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Portada de la novela El Banquete de Mi Despertar

El Banquete de Mi Despertar

Tras fallecer en la indigencia por las traiciones de su marido chef, Ricardo, Sofía despierta milagrosamente en el pasado. Cuando él sabotea un banquete vital por atender a su amante, Valeria, espera que su esposa resuelva el caos. Sin embargo, la nueva Sofía rechaza la sumisión. Mientras el crítico Armando Vargas sufre un colapso y el evento fracasa, ella usa los secretos de su abuela para hundir a Ricardo y forjar su propio camino independiente.
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Capítulo 3

El caos alrededor de Ricardo alcanzó su punto álgido. Los organizadores del evento, un matrimonio mayor de apellido Elizondo, finalmente lo acorralaron cerca de la entrada. Sus rostros estaban rojos de ira.

"¡Chef Morales, esto es inaceptable!", exclamó la señora Elizondo, su voz temblando de indignación. "Hemos confiado en usted. ¡Nuestros donantes han confiado en usted!"

"Fue una emergencia médica, ya se los dije", respondió Ricardo con fastidio, sin siquiera mirarlos a los ojos.

"¿Una emergencia que requirió cada uno de los ciento cincuenta platillos que preparamos durante una semana?", replicó el señor Elizondo, su tono cargado de sarcasmo. "¡Exigimos una explicación coherente o esto terminará en una demanda que destruirá su carrera!"

Decidí que era mi momento de intervenir, pero no como la esposa sumisa que todos esperaban. Me acerqué al grupo, manteniendo mi expresión de preocupación fingida.

"Ricardo, por favor", dije con una voz suave pero que se escuchaba claramente por encima del murmullo. "Los señores Elizondo solo están preocupados. Quizás si les explicas con más detalle la condición de Valeria, puedan entender. Es algo muy grave, ¿verdad?"

Lancé la pregunta como un cebo. Sabía que Ricardo, en su arrogancia, no se molestaría en inventar una mentira detallada. Se sentía por encima de tener que dar explicaciones a simples mortales.

Y mordió el anzuelo.

Se giró hacia mí, con los ojos inyectados en sangre.

"¡Tú cállate, Sofía! ¡No tienes que entenderlo, y ellos tampoco!", gritó, señalando a los Elizondo. "¡Mi arte y mi genio no están sujetos a sus estúpidos horarios de caridad! ¡Valeria es más importante que todos ustedes juntos! ¡Ella es el futuro de la gastronomía, y yo soy su guardián! ¡Ahora, si me disculpan, mi verdadera prioridad me espera!"

El silencio que siguió a su arrebato fue total. Los Elizondo lo miraban con la boca abierta, horrorizados. Los invitados cercanos se habían quedado mudos. Ricardo había firmado su propia sentencia de muerte social con esa sola declaración.

Fue en ese preciso instante de silencio sepulcral que un ruido sordo rompió la tensión.

Don Armando Vargas se desplomó en el suelo.

El pánico se desató. La gente gritó. Algunos se apartaron, otros se arremolinaron sin saber qué hacer. Ricardo ni siquiera se giró. Empezó a caminar hacia la salida, completamente ajeno al nuevo drama.

Yo no dudé ni un segundo. Corrí hacia Don Armando, apartando a la gente.

"¡Abran paso! ¡Llamen a una ambulancia!", ordené con una autoridad que nunca antes había usado en público.

Me arrodillé a su lado. Estaba inconsciente, su respiración era superficial y su rostro tenía un tinte grisáceo. Era un colapso por estrés agudo, probablemente un ataque de pánico severo que afectó su presión arterial. Lo sabía por los libros de mi abuela.

"¡Necesito agua tibia y un paño!", grité a un mesero que me miraba paralizado.

El joven reaccionó y corrió a la cocina.

Con dedos firmes, localicé los puntos de presión en su muñeca y en el hueco entre su pulgar y su dedo índice. Apliqué una presión constante y rítmica, una técnica que mi abuela usaba para calmar los "sustos" y estabilizar el pulso.

El mesero regresó con el agua y el paño. Humedecí la tela y la coloqué suavemente en la frente y el cuello de Don Armando.

"Ayúdenme a aflojarle la corbata y el cuello de la camisa", le pedí a un hombre que se había arrodillado a mi lado, queriendo ayudar.

Mientras trabajaba, mi mente estaba clara. Recordé haber visto en las macetas decorativas del salón unas hojas de toronjil, la melisa. Mi abuela la llamaba "la alegría del corazón". Era perfecta para calmar el sistema nervioso.

"¿Alguien tiene un cuchillo pequeño?", pregunté en voz alta.

Una mujer me ofreció un pequeño cortador de puros de su bolso. Corrí a la maceta más cercana, corté un par de hojas frescas y regresé al lado de Don Armando. Las machaqué un poco entre mis dedos para liberar su aroma cítrico y las acerqué a su nariz.

"Respire, Don Armando. Respire profundo", le susurré, aunque no estaba segura de si podía oírme.

Poco a poco, casi imperceptiblemente, un poco de color comenzó a volver a sus mejillas. Su respiración se hizo un poco más profunda. Abrió los ojos, desorientado, y parpadeó un par de veces.

"¿Qué… qué pasó?", murmuró, su voz ronca.

"Sufrió un colapso, señor", le expliqué con calma. "La ambulancia ya viene en camino. Usted solo respire".

Los paramédicos llegaron en ese momento, abriéndose paso con su equipo. Les expliqué rápidamente lo que había sucedido y lo que había hecho. El paramédico principal me miró con sorpresa y luego asintió con aprobación.

"Buen trabajo. Lo estabilizó. Probablemente le evitó complicaciones mayores".

Mientras se llevaban a Don Armando en la camilla, él giró la cabeza y sus ojos buscaron los míos.

"Gracias…", dijo, su voz aún débil pero llena de una gratitud inconfundible. "Gracias, señorita".

Los invitados que habían presenciado todo me miraban ahora con una mezcla de asombro y respeto. La señora Elizondo se acercó a mí, con los ojos llorosos.

"Hija, no sé cómo agradecerte. Primero, por tu paciencia con ese… hombre. Y ahora esto. Has salvado la vida de un buen amigo nuestro".

Me limité a sonreír, una sonrisa genuina por primera vez en mucho tiempo.

Ricardo ya se había ido. Había elegido su camino.

Y yo, por fin, había empezado a caminar por el mío.

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