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Portada de la novela El bebé de mi cuñado

El bebé de mi cuñado

Helena vive agobiada por las deudas y la salud de su hermano tras perder a sus padres. Al entrar en Industrias Aller, choca con Sebastián, un CEO prepotente que debe casarse para heredar. Sin embargo, una cláusula imprevista amenaza su legado frente a su rival y hermano, Alan. En un intento desesperado por rescatar a los suyos, Helena termina atrapada en la oscura estrategia de Sebastián para proteger su fortuna y el control de su imperio familiar.
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Capítulo 3

-¿Qué producto de segunda mano es ese?- exclamó volteándose para castigar al conserje, sorprendiéndose al ver a la mujer escuálida que casi mata hace tan solo un rato. -¿Tú?- dijo con desprecio.

Otra vez estaba en el suelo, con su cabello enmarañado cubriendo su identidad, parecía que ese era su estado natural.

La mujer levantó su rostro asustada y finalmente la pudo ver.

Sebastián debía admitir que no era fea, pero tampoco era la gran cosa para él, acostumbrado a mujeres despampanantes, de cuerpos esculturales y rostros exóticos. Tenía los ojos más grandes que jamás había visto y eso le incomodaba un poco, el color celeste de sus pupilas era único, como el cielo, pero en un día despejado de verano, sus labios eran finos y delicadamente rosados, su piel era tan pálida que parecía casi enfermiza, como si nunca hubiese salido a sol, su nariz era delgada y respingada, salpicada de unas pecas marrones, tenía una expresión de terror en su rostro que le hizo erizar la piel. Mechones de su cabello fuego caían como líneas verticales en su rostro. ¿No conocía un peine? Pensó.

-¿Podrías explicarme que haces en mi oficina?- exigió con fuerza, asustando a la mujer y desviando sus pensamientos sobre la mujer- ¡¿Me estas siguiendo?!

-No-no señor, eso no es cierto yo vengo a…

-¿Eres de esas estafadoras que quieren quitarme mi dinero? Te comento que no soy idiota, sé reconocer a una de los tuyos…

Helena apretó con fuerza las muelas y levantó la mirada hacia el rostro del arrogante hombre. La muchacha no se sorprendió al encontrarse con unos ojos en forma de almendras con pupilas de un color amarronado con tintes de rojo, como si fueran los ojos de un demonio que podía atravesar su piel y llegar a su alma. Helena tragó saliva nerviosa al no poder negar lo elegante y hermoso que era, su foto de la identificación no le hacía honor a su rostro en vivo y en directo, su piel era de un color tostado que le hacía imaginar que el despiadado hombre pasaba mucho tiempo de vacaciones en países caribeños, su rostro estaba perfectamente afeitado, su piel se veía suave y tersa digna de alguien de su clase, con pómulos prominentes, mandíbula marcada y nariz griega, el cabello negro azabache perfectamente cortado a los costados y un poco más largo en la parte de arriba. Parecía el villano perfecto una película.

-Eso no es…- Intentó negar la acusación aún aturdida por la belleza del hombre.  

-Vete de mi oficina antes de que llame a la policía. - advirtió y estiró su largo y estilizado brazo hacia la puerta.

Helena se levantó apretando el trapo que goteaba agua, mojando sus pies

-Yo solo vine a limpiar- exclamó con la voz trémula.

Sebastián no pudo evitar burlarse con una grotesca risotada, se veía patética.

-No puedo creer que alguien tan tonta como tú trabaje en mi empresa

Helena quedó asombrada por el comentario del hombre, no podía creer que alguien tan cruel sea su jefe

-Tampoco puede creer que alguien tan inhumano sea jefe de una empresa tan reconocida- murmuró por lo bajo

El hombre la miró con sus ojos inquietantemente negros

-¿Qué dijiste?- advirtió

Helena se asustó al caer en la cuenta de lo que había dicho, tenía que recordar que estaba ahí por el dinero, para pagar los gastos médicos de su hermanito, debía ser más paciente con el hombre.

-Dije que no puedo creer que tengan productos tan malos para la limpieza- mintió mordiéndose la lengua y pisoteando su dignidad.

Con voz asustada e intimidada por la mirada de depredador de su jefe bajó la cabeza y dijo:

-Estoy aquí para trabajar, lamento molestarlo-

Helena se puso nuevamente de rodillas y volvió a fregar el suelo, tenía que aguantar, no podía renunciar ante el primer maltrato, tenía que soportar su trato inhumano.

Sebastián se sentó en su gran y mullido asiento de cuero que parecía el trono de un rey a no hacer nada más que observar a su empleada limpiar arrastrándose por el suelo.

Debía admitir que la mujer era buena en su trabajo y eso le molestaba. Odiaba no tener la razón.

Miró su taza de café a medio tomar y con un rápido movimiento la tiró al suelo haciéndola añicos y ensuciando el suelo con el líquido marrón.

-Te faltó ahí- exclamó divertido, cruzándose de brazos.

Helena tuvo que tragarse las ganas de insultarlo y apretó con fuerza los puños en el trapo mojado.

Sebastián notó esto y no pudo evitar reírse a carcajadas de su empleada.

-¿Qué sucede? ¿te sientes impotente? - exclamó provocándola.

Helena no le hizo caso, y se arrastró hacia la gran mancha, limpiándola sin decir nada.

-¡Oh vamos! Sé que quieres pegarme. ¡Pues hazlo!

La muchacha comenzó a limpiar con más fuerza

“Concéntrate en tu trabajo Helena, no lo escuches, solo quiere hundirte”

Sebastián sonrió divertido

-¡Vamos, saca toda esa bronca que tienes dentro!

Helena se detuvo de fregar y escurrió con fuerza el líquido marrón, tenía el rostro casi tan rojo como su cabello, ahogándose con los insultos que no iban a salir.

Fastidiado de que la mujer lo ignorase dejó de reírse

-Hazlo y quedarás de patitas en la calle- amenazó con la voz hostil.

Helena sintió el sudor frío correr por su cuerpo. Respiró hondo y continuó con su trabajo, ignorando los insultos de su jefe.

Sebastián se apoyó en su respaldo, mirándola con desconcierto, debía admitir que la mujer era dura, podía soportar sus insultos. Muchos otros empleados hubiesen salido corriendo, o llorado o hasta gritado “¡Renuncio!”. Pero la escuálida mujer no había dicho nada.

Luego de un rato, Helena finalmente terminó su tortura, había dejado la oficina tan reluciente que podía ver su propio reflejo cansado en el suelo de mármol negro.

Sebastián, que había estado aburrido mirando a la mujer trabajar, sin nada mejor que hacer, vio como se levantaba del suelo sacudiendo el polvo de sus delgadas rodillas, una de ellas tenía una herida abierta que no había notado hasta ese momento. ¿Se lo había hecho en el incidente? Se preguntó el joven heredero.

“No es mi maldito problema” concluyó.

Su empleada, estiró sus largos brazos sobre su cabeza y quitó todo el cabello de su rostro, atándolo en una coleta de caballo.

Sebastián no pudo evitar mirarla de otra manera, el cabello en la coleta le daba un toque más provocativo, la camisa remangada y el último botón de su camisa abierto, le hacía desear mirar dentro y encontrarse con sus pequeños pechos. Helena se acomodó su falda, que se había levantado un poco más de la cuenta. Sebastián tragó saliva y quiso que la mujer estuviera nuevamente fregando el suelo en cuatro patas, pero dándola la espalda.

Helena lo miró una última vez antes de irse, encontrándose con la mirada lasciva de su jefe. Estuvo a punto de huir cuando el hombre le llamó la atención:

-¿Esa es tu forma de limpiar?

-¿Disculpe?

-El lugar a quedado sucio, ni siquiera eres buena para conserje.

Helena miró el lugar con desconcierto. ¡Pero si había quedado reluciente!

-Lo siento señor, voy lustrar una vez más- respondió resignada.

El hombre apretó los puños con molestia, odiaba la sumisión y pasividad de la mujer.

-¡No! ¡vete de una vez! Tengo que hacer cosas más importantes

Helena se le quedó mirando confundida.

-¿Qué esperas? ¡Largo!

La pelirroja salió echando humo de la oficina, cerrando las puertas con fuerza.

¡Ese maldito!

Entró al ascensor y miró la hora en su celular, aún estaba a tiempo para poder entregar su curriculum para el puesto de secretaria, todavía faltaban unos minutos para que sean las tres de la tarde.

Bajó varios pisos al área de recursos humanos y corrió los últimos metros hasta la oficina.

Se asomó por la puerta

-Disculpe…

Un hombre de unos cuarenta años levantó la mirada

-Vine a la entrevista- Helena se acercó y tímidamente puso el papel con su información en el escritorio, estaba arrugado y húmedo por el agua de la calle, se sintió avergonzada, pero era la única copia que tenía encima.

El hombre miró la hora en su reloj de muñeca y luego dijo con desinterés:

-Lo siento, pero ya cerramos las entrevistas

-Pero si aún faltan unos minutos

-Ya es tarde, lo siento.

Helena cerró la puerta de la oficina y caminó temblorosa hasta el ascensor, donde se desplomó y comenzó a llorar desconsoladamente

¡No lo había logrado!

Ese maldito se había burlado de ella, la había humillado, hasta casi la atropella ¿Y todo para qué?

Helena se bajó en un piso cualquiera y sacó de su bolso la billetera del despiadado hombre y miró hacia todos lados, no había nadie más. Con bronca sacó los billetes y tiró la cartera en un tacho de basura, guardándose el dinero en su cartera, volvió a subir al ascensor sin darse cuenta de que todo fue captado por la cámara de seguridad.

Luego de que la mujer escuálida y sin gracia había salido de la oficina de Sebastián, el joven CEO no había dejado de pensar en ella ni un segundo, sabiendo que no podría sacársela de la cabeza, porque era un hombre obsesivo y caprichoso, llamó a su gerente de recursos humanos.

-¿Señor?

-Necesito el nombre de la mujer que hizo a limpieza en mi oficina

-No sé a quién se refiera, no contratamos a nadie aún.

Sebastián apretó con fuerza el tubo del teléfono. ¡Lo sabía! Esa mujer era una extorsionadora y farsante.

-Una mujer flaca, de cabello pelirrojo y desaliñada.

-Ah si, llegó tarde a la entrevista para secretaria presidencial, tuve que rechazarla

Ah, así que esa era su intención, rio divertido.

-Hazle una nueva entrevista y dale el puesto

-Pero señor Aller, esa mujer no tiene estudios ni experiencia alguna en el área, es demasiado cargo para una persona que no sabe absolutamente nada

-Ya he tomado una decisión, quiero que sea ella. Dile a la secretaria que era de mi padre que le enseñe lo básico- Colgó el teléfono sin esperar una respuesta.

Helena estaba sentada en el banco de espera de la recepción, tratando de recobrar la compostura antes de ir a su casa, no quería que su hermanito ni David la vieran así, si el hombre se enteraba de lo que le había pasado vendría a la empresa a querer asesinar a quien pudo haber sido su jefe, su amigo siempre la había protegido, como un padre.  

Tomó el celular para avisarle a su mejor amigo que estaba en camino cuando le llegó un mail de la empresa.

Asustada y con el corazón en la garganta abrió el mail

¿La habían descubierto? Ahora sí estaba en serios problemas.

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