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Portada de la novela El Amor Que Destruyó Todo

El Amor Que Destruyó Todo

Luna Rojas creía haber encontrado refugio en Ricardo, su prometido, tras la ruina de su familia. No obstante, la verdad es devastadora: él y don Emilio orquestaron la tragedia familiar y el deceso de su padre. Al entender que solo buscan robar su herencia intelectual para luego asesinarla, su afecto se transforma en un rencor gélido. La arquitecta decide renacer con un único propósito: ejecutar una venganza implacable contra quienes la traicionaron.
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Capítulo 2

La ruina no llegó de golpe, fue un derrumbe lento, una agonía que se extendió por meses, carcomiendo los cimientos de mi familia hasta que solo quedaron escombros y deudas. El escándalo de corrupción nos golpeó como un huracán, arrastrando el prestigio que mi padre, un arquitecto honorable, había construido durante toda su vida. Su corazón no lo soportó, y su muerte fue la primera pieza de mi mundo en hacerse añicos. Después vino la quiebra de la constructora Rojas, el embargo de nuestros bienes, la humillación pública. Durante todo ese infierno, Ricardo, mi prometido, fue mi roca, mi único refugio en la tormenta.

O eso creía yo.

Ahora, sentada en la oficina que compartíamos, una cápsula de vidrio y acero con vistas a la ciudad, sentía una calma que me parecía prestada. Ricardo me había conseguido este puesto en la firma de don Emilio, el empresario más poderoso del sector. Era un gesto de su amor, una forma de rescatarme del naufragio. Él decía que juntos reconstruiríamos nuestro futuro. El anillo en mi dedo brillaba bajo la luz de la lámpara, una promesa de que lo peor ya había pasado. Sobre la mesa descansaban los planos de la Torre Vesperia, mi primer gran proyecto aquí, un diseño que me había costado noches de insomnio y en el que había volcado toda la pasión que me quedaba. Estaba orgullosa. Mi padre lo habría estado.

Quería darle una sorpresa a Ricardo, llevarle un café y celebrar nuestro pequeño triunfo. Caminé por el pasillo silencioso de la planta ejecutiva, el mármol frío bajo mis zapatos. La puerta de su oficina estaba entreabierta, y de adentro salían voces. Reconocí la de Ricardo, melosa y satisfecha, y otra, más grave y autoritaria, la de don Emilio.

Me detuve, una extraña inquietud me impidió avanzar.

"El diseño de Luna es impecable, don Emilio. Justo lo que necesitábamos para ganar la licitación del gobierno," dijo Ricardo.

Sentí una punzada de orgullo, pero la respuesta de don Emilio la borró de inmediato.

"Por supuesto que es impecable," replicó don Emilio con una risa seca. "Los Rojas siempre tuvieron buen gusto, lástima que no tuvieran cerebro para los negocios. Fue casi demasiado fácil."

El aire se me atoró en los pulmones. ¿Fácil? ¿A qué se refería?

"Luna no sospecha nada," continuó Ricardo, y su tono ya no era el de mi prometido, sino el de un conspirador. "Cree que la estoy ayudando, que este trabajo es su salvación. Está tan agradecida que me daría hasta su alma si se la pidiera. Ya me dio los planos de la Torre Vesperia sin pedir nada a cambio. Con esto, y con los contactos que obtuvimos al hundir a su familia, seremos imparables."

Un frío glacial me recorrió la espalda. Cada palabra era un golpe sordo en mi pecho. No podía ser. Estaba escuchando mal.

Don Emilio soltó una carcajada. "Esa es la clase de ambición que me gusta, Ricardo. Usar el amor para conseguir poder. Eres mi mejor discípulo. Arruinar a los Rojas fue una obra maestra. Orquestar el escándalo, filtrar los documentos falsos a la prensa, culparlos de usar materiales de mala calidad... y tú, desde adentro, dándome toda la información que necesitaba. El viejo Rojas murió pensando que era un fracasado."

Mi mente se quedó en blanco. Mi padre. El escándalo. Los materiales. Todo había sido una mentira. Una trampa orquestada por el hombre que me había consolado en el funeral de mi padre, y ejecutada por el hombre que me había prometido amor eterno.

Mi cuerpo temblaba sin control. Me apoyé en la pared para no caer. Las imágenes de los últimos meses pasaron por mi cabeza como un torbellino: mi padre, pálido y derrotado en su despacho; mi familia perdiéndolo todo; las noches que lloré en el hombro de Ricardo mientras él me aseguraba que encontraría a los culpables. Él era el culpable.

"¿Y qué hay de Sofía?", preguntó Ricardo, cambiando de tema.

"Ah, mi hermana," suspiró don Emilio. "Está loca por ti. Sigue usándola. Una socialité caprichosa es útil para las apariencias, pero no dejes que te distraiga. Tu objetivo es claro: casarte con Luna. Una vez que firmes el acta de matrimonio y tengas acceso legal a lo que queda del patrimonio intelectual de los Rojas, nos desharemos de ella. No la necesitamos más."

El plan era perfecto. Metódico. Cruel. No solo querían mis diseños, querían borrar hasta el último vestigio de mi familia, y yo era la llave para lograrlo. La confianza, el amor, la esperanza que había depositado en Ricardo se pudrieron en mi interior, transformándose en un odio puro y visceral. Ya no sentía dolor, solo una rabia helada que me aclaró la mente.

En ese momento, vi un detalle que me había pasado desapercibido. Sobre un pequeño estante en la oficina de Ricardo, junto a sus premios, había una caja de terciopelo azul. La reconocí. Era de una joyería exclusiva, la misma donde Ricardo me había dicho que no podía permitirse comprar un regalo para el aniversario de mis padres, justo antes de que todo se derrumbara.

Mientras don Emilio seguía hablando de contratos y sobornos, Ricardo tomó su teléfono.

"Hola, mi amor... Sí, lo tengo aquí. Es para ti... No, Luna no sabe nada. Es nuestro secreto. Te veo en la noche."

Su voz era la misma voz dulce que usaba conmigo.

El recuerdo me golpeó con la fuerza de un tren. Yo, suplicándole a Ricardo un pequeño préstamo para ayudar al Jefe de Obra, un hombre leal a mi padre que se había quedado sin nada. Y Ricardo, con una expresión de falsa pena, me había dicho: "Lo siento, mi amor, pero tenemos que ser prudentes con el dinero. No podemos permitirnos esos lujos ahora."

Un lujo. Ayudar a un hombre bueno era un lujo. Pero un collar para Sofía era una necesidad.

La puerta de la oficina se abrió de golpe. Ricardo salió, con el teléfono aún en la mano. Se detuvo en seco al verme. Su sonrisa se congeló en su rostro. Vio mi palidez, mis ojos fijos en los suyos, la forma en que mis manos estaban apretadas en puños. Su mirada se desvió hacia mis pies, donde sin darme cuenta, había dejado caer la taza de café que traía para él. Los restos oscuros se esparcían sobre el mármol blanco, como una mancha imborrable. Como la verdad.

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