa se desvaneció y fue reemplazada por una expresión dura. "Javier y yo nos vamos a casar, y no quiero que nada ni nadie arruine nuestro día, así que más te vale desaparecer de nuestras vidas para siempre, porque si no, me aseguraré de que tu vida sea un infierno mucho peor del que ya has vivido".

Ella me miró de arriba abajo, su mirada se detuvo en un pequeño jardín que mi madre cuidaba con mucho esmero en la entrada de la casa. "Empezando por esto", dijo, y con una patada, destrozó una maceta de geranios, la tierra y los pétalos rojos se esparcieron por el suelo.

La ira que había estado conteniendo por meses finalmente explotó, me abalancé sobre ella, pero no para golpearla, sino para empujarla lejos de la casa de mi madre, lejos de lo poco que me quedaba. El enfrentamiento que tanto había evitado era ahora inevitable.

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