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Portada de la novela El aroma del engaño

El aroma del engaño

La vida de Sofía, una farmacéutica de Ciudad de México que espera un hijo, se quiebra cuando Camila se presenta en su farmacia para confesar su romance con Ricardo Morales. Tras confirmar la infidelidad de su esposo y sufrir su indiferencia, el impacto emocional provoca que Sofía pierda su embarazo. Destrozada y llena de rencor, decide transformar su inmenso dolor en un plan de venganza contra quienes arruinaron su futuro y su familia.
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Capítulo 2

El olor a antiséptico y a medicamentos llenaba la pequeña farmacia donde Sofía trabajaba, un aroma que para ella era sinónimo de hogar, de esfuerzo y de un futuro que estaba a punto de construirse, ladrillo por ladrillo, junto a Ricardo. Ese día, el bochorno de la Ciudad de México se colaba por la puerta abierta, mezclándose con el zumbido del viejo ventilador en el techo.

Todo era rutina hasta que una chica entró, moviendo una campana que colgaba sobre la puerta. No era una clienta cualquiera, Sofía lo supo al instante, su ropa gritaba dinero, sus gafas de sol de diseñador descansaban sobre su cabello perfectamente peinado y su actitud era la de alguien que nunca ha tenido que pedir nada por favor.

La chica, que no tendría más de veinte años, se paseó por los pasillos como si fuera la dueña del lugar, ignorando a los otros clientes, una señora mayor y un joven con tos. Finalmente, se detuvo frente al mostrador, se quitó las gafas de sol con un gesto dramático y las dejó caer con un chasquido sobre el cristal.

"Quiero la crema facial más cara que tengas, la importada."

Su voz era cantarina, pero con un filo de arrogancia. Sofía mantuvo su expresión profesional, una máscara que había perfeccionado durante años.

"Claro," respondió Sofía con calma, dándose la vuelta para buscar el producto en el estante superior. "Serían mil doscientos pesos."

La chica soltó una risita. "No importa el precio, mi novio me lo paga todo. Es profesor en la universidad, ¿sabes? Un hombre brillante, con un futuro increíble."

Hizo una pausa, asegurándose de que Sofía la estuviera escuchando.

"Se llama Ricardo. Ricardo Morales."

El nombre golpeó a Sofía en el estómago, un golpe sordo y helado que le robó el aire. Ricardo. Su Ricardo. El hombre con el que había crecido en el mismo barrio polvoriento, el que la había besado por primera vez bajo un farol parpadeante, el padre del bebé que crecía en su vientre.

Sofía se quedó inmóvil por un segundo, con la caja de crema en la mano. Su mente se negaba a conectar los puntos, a aceptar la posibilidad. Debía ser una coincidencia, un error.

"Aquí tiene," dijo, su voz sonando extrañamente distante. Colocó la crema en el mostrador, evitando la mirada de la chica.

La joven sacó una tarjeta de crédito dorada de su cartera. "Es tan generoso. Siempre me dice que merezco lo mejor. A diferencia de otras, que se conforman con cualquier cosa."

Sus ojos se clavaron en Sofía, evaluándola de pies a cabeza, deteniéndose en su sencilla bata de farmacéutica y su cabello recogido sin esmero. La indirecta era clara, tan afilada como un trozo de vidrio.

La señora que esperaba su turno carraspeó, visiblemente molesta. "¿No ve que estamos esperando, señorita? Un poco de respeto."

La chica la miró con desdén, tomó su compra y la tarjeta, y se dio la vuelta sin decir una palabra más, contoneándose hacia la salida. Su perfume, dulce y caro, quedó flotando en el aire, asfixiando a Sofía.

En cuanto la puerta se cerró, la tensión en los hombros de Sofía se liberó en un temblor. La señora le dio una mirada de compasión.

"No le haga caso, mija. Hay gente que nace con el corazón podrido."

Sofía intentó sonreír, un gesto que se sintió como una mueca. "Gracias."

Atendió a los clientes que quedaban con movimientos automáticos, su mente era un torbellino de negación y miedo. El dolor en su vientre bajo se intensificó, una punzada aguda que la hizo jadear. No podía seguir allí.

"Voy a cerrar temprano," le dijo a su compañero. "No me siento bien."

Caminó a casa por las calles familiares, pero todo parecía ajeno y amenazador. Cada risa, cada bocinazo, resonaba en su cabeza. Sentía una náusea profunda, un malestar que no tenía nada que ver con el embarazo.

Cuando abrió la puerta de su pequeño apartamento, el que compartían desde hacía cinco años, lo encontró vacío. Se dejó caer en el sofá, el silencio era abrumador. Justo cuando las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos, la puerta se abrió de nuevo.

Era Ricardo, con su maletín de profesor en una mano y una bolsa de papel en la otra. Su rostro se iluminó al verla, una sonrisa genuina y cansada que siempre lograba calmarla.

"Mi amor, ¿qué haces en casa tan temprano? ¿Te sientes mal?"

Dejó sus cosas y se arrodilló frente a ella, su mano buscando instintivamente su vientre. Su tacto era cálido, familiar. Demasiado familiar para ser el de un traidor.

"Te traje tus tamales oaxaqueños favoritos, los de la señora de la esquina."

La preocupación en su voz era tan real, tan palpable, que Sofía sintió una oleada de culpa. ¿Cómo podía haber dudado de él por las palabras de una niña malcriada?

Se aferró a esa idea, a la imagen del hombre que amaba. El hombre por el que había trabajado turnos dobles en esta misma farmacia para ayudarle a pagar sus estudios de posgrado. El hombre que le había prometido una vida juntos, lejos de la pobreza que los había visto nacer.

"Solo estoy cansada," mintió, apoyando la cabeza en su hombro. El olor de su loción de afeitar, limpia y masculina, la tranquilizó.

Él la abrazó con fuerza. "Ya falta poco, Sofía. Un par de años más y compraré esa casa con jardín que siempre has querido. Nuestro hijo no crecerá como nosotros, te lo juro."

Sus palabras eran un bálsamo, un eco de la promesa que se habían hecho años atrás, sentados en la azotea de la vecindad, mirando las luces de una ciudad que parecía inalcanzable. Recordó sus manos callosas de tanto trabajar, sus noches sin dormir estudiando, el orgullo en sus ojos cuando finalmente obtuvo su plaza de profesor. Habían luchado juntos contra todo y contra todos.

Él era su Ricardo, su compañero, el arquitecto de sus sueños compartidos. No podía ser el mismo hombre del que hablaba esa chica. No podía.

Mientras él calentaba los tamales en la cocina, hablando de sus planes para el fin de semana, Sofía se convenció a sí misma de que todo había sido un malentendido, una cruel coincidencia.

Se aferró a la calidez de su hogar, a la normalidad de esa noche, sin saber que la verdad era una bestia agazapada en la oscuridad, esperando el momento justo para destrozar su mundo. La chica de la farmacia no era una coincidencia, era un presagio. Y el hombre que ahora le sonreía desde la cocina, con una ternura que le partía el alma, era el dueño de una doble vida que estaba a punto de salir a la luz.

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