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Portada de la novela El Banquete de Mi Despertar

El Banquete de Mi Despertar

Tras fallecer en la indigencia por las traiciones de su marido chef, Ricardo, Sofía despierta milagrosamente en el pasado. Cuando él sabotea un banquete vital por atender a su amante, Valeria, espera que su esposa resuelva el caos. Sin embargo, la nueva Sofía rechaza la sumisión. Mientras el crítico Armando Vargas sufre un colapso y el evento fracasa, ella usa los secretos de su abuela para hundir a Ricardo y forjar su propio camino independiente.
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Capítulo 2

El aire del salón de banquetes se sentía pesado, cargado con el perfume caro de los invitados y el aroma de la comida que nunca llegaría a las mesas. Estaba de pie en un rincón, observando el caos que empezaba a bullir, un murmullo de descontento que crecía como una marea lenta. Mi corazón latía con un ritmo sordo y familiar, un eco de un pánico que ya había vivido.

Porque yo ya había vivido este momento.

Los recuerdos de mi vida pasada me golpearon con la fuerza de un tren. La misma noche, el mismo banquete de caridad, el mismo desastre. En esa otra vida, corrí como una loca para intentar solucionar el problema que mi esposo, Ricardo Morales, había creado. Él, el chef estrella, había desviado toda la comida, todo el personal, todo el esfuerzo de meses, para prepararle un platillo especial a su "alma gemela", Valeria Ríos.

"Está enferma, Sofía, no lo entiendes. Necesita esto", me había dicho con esa convicción ciega que solo tienen los egoístas.

Y yo le creí. O quise creerle.

Me desviví, me humillé pidiendo disculpas a los organizadores, a los patrocinadores, a los invitados furiosos. Usé mis ahorros, vendí las joyas que me regaló mi abuela, todo para intentar tapar el agujero financiero y salvar su reputación. ¿Y qué recibí a cambio? Desprecio. Cuando ya no le servía, me desechó como a una cáscara vacía. Morí sola, en un departamento frío y miserable, viendo en las noticias cómo él y Valeria celebraban otro de sus triunfos culinarios.

Pero ahora… ahora estaba aquí de nuevo. El mismo vestido, el mismo zumbido en mis oídos. El aire aún olía a esperanza y no a fracaso. Era mi segunda oportunidad.

Y esta vez, no iba a mover un solo dedo por él.

La puerta de la cocina se abrió de golpe y Ricardo salió furioso. Sus ojos me buscaron por todo el salón, y cuando me encontraron, su rostro se contrajo en una mueca de puro desdén. Caminó hacia mí con pasos largos y rápidos, ignorando las miradas confusas de los invitados.

"¡Sofía!"

Su voz era un látigo.

"¿Dónde diablos estabas? ¿No ves este desastre? ¡Tienes que arreglarlo!"

Me agarró del brazo, su mano apretando con fuerza. El dolor fue agudo, pero más agudo fue el recuerdo de todas las veces que había usado esa misma fuerza para controlarme. En mi vida anterior, habría agachado la cabeza, habría susurrado un "lo siento, Ricardo, déjame ver qué puedo hacer".

Pero la mujer que había muerto de neumonía en la miseria ya no existía.

Lo miré directamente a los ojos, sintiendo cómo el miedo que antes me paralizaba se transformaba en una calma helada.

"¿Arreglarlo yo?", pregunté, mi voz apenas un susurro.

"¡Claro que tú! ¡Siempre lo arreglas todo!", espetó, su aliento oliendo a frustración. "Hablé con Valeria. Se siente muy mal, su condición empeoró. Tuve que enviarle la comida del banquete, era lo único que podía comer. ¡Entiéndelo, es una emergencia!"

"Entiendo", dije suavemente.

Dejé que mis hombros se encogieran un poco, adopté una postura de fragilidad, una máscara que había usado durante años para sobrevivir a su lado. Bajé la mirada, como si estuviera a punto de llorar.

"Lo siento, Ricardo", mentí. "Pero… no me siento bien. Me duele la cabeza, estoy mareada".

Ricardo bufó, soltando mi brazo con un empujón.

"¡Inútil! ¡Nunca estás cuando te necesito! ¿De qué me sirves si no puedes ni con esto?"

Se dio la vuelta, sacando su celular para, sin duda, llamar a su amada Valeria y contarle cómo su incompetente esposa le estaba arruinando la vida.

Mientras él estaba de espaldas, los murmullos a nuestro alrededor se hicieron más fuertes. No eran solo murmullos, eran quejas abiertas.

"¿Ese es el famoso chef Morales? Qué arrogancia".

"Dejó plantados a todos los donantes. Esto es para niños con cáncer, por el amor de Dios".

"Y le grita así a su esposa en público. Qué vergüenza".

Cada palabra era música para mis oídos. En mi vida anterior, estas mismas palabras me habían causado una humillación mortal. Ahora, eran la banda sonora de mi venganza.

Mi mirada se apartó de la espalda de Ricardo. Ya no era mi problema. Mi problema, mi futuro, estaba en otra parte del salón. Mis ojos escanearon a la multitud hasta que lo encontré.

Don Armando Vargas.

El crítico gastronómico más influyente de México. Un hombre cuya palabra podía construir o destruir un restaurante. En mi vida anterior, él había sido uno de los más vocales en su condena hacia Ricardo, y por extensión, hacia mí. Pero ahora, lo veía de otra manera.

Lo vi llevarse una mano al pecho. Su rostro, normalmente severo y compuesto, estaba pálido, cubierto por una fina capa de sudor. Se tambaleó ligeramente, apoyándose en una de las mesas vacías. Nadie a su alrededor parecía notarlo, demasiado ocupados en el drama que Ricardo estaba montando.

Pero yo sí lo noté.

Recordé las palabras de mi abuela, sus manos enseñándome a reconocer las hierbas en el campo. "Cada planta tiene su propósito, Sofi. Algunas curan, otras calman. Solo tienes que saber mirar".

Y en ese instante, supe exactamente lo que tenía que hacer.

Mi nuevo camino no consistía en destruir a Ricardo. Consistía en construirme a mí misma sobre sus ruinas. Y Don Armando Vargas iba a ser mi primera piedra.

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